Domingo, 22 de enero de 2017

| 2009/02/07 00:00

¿Nazis humanos?

Se estrenan en Colombia tres películas sobre el tema de la Alemania de Hitler.Todas buscan subvertir el viejo estereotipo del inclemente asesino. ¿Se rebelan los alemanes contra el estigma del verdugo?

Un grupo de oficiales alemanes comandados por el coronel Claus von Stauffenberg (interpretado por Tom Cruise, centro), atentó contra Adolf Hitler el 21 de julio de 1944 en una operación llamada ‘Valkiria’

Kate Winslet ha sido nominada como mejor actriz de cara a los premios Oscar por una película que, de no tratar el tema de los nazis, a lo mejor habría pasado a mejor historia como una simple adaptación de la novela El lector, del alemán Bernard Schlink. Tom Cruise acaba de recalar en España en una gira europea que lo ha llevado a Rusia y Alemania para promover Operación Valkiria, una película polémica que se ocupa del complot que varios oficiales del Ejército alemán acometieron en 1944 para asesinar a Adolf Hitler en cabeza del general Claus von Stauffenberg. Por último, y aunque estrenada algo tarde en Colombia, El niño con el piyama de rayas, basada en la exitosa novela homónima de John Boyne, ha hecho que se debata si es lícito utilizar una historia infantil, con tintes de ternura, en el contexto de los campos de concentración.

Hollywood nunca ha sido ajeno a las películas sobre nazismo. El cine europeo tampoco. Desde los años 20, el cine ha sido un impulsor de estilos de vida, cuando menos, y de ideologías, cuando más. Ya lo decía Joseph Goebbels, ministro de propaganda del régimen, en 1934: "El cine es una de las maneras más modernas de manipulación de las masas".

Antes de la televisión, y después de la Segunda Guerra Mundial, el cine se convirtió en una poderosa herramienta de propaganda. A uno y otro lado de la Cortina de Hierro fue utilizado para movilizar odios o visiones estereotipadas de los regímenes contrarios. Mostrar las consecuencias de lo ocurrido en la era nazi ha sido una de las preocupaciones de directores tan disímiles como Roberto Rosellini (Roma, Ciudad abierta), Louis Malle (Adiós a los niños), Volker Schlondorf (El tambor de hojalata), y Alfred Hitchcock (Enviado especial). Sin embargo, esas películas intentaban mostrar la maldad de un régimen que pasará a la historia como una de las más macabras campañas de exterminio en contra de un grupo humano, sin preguntarse cuáles habían sido los antecedentes históricos ni el clima político que permitió un proyecto tan monstruoso. Todos hablaban desde la perspectiva de los vencedores -a su vez las víctimas- y no de los verdugos.

Aunque existen antecedentes que matizaron los estereotipos nazis, como La lista de Schindler, de Steven Spielberg; El pianista, de Roman Polanski, la serie de televisión Los héroes de Hogan, que ponía en perspectiva el tema, no fue sino en 2004, cuando el director Oliver Hirschbiegel estrenó La caída, uno de las más inquietantes retratos que se hayan hecho de un dictador, que el tema se comenzó a mirar desde ópticas distintas a la dramática exposición sentimental del horror. Bruno Ganz, en el papel de Adolf Hitler en sus últimos 12 días acorralado en su búnker, y acompañado por su núcleo más cercano, humanizó a un personaje que, para muchos, era un monstruo. La película suscitó fuertes críticas: ¿cómo era posible que se le diera algo de humanidad a un ser capaz de arrasar y aniquilar a seis millones de judíos en una empresa a todas luces megalomaníaca? La respuesta, por obvia que parezca, no se hizo esperar: Adolf Hitler era un hombre, y los cientos de miles que lo apoyaron eran, sin duda alguna, conscientes de lo que estaban haciendo. La hipótesis de "la monstruosidad", refutada también por muchos judíos porque de alguna manera exime a Hitler de la culpa (los monstruos no pueden ser llamados a rendir cuentas porque no son seres humanos), cobraba un nuevo sentido. Ya lo había advertido el escritor italiano Primo Levi en su libro Los hundidos y los salvados: "sólo el hombre es capaz de todo en contra de sus semejantes".

El año pasado, cuando se estrenó la película del director inglés Mark Herman, El niño con el piyama de rayas, causó revuelo en algunos sectores de la crítica que la consideraron "ingenua". La historia de la amistad de Bruno y Schmuel, dos pequeños niños, el uno hijo de un oficial nazi y el otro un judío encerrado en un Lager, no fue una buena manera de abordar el tema para muchos. Así lo escribió la crítica Stephanie Zacareck en la revista digital Salon: "Viendo la película recordé mi propia confusión cuando, hacia los 8 años, le pregunté a mi madre por el Holocausto y ella no pudo sino dar rodeos y confundirme más. Creo que esta pequeña fábula de la amistad en un campo de la muerte no es una buena forma de que los niños comprendan algo sobre el Holocausto". Y Manohla Dargis, en The New York Times, fue más allá: "Ver el Holocausto trivializado, glosado, comercialmente explotado y al servicio de una tragedia de una familia Nazi... mejor decirlo ahora con toda sinceridad: no es una buena idea".

Pero si los críticos afilaron los dientes en contra de una supuesta trivialización de un asunto espinoso en El niño con el piyama de rayas, el único familiar de Claus von Stauffenberg, el coronel al mando del complot contra Hitler, se opuso desde el principio a que Tom Cruise interpretara a la cabeza visible de una operación que ha servido, en todo caso, para que los alemanes puedan entablar discusiones matizadas en cuanto a su manera de actuar durante el régimen Nazi. Stauffenberg era un oficial bávaro que había adherido a los nazis a pesar de estar en desacuerdo con su carga ideológica y racista. Este nacionalista desencantado comandó la Operación Valkiria, el 21 de julio de 1944, al entrar al refugio prusiano de Hitler, Wolfsschanze ('La guarida del Lobo'), para, con un maletín cargado de explosivos, intentar asesinar al Führer. El plan fracasó y esa misma noche fue fusilado. La película, dirigida por Bryan Singer (Los sospechosos de siempre), ha tenido un recibo discreto entre los críticos aunque buenos resultados en taquilla: ni abucheos ni aplausos. Los alemanes, al principio reacios, quedaron satisfechos con la versión Cruise-Singer, tal vez conscientes de que sólo una película hecha en Hollywood es capaz de atravesar fronteras y cernir un manto de redención sobre héroes que la mayoría del mundo desconoce. La experiencia les dice que películas como Sophie Scholl, estrenada en 2005 y que contaba la trágica historia de dos hermanos alemanes que lucharon desde la resistencia en contra del régimen Nazi en Munich, en un movimiento conocido como la Rosa Blanca, quizá no será recordada por millones de personas. En cambio, ¿quién no se va a acordar del héroe de Jerry Maguire con un parche en el ojo y un uniforme nazi? Mick LaSalle, del San Francisco Chronicle, estaría de acuerdo: "Piensen en 'Valkiria' como un entretenido drama sobre un tiempo en el que Tom Cruise quiso asesinar a Hitler. Piensen eso, y a lo mejor disfrutarán la película".

Como a lo mejor nadie olvidará a Kate Winslet, por su papel en El lector, como Hanna Schmitz, una mujer en la treintena que en la posguerra sostiene un tórrido romance con un adolescente. La anécdota no sería importante de no ser porque Schmitz desaparece un buen día y Michael Berg (el cándido muchacho) vuelve a encontrarla unos años después como estudiante de leyes en un juicio a varias mujeres SS que trabajaban en los campos de exterminio. Schmitz se auto incrimina de haber firmado una orden para gasear a miles de judíos. El joven Berg sabe que eso es imposible, pues él, durante su historia de pasión, le había leído decenas de libros, ya que ella no sabía leer ni escribir. Aunque el resultado es una mezcla de drama sentimental con el trasfondo del conflicto moral, pareciera que el cine comienza a buscar matices en un tema que, de todos modos, abordado desde cualquier perspectiva, no podrá dar cuenta de la complejidad que vivió un país durante un gobierno que permanecerá en la memoria como un monumento a la ignominia y el horror.

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