Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 1996/08/05 00:00

NIÑA PRODIGIO

Sara Chang, la joven genio del violín y mimada de los grandes directores del mundo, visita por primera vez a Bogotá.

NIÑA PRODIGIO

La Flota Mercante Grancolombiana ha tomado la decisión de conmemorar por todo lo alto los 50 años de su fundación. En junio de 1946, en la Quinta de Bolívar de Bogotá, el presidente Alberto Lleras Camargo firmó la constitución de la empresa ante delegados de los entonces presidentes de Venezuela y Ecuador, Rómulo Betancourt y José María Velasco Ibarra. El próximo miércoles, en el teatro de Colsubsidio, la Flota celebra con bombos y platillos esos 50 años. Han resuelto hacerlo con un concierto de esos que hacen época: el debut en Colombia de la joven violinista estadounidense, de padres coreanos, Sara Chang. En 1993 Gramophone de Londres la declaró 'Artista joven del año,' título que apenas vino a ratificar lo que de ella había ya dicho sir Yehudi Menuhin: "Es la más preparada y solvente de los violinistas jóvenes de la actualidad". El fenómeno Chang va más allá del dominio técnico del instrumento. En verdad los más exigentes críticos han puesto en relieve el hecho de que su deslumbrante preparación técnica y virtuosística _evidente desde el momento de su primera grabación discográfica titulada Debut cuando apenas contaba 9 años_ es apenas una anécdota cuando se piensa en la madurez de sus interpretaciones, lo que no es pan de todos los días en el consabido panorama de los niños prodigio. De ello dan testimonio la lista de directores y orquestas con quienes se ha presentado la joven violinista: Filarmónica de Berlín con Zubin Mehta, Sinfónica de Londres con Colin Davis, Filarmónica de Nueva York con Kurt Mazur, Sinfónica de Chicago con Daniel Baremboim. En Bogotá, al lado de la Sinfónica de Colombia con dirección del titular Dimitar Manolov, la ya quinceañera Sara Chang interpretará una de las más complejas obras del repertorio, el Concierto Op. 47 de Jan Sibelius. En la primera parte la orquesta tocará la Sinfonía Nº 4 en re menor Op. 120 de Robert Schumann, lo que no es una elección demasiado original pues, dadas las circunstancias tan particulares de la noche, habría resultado más apropiado, por ejemplo, El mar de Claude Debussy o una selección del Mar tranquilo y viaje feliz de Beethoven.

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