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| 4/24/2000 12:00:00 AM

No permitas que me olviden

Contando la historia de varias generaciones, esta novela indaga sobre el olvido como una de las peores formas de morir.

Hay muchas maneras de matar a una persona —aclara desde el comienzo un omnisciente narrador—: se puede deslizar una seta venenosa entre un plato de inofensivos champiñones; con los ancianos y los niños es fácil fingir una confusión en los medicamentos. Se puede conseguir un carro y, tras atropellar a la víctima, darse a la fuga. Con el tiempo y la crueldad necesarios, es posible seducirla con engaños, asesinarla a bala o puñal en un lugar tranquilo, y deshacer luego el cadáver. Cuando no se quiere manchar las propias manos, no es sino salir a la calle y pedírselo a alguien con menos escrúpulos y menos dinero. Existen sofisticados métodos químicos, brujería, envenenamientos progresivos, palizas por sorpresa o falsos atracos que terminan en tragedia.

Pero sin duda hay un método más fácil: el olvido. La memoria, que se vuelve frágil con la edad, ayuda a enterrar el pasado. Cierra sus puertas para que no aparezcan antiguos fantasmas y los muertos no regresen de la muerte. Se olvida todos los días. Se olvida tantas veces, a tanta gente. Pasa el tiempo, continúa la vida y los lugares son ocupados por otras cosas, por otras personas.

Eso le ocurrió a la niña Elsa, uno de los personajes de la novela Melocotones helados. O está a punto de ocurrirle: para impedirlo la joven escritora española, Espido Freire, se propone reconstruir su historia, la de su familia, la de su pueblo. Y la de su país, si fuere necesario.

Esteban, el padre de la niña Elsa, un día fue a la guerra, antes de que ella naciera. En la primera campaña, camino del frente, trabó amistad con un compañero, José, quien acababa de casarse con Rosa Kodama, una bailarina (se daban muchas bodas precipitadas en los tres años que duró la guerra; las mujeres sentían miedo al contemplar la carnicería a la que enviaban a los hombres: mejor viudas que solas). El sueño de José era, cuando la guerra terminara, convertir un local que había comprado en Desrein, en un acreditado café o salón de baile.

José muere en la batalla de Besra; Esteban se salva y regresa para casarse con Antonia. Irá a vivir con ella al pueblo de Virto y emprenderá el negocio de una pastelería; fundará una familia. Nacen los hijos: Miguel, Carlos, y la niña Elsa, la cual desaparece misteriosamente en un bosque cercano, a la edad de nueve años. Su desaparición será desde entonces el alimento de la mitología familiar. Miguel y Carlos tendrán dos hijas que también se llamarán Elsa: Elsa ‘grande’ y Elsa ‘pequeña’, como un homenaje a su tía y una forma de vincularlas a su trágico destino.

Elsa ‘grande’ se convertirá en pintora; Elsa ‘pequeña’ no se convertirá en nada: por esta razón es reclutada por una secta de fanáticos, la Orden del Grial. Elsa ‘grande’ va a tener que refugiarse en Duino, donde ahora vive el abuelo; ha recibido amenazas de muerte. Las amenazas en realidad están dirigidas contra Elsa ‘pequeña’ por haber osado abandonar la secta por su propia voluntad.

La huida de Elsa ‘grande’ —la huida es un viaje al revés— es el motivo que desencadenará y hará crecer el relato. Esta es una novela de fragmentos, de vaivenes narrativos, de verdades que se irán sabiendo poco a poco. Cada personaje desconoce lo que el otro sabe, la otra mitad que le dará sentido a su vida. El abuelo Esteban guarda un secreto: después de la guerra, pasó unos meses en Desrein. Fue a visitar a Rosa Kodama y tuvo una relación intensa y perdurable con su hija Silvia. Carlos guarda el gran secreto de la niña Elsa. Antonia fantasea que ésta sigue viva. Las familias se construyen sobre los silencios, las mentiras y las omisiones. Y el deber del novelista —cuando lo sabe todo— es sacarlos a la luz. Para que las Elsas olvidadas tantas veces regresen del olvido. O para que al menos una de ellas sepa —y le sirva de algo— que las personas, como el abuelo Esteban, cometen errores que destrozarán la vida.
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