Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 1989/12/18 00:00

No sólo techo

En exitoso experimento, Compartir demuestra que un barrio puede ser mucho más que casas en serie.

No sólo techo

Colombia es un país de escépticos. Por ello cuesta trabajo admitir a simple vista que un experimento urbanístico ambicioso,como es el barrio Compartir, localizado en la población de Soacha y realizado por la Fundación sin ánimo de lucro que lleva el mismo nombre, sea tan interesante y acertado como parece al leer la descripción que de él se hace en los folletos y documentos que se han dado a conocer al público y a la prensa. Una visita al barrio permite afirmar que, si bien no es perfecto -pocas cosan lo son en la realidad-, posee suficientes aportes y elementos de interés como para considerarse ejemplo notable, poco usual, del buen acercamiento de la empresa privada a la solución de problemas de habitación para población de bajos ingresos.
El barrio, entregado a la comunidad el pasado domingo 18 de noviembre, tiene un tamaño considerable: 6.102 unidades de habitación que alojan una población cercana a los 35.000 habitantes, que equivale a la de una cabecera municipal de tamaño apreciable. La característica más notable del barrio no es, sin embargo,su tamaño; es la cantidad y calidad de los servicios comunitarios construídos por la Fundación y entregados a la comunidad para que, por medio de diversas juntas administradoras, los manejen y favorezcan a los habitantes.
El listado es estos servicios es extenso. Están, por una parte, el colegio, que en 40 aulas y tres jornadas atiende una población de 3.700 niños, y el hogar infantil que tiene capacidad para 180 niños, pero que ahora atiende más de 200. Por otra parte, un centro comunitario cuenta con iglesia parroquial, salón comunal, centro de salud con consultorios médicos, odontológicos y laboratorios clínicos, inspección de Policía, subestación y CAI, oficinas de administración y una oficina para el manejo del acueducto privado del cual se abastece el barrio. Una plaza de mercado de 66 puestos y 107 locales comerciales, distribuídos en varias secciones en el barrio, suministra su apoyo a la vida de los habitantes. Un amplio espacio para terminal de buses permite que las empresas cuenten con terrenos para sus vehículos, sin ocupar las calles del barrio. Y un club deportivo facilitará que el tiempo libre de los habitantes cuente con un lugar para el esparcimiento. Esto, sumado a 6.7 hectáreas de zonas verdes y parques, configura un panorama de apoyo a la vivienda, que no se encuentra ni siquiera en proyectos de mucho mayor costo, tanto del Estado como de la empresa privada.
Esta cantidad de servicios comunitarios no es excesiva ni exagerada. Cuando las áreas interiores de la vivienda se reducen, por fuerza de las limitaciones económicas, los espacios públicos y los servicios comunitarios pasan a ser el complemento indispensable de la vivienda. En ellos los habitantes deben hallar espacio para desarrollar actividades sociales y culturales, además de encontrar los servicios básicos que un Estado organizado debe ofrecer a la población. Es interesante comprobar que los servicios comunitarios de Compartir no sólo existen sino que operan adecuadamente. Cabe preguntarse entonces: si en este caso se ha podido alcanzar este nivel de dotación comunal, ¿por qué en la gran mayoría de proyectos públicos y privados esto no se ha intentado siquiera? Cuando se conoce que el costo de los servicios ha sido apenas el 3.5% del costo total de barrio, se piensa si esta inversión, relativa evidentemente al tamaño de proyecto, no es ampliamente justificada.
La Fundación ha abocado el problema con una visión bastante amplia, buscando obtener el máximo de calidad de vida en el barrio que ha construído. Este intento está ausente en la mayor parte de la oferta comercial y en la estatal. Compartir ha propuesto una forma de gestión social que se sale de los cánones establecidos en los sectores productivos de la vivienda. Su carácter de Fundación sin ánimo de lucro, combinado con un manejo empresarial análogo al de la empresa privada, le permiten mediar entre los problemas burocráticos del sector público y el afán de lucro de muchas empresas comerciales. La gestión de la Fundación, revertida a lo largo del proceso de seis años de desarrollo del barrio a las organizaciones comunitarias, permite ahora esa entrega en que los habitantes se harán cargo de lo que ya es suyo.
Queda ahora por analizar cuidadosamente el proceso que seguirá la comunidad en su manejo del barrio, el cual no es nada fácil. Como ya se dijo, no es este un proyecto perfecto. Pero allí se ha intentado algo que es extraño en Colombia: que la acción urbanizadora y constructora trascienda los límites de lo puramente físico se convierta en una acción de interés social. Esa búsqueda, que la Fundación piensa continuar ahora en un nuevo proyecto de viviendas multifamiliares en Suba, es hoy en día bastante significativa, especialmente cuando los horizontes de la vivienda popular parecen alejarse y el país se encuentra asolado por el desconcierto, la violencia, la politiquería y el oportunismo.

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