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| 10/2/2000 12:00:00 AM

No tan santo

La beatificación del papa Pío IX genera una gran controversia entre los católicos.

Poco despues del retorno de Juan Pablo II de su histórica visita a Israel en abril pasado funcionarios del Vaticano exhumaron calladamente el cuerpo de otro Papa de una cripta en Roma. Su propósito consistía en verificar los restos de Pío IX, quien murió hace 122 años. La identificación fue fácil, según informó el diario del Vaticano, porque el cuerpo del Papa estaba “casi perfectamente preservado” y su rostro aún reflejaba “una impresionante serenidad”, característica que se interpretó como signo de santidad.

El próximo domingo, en Roma, Juan Pablo II beatificará a Pío IX y a Juan XXIII como parte de la celebración del Jubileo por parte de la Iglesia Católica. Juan XXIII, que reinó entre 1958 y 1963, era un santo y pocos católicos lo ponen en duda. En cuanto a Pío IX, cuyo reino ha sido el más largo de la historia de la Iglesia, pues duró entre 1846 y 1878, la cuestión es bien distinta. Inclusive en el propio Vaticano hay funcionarios que piensan que la beatificación de Pío Nono, como se le conocía popularmente, simplemente revivirá viejos recuerdos y conflictos de una era turbulenta de la Iglesia. Ya ha habido líderes judíos que han solicitado que se suspenda su beatificación ya que Pío Nono crió bajo su tutela personal a un niño judío que fue bautizado sin la aprobación de sus padres por una criada católica. Debido al bautizo el niño le fue arrebatado a su familia, lo que causó un escándalo internacional. La beatificación simultánea de estos papas —que es el paso anterior a la canonización— plantea cuestiones acerca de los criterios con los cuales la Iglesia decide cuáles papas son dignos de la santificación.

De hecho, son pocos los que la han obtenido. Según la tradición católica, ha habido 264 papas, comenzando con el apóstol Pedro. Sobre ese total, 81 se encuentran entre las decenas de miles de cristianos que han sido venerados como santos en el transcurso de dos milenios. Sin embargo esa cifra de 81 tiende a ser muy engañosa, ya que casi la totalidad de ellos fueron reconocidos como santos muchos siglos antes de que la canonización se convirtiera en un proceso formal en 1588. Es así como la lista de papas santificados incluye 48 de los 49 primeros líderes de la Iglesia de Roma, todos los cuales murieron antes del año 500. La mitad de ellos (incluyendo al propio San Pedro) son venerados como mártires. Otros 30 murieron antes del año 1100, cuando todavía el reconocimiento como santos procedía de la aclamación popular. En breve, durante los últimos 900 años, solamente cuatro papas han sido considerados dignos de la beatificación oficial y sólo tres de ellos han sido canonizados, el mayor honor otorgado por la Iglesia.

A primera vista Juan y Pío no podrían ser más diferentes entre sí. El jovial Juan permaneció en su cargo por menos de cinco años. Sin embargo, durante ese breve período convocó el Concilio Vaticano II, el cual abrió a la Iglesia al mundo moderno y reformó la liturgia, además de otras prácticas antiguas. También publicó encíclicas que hicieron época, como Pacem in Terris, y gracias a su cálida personalidad conquistó amor y admiración universales. Durante su breve reinado buscó la reconciliación, no sólo entre cristianos sino también entre los países comunistas y Occidente. A los judíos les dijo: “Yo soy José, vuestro hermano”. Cuando murió, Juan XXIII fue llorado por el mundo entero y hubo una moción entre los obispos liberales para que se le dispensara del proceso de canonización y que el Concilio lo proclamara directamente santo.

Pío Nono también convocó un Concilio —el Vaticano I—, durante el cual promovió y obtuvo la adopción del dogma de la infalibilidad papal. Aun cuando fue liberal durante sus dos primeros años como papa, Pío Nono huyó de Roma ante el avance de las tropas del Risorgimento y regresó en 1850 convertido en un reaccionario tanto desde el punto de vista teológico como político. Su encíclica más conocida, Quanta Cura, incluía un ‘Syllabus de Errores’ que condenaba con arrogancia la idea de que un papa “pueda y deba reconciliarse con el progreso, el liberalismo y la civilización reciente”. Durante su papado varios intelectuales católicos de primer orden fueron considerados sospechosos de herejía, lo que creó de ese modo un clima de sospecha que en opinión de los críticos hizo retroceder a la Iglesia un siglo. Sin embargo la historia reciente ha sido generalmente más benigna con Pío Nono de lo que puede sugerir este breve recuento de sus actuaciones más polémicas. En un reinado sacudido por un violento anticatolicismo en Europa y en Estados Unidos el papado reaccionó, encontrando un renovado vigor misionero y reforzándose en el desarrollo contracultural. De hecho, inclusive el muy amplio papa Juan ha resultado devoto personal del rigorista Pío Nono.

Irónicamente, fue Pío Nono quien, declarándose prisionero en el Vaticano y rehusando salir de su ciudad-Estado, inspiró entre los fieles del común un ‘culto papal’ característicamente moderno. Despojados de su poder temporal como soberanos de los Estados papales, e investidos con el aura de la infalibilidad, Pío y sus ocho sucesores atrajeron el fervor y la devoción popular como líderes puramente espirituales armados de una autoridad cuasioracular. Seis de estos papas ya han sido mencionados como candidatos a la canonización. Dos de ellos, Pío XII y Pablo VI, ya se encuentran en proceso formal y, en 1954, Pío X (1903-1914) fue declarado santo.

En teoría un papa debería cumplir con los mismos criterios exigentes que se le aplican a cualquier otro candidato a la santificación. Todos los santos deben haber demostrado un elevadísimo grado de virtud cristiana y haber brindado un ejemplo único de santidad digno de imitación por parte de otros. Sin embargo en la práctica no es lo mismo. A diferencia de los trabajos de un teólogo, los escritos oficiales de un papa (ya que no los privados) se presumen ortodoxos y no son sujetos a escrutinio. Se presume además que su dirección de la Iglesia constituye un “designio de la Divina Providencia” —o por lo menos eso fue argumentado en favor de Pío Nono— y queda, por consiguiente, más allá de cualquier cuestionamiento serio. (El papa Celestino V, un ermitaño, fue canonizado en 1313 a pesar de que renunció luego de cinco precarios meses en el cargo). Por consiguiente, en términos efectivos, la santidad de un papa depende de su intachable comportamiento personal tal como se manifiesta en su piedad y en el tratamiento de los demás. No obstante, cabe señalar que el proceso de beatificación de Pío Nono fue detenido dos veces por los jueces del Vaticano que lo encontraron poco paciente, justo y caritativo en el tratamiento de sus subordinados. Finalmente hay que preguntarse si la decisión es apropiada: ¿Ayudará o perjudicará a la Iglesia? Juan Pablo II podía haber beatificado a Pío Nono hace 15 años pero, siguiendo la opinión de una comisión secreta, decidió que la respuesta pública sería demasiado negativa.

Permanece entonces un sentimiento de perplejidad: ¿Por qué exhumar y exaltar a un papa del siglo XIX cuya historia es tan dolorosa y cuyo carácter genera abierta disputa? Pío Nono aparece como un modelo cuestionable para una Iglesia que desde su reinado ha abrazado muchas de las proposiciones que él condenó. Un santo debería ser también una figura que ya sea ampliamente venerada por los católicos. Sin embargo, aparte de unos cuantos obispos ultraconservadores de avanzada edad del Vaticano, Pío Nono no tiene seguidores. Podría ser que Juan Pablo II quisiera honrar a dos predecesores que convocaron concilios de la Iglesia, ya que este papa es muy amante de la simetría. Pero ya ha canonizado a 1.047 personas y beatificado a otras 475, un récord que posiblemente nunca sea superado. Ha convertido de este modo una excepcional forma de reconocimiento en una verdadera línea de montaje eclesiástica. Sin embargo, en el caso de Pío Nono el resultado podría despedir un olor que no es precisamente el de santidad.
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