Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 2008/06/07 00:00

No viven del cuento

Este importante género literario sigue vigente a pesar del escaso interés de algunas editoriales en su divulgación. Hablan editores y cuentistas. Por Luis Fernando Afanador.

Para Roberto Rubiano, el problema nace cuando las editoriales determinan que los relatos cortos no venden. En el mercado anglosajón, subraya el escritor, la tradición es otra presidente le dijo al ministro que había un rumor sobre una grabación que iba a ser publicada

Hay dos clases de cuentos: el maravilloso, ligado a la mitología y la tradición oral, y el moderno, ligado al arte y a la cotidianidad. Este último es el cuento escrito, el cuento literario que nació en Estados Unidos en el siglo XIX y se encuentra asociado a la consolidación de la industria editorial. Edgar Allan Poe, Herman Melville y Jack London, lo primeros cuentistas, vivieron de publicar sus relatos breves en diarios y revistas de amplia circulación.

En los años 20 del siglo pasado, Scott Fitzgerald llevaba una vida holgada con su esposa Zelda en la Costa Azul, gracias a los cuentos que le publicaba la revista Saturday Evening Post . Por cada cuento recibía el equivalente a 40.000 dólares de hoy. Y todavía en los años 50, el también escritor norteamericano John Updike se ufanaba de sostener cómodamente a su familia con sólo vender cinco o seis cuentos al año a la revista The New Yorker, legendaria de este género y en la cual se dieron a conocer maestros indiscutidos como James Thurber, John Cheever, Vladimir Nabokov, James Baldwin, J.D. Salinger y Raymond Carver. Un poder consagratorio que aún perdura: allí se publicó por primera vez Secreto en la montaña, la conmovedora historia de Annie Proulx sobre el amor entre dos hombres y las primeras narraciones del escritor de origen dominicano Junot Díaz, ganador del premio Pulitzer.

En España, como dice Guillermo Cabrera Infante, se prefirió la novela picaresca y la comedia al cuento. "Todos sabemos que los siglos XVIII y XIX hicieron de España una tierra baldía literaria y aun el gran cuento español que recorrerá el mundo y la escena y el cine será escrito por un francés. Se trata de 'Carmen', cuyo autor, Prosper Merimée, lo situó en Andalucía pero lo escribió en París". El buen cuento en español se escribirá más tarde en la América hispana con Felisberto Hernández, Julio Cortázar, Juan José Arreola, Augusto Monterroso, Julio Ramón Ribeyro y, por supuesto, Jorge Luis Borges. No es tarea fácil resumir los inmensos aportes de Borges al cuento o, mejor dicho, los aportes que a partir del cuento hizo a la literatura. Lo convirtió en un género mayor, le dio carta de ciudadanía en el mundo de las letras. Borges revolucionó la literatura desde el cuento. Sus cuentos son ensayos o reseñas de obras imaginarias; juegos con el espacio y el tiempo, con realidades paralelas. Grandes descubrimientos que retomarían los novelistas del boom latinoamericano.

García Márquez, Carpentier, Juan Rulfo, Carlos Fuentes y Juan Carlos Onetti: sin excepción los grandes novelistas de este continente cultivaron y ensalzaron el cuento. No hubo grandes revistas comerciales al estilo The New Yorker, Squire o Atlantic Monthly que pagaran grandes sumas e hicieran tirajes masivos, pero se le consideraba un género imprescindible. "En mi generación, escritores como Juan García Ponce, Juan Vicente Melo, José de la Colina y yo mismo (Sergio Pitol), empezamos con cuentos. El género por entonces era muy bien aceptado. Las revistas literarias se preciaban de publicar cuento, lo mismo que los suplementos culturales".

A pesar de su indiscutida importancia, hubo un momento a comienzos de los años 90 en que las grandes editoriales empezaron a desechar los cuentos, a no querer publicarlos, a interesarse únicamente en las novelas. Gabriel Iriarte, editor de Norma, lo reconoce: "Desafortunadamente, en el ámbito de la lengua castellana, este género viene afrontando problemas de carácter comercial si se compara con la novela. Cuando un escritor luego de publicar una o más novelas pasa a un libro de cuentos, sus ventas disminuyen drásticamente, así los relatos sean de óptima calidad. Es una triste realidad ya que para ser un buen cuentista es preciso ser un muy buen escritor". Antonio Ungar, desde la óptica del cuentista, describe la misma situación: "El cuento está completamente relegado por las editoriales y por los lectores. Es un círculo vicioso: las editoriales no compran ni publican ni promueven cuentos de ninguna manera; la gente no está acostumbrada a leerlos, no sabe qué es eso, y prefiere tener una novela larga y fácil en la mesa de noche, como quien tiene un marido soso y buena gente del otro lado de la cama".

Para el escritor Roberto Rubiano, amplio conocedor y defensor del género, este problema se origina en la falta de un ambiente propicio -como existe en la cultura anglosajona- y en el rezago de la industria editorial española, tan influyente en América Latina: "Esa es la diferencia entre una industria editorial y otra. Y una de las razones por las cuales el cuento de habla inglesa encontró un público y un mercado en el cual desarrollarse y el de lengua castellana tardó mucho tiempo en encontrar su camino. Tal vez de ahí nazca el recelo de las editoriales españolas respecto a publicar cuentos porque sienten que es un producto que no se vende. Claro, nunca han tenido la tradición de venderlo". Conrado Zuluaga, editor de Panamericana, considera que el desinterés empezó cuando los editores empezaron a buscar utilidades superiores al 10 por ciento -lo usual en el mercado editorial- y se obsesionaron con publicar únicamente novelas que fueran best-sellers: "Los editores quieren una novela para sacar la bola del estadio y saben que eso no se consigue con un libro de cuentos". Por eso, apasionado por este género y convencido de sus cualidades para formar lectores -en las campañas de lectura siempre es más fácil llegarle a la gente con un cuento que con una novela- decidió publicar en su editorial cuentos no de una manera ocasional -como a la larga lo hacen casi todas, en una especie de sentimiento de culpa- sino dentro de una verdadera colección de cuentos -para adultos, aclara- que ya lleva 12 títulos, en su mayoría de autores colombianos contemporáneos. Sabe que el proceso es lento pero su apuesta es crear un público a largo plazo.

Andrés Hoyos, director de la revista cultural El Malpensante, considera que la promoción del cuento, como enseñaron los anglosajones, pasa por las revistas: "El cuento en Colombia padece de 'infra-revistitis aguda'. Desde los tiempos de Chéjov, su vida en otras latitudes ha dependido de que en las revistas se publiquen muchos cuentos -largos, sofisticados, simples, fantásticos, realistas, hasta malos- algo que aquí casi no sucede. Si los cuentos no pasan por la redacción de las revistas, dos males graves los aquejan: los autores no aprenden a escribirlos y los lectores no se acostumbran a leer buenos cuentos. Después, los editores no los publican en libros porque, en efecto, no se van a vender, y se genera  un círculo vicioso de abandono".

En Colombia hay editoriales pequeñas e independientes -Hombre Nuevo Editores, Villegas, Común Presencia, Arango Editores, por citar algunas- que no dejan de publicar cuentos. ¿Y los lectores? "Ahí están", dice Elkin Restrepo, quien lo comprueba a través de la revista Odradeck, publicación dedicada al cuento, que fundó hace cinco años con Claudia Ivonne Giraldo y Lucía Donadío. Por si las dudas, favor mirar en Google: hay 839.000 páginas dedicadas al cuento.

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