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| 6/9/1986 12:00:00 AM

NOSTALGIA ARENOSA

Barranquilla se toma la novela en el último libro de Julio Olaciregui

NOSTALGIA ARENOSA NOSTALGIA ARENOSA
Durante dos años, lejos del calor y los olores y los sonidos y la rumba de Barranquilla, el escritor Julio Olaciregui fue armando, esta historia de una mujer que quiere ser libre, que quiere ser ella misma y se ve amarrada por convenciones coma el amor, la fidelidad, el matrimonio, la felicidad conyugal y otras mentiras que al final la lanzan a buscarle la verdadera cara a su destino.
En París y ayudado en parte por la beca "Ernesto Sábato", el joven narrador sucumbió a la trampa de la nostalgia y en un ejercicio que algunos califican de literariamente suicida, se embarcó en esta empresa de contar una historia que aparentemente, gira alrededor de la mujer del título pero la cual, en verdad, se nutre con los elementos cotidianos de una ciudad como Barranquilla donde la música, el fútbol, los domingos vacíos, la comida, los olores del mercado, los pescados azules, el sudor, los buses donde los apretones provocan copulaciones sutiles, el sol que jamás deja de golpear las calles polvorientas, las verbenas del Carnaval, las mesas con los fritos en las esquinas, el Paseo Bolivar, los buses de colores, todo eso va generando una actitud diferente ante la vida, una actitud de provocación y eso es lo que Charito, antiheroína, ejerce en esta apretada novela que desde sus primeras líneas se insinúa como uno de los trabajos más profesionales de los últimos años, en la misma linea de agresividad de "El patio de los vientos perdidos" de Burgos Cantor o "Sin remedio" de Antonio Caballero, una agresividad que excita al lector, lo conmueve, lo convierte en cómplice de tantas desgracias y alegrias.
Los que busquen historias trascendentales, héroes, situaciones dramáticas. recursos técnicos descrestadores, se quedarán con las ganas porque "Los domingos de Charito", formalmente es austera, sin trampas al lector, yendo y regresando en la memoria de los personajes, dándole oportunidad al mismo narrador para que haga comentarios sobre su oficio, dejando que la historia se muerda la cola como uno de esos dragones que salen durante el Carnaval. Muchas voces, muchos recuerdos, una memoria dispersa va nutriendo esta crónica sentimental y al lector le queda el recurso de ir amarrando los hilos, aunque el laberinto jamás pueda ser recorrido del todo porque el laberinto es la misma Barranquilla, por donde transita, con lágrimas, con la punta del deseo asomando en sus senos y caderas, con su soledad apoyada en un viejo taxi, esta mujer que huye del marido pensando que la felicidad puede estar en otra parte.
Se siente el trabajo metódico, la orfebrería lenta, la parsimonia para colocar cada palabra, para ir armando cada situación. Pocas veces un libro ha reflejado tanto la sicología, el temperamento, las manías, las obsesiones de un escritor como éste. Lento para sus cosas cotidianas, tomándose todo el tiempo para decidirse, dudando en ocasiones entre una decisión y otra que le cambiarían la vida, así recuerdan sus amigos a Olaciregui y así se siente su segundo libro ("Vestido de bestia", una recopilación de cuentos, apareció antes, editado por Colcultura), macerado sin apuro, dejando que la pasión y la excitación pasen por el tamiz de la memoria y convirtiendo lo que hubiera sido una crónica desaforada sobre el sexo, el calor, la comida, los celos, la soledad, en un retrato austero de situaciones que algunos consideran demasiado parroquiales, domésticas, muy del patio de atrás pero quizás en esa ausencia de universalidad radica uno de los encantos originales del libro, que cuenta historias de personajes anodinos, seres que si no son rescatados por el novelista ahí se hubieran quedado, bajo la sombra de los matarratones.
Periodista que inició su oficio en El Heraldo y más tarde en El Espectador, solitario, tímido, amante del cine y los libros, menos disciplinado que algunos de su generación, vive en París desde hace más de seis años, ha estudiado la lengua y la literatura francesas, publicó un cuento en Le Monde y con esta novela demuestra que por encima de todo, es un escritor barranquillero, es decir, trabaja bajo la presión de elementos culturales, anímicos, sociales y sexuales que sólo se dan en la atmósfera calurosa de esa ciudad. Por eso el lenguaje que emplea está repleto de "barranquillerismos" (lavaperros pelar el cobre la lloradera canilludo te conozco mosco cara de tabla pedazo de pudín me lega chequitas bájate del bus, etc.), por eso sus personajes tienen una notable obsesión con el sexo, con el sudor, con el cuerpo, por eso describe con tanto humor la diferencia que existe entre "hacer el amor" y "culear", que no es lo mismo para Charito, por eso, como los barranquilleros, sus personajes tienen humor, se burlan de todo, son descreídos, aman la vida, engañan, hacen trampas son ingenuos y piensan que el mundo gira alrededor de ellos.
Si alguien busca una definición sobre esta novela, habría que agregal simplemente que es un homenaje cálido y alegre del autor a la palabra escrita, a ese oficio de contar historias aunque ni los mismos personajes crean en ellas porque, para ellos, existen cosas más importantes, situaciones más significativas, más vitales, como subirse a un bus de "Paraíso" y dejarse apretujar por veinte personas, por todos lados. --

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