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| 3/7/2004 12:00:00 AM

Noticia de Antonio Lobo Antunes

Una semblanza del escritor portugués, varias veces candidato al premio Nobel y quien será una de las principales figuras de la próxima feria del libro de Bogotá.

Valerio Massimo Manfredi
Alexandros
Grijalbo Mondadori, 1999
308 páginas
$19,500

Antonio Lobo Antunes estudió medicina, se enroló como médico voluntario durante cuatro años en la guerra de Angola y ejerció como siquiatra en el hospital Bombarda de Lisboa hasta que, hace 10 años, se dedicó en forma exclusiva a la literatura. La guerra lo marcó para siempre: le enseñó que hay pocas cosas importantes y el éxito no es una de ellas.

"Lo importante es la fidelidad al honor de estar vivo", dice. Tampoco los escritores, sus colegas, parecen deslumbrarlo. Acerca de ellos, llegaría a pronunciar estas fuertes palabras: "De una manera general, los escritores son una desilusión muy grande, son hombres y mujeres sin ningún interés, que solamente hablan de libros y sienten una apetencia de gloria inmensa".

Quienes lo han conocido afirman que no es el hombre sombrío y atribulado que su obra haría creer. Es cordial, irónico: como si pidiera perdón por no ser un hombre atormentado. Tuvo románticos sueños de izquierda y participó en la revolución de los claveles, pero muy pronto se decepcionó: "Después que los ingenuos capitanes dieron el golpe de Estado, llegaron los políticos". Por esa época se separó de su primera mujer, Zé, con la cual tuvo dos hijas. Y regresó con ella al enterarse que padecía un cáncer para acompañarla "amorosamente hasta su muerte". (El cáncer será una obsesión recurrente en sus novelas).

El Portugal que aparece en sus libros, reitera, es inventado. Por eso no le gustan los clisés típicamente portugueses: el fado, Pessoa, la Expo. Tampoco, su compatriota José Saramago: "De todas formas, Saramago es un fenómeno que se está disolviendo. En otros países no existe y aquí se está desinflando como un globo pinchado".

En 1979 publicó su primera novela, Memoria de elefante, en la que insinuaba todo su rigor y su talento como escritor. Pero es en Fado Alejandrino (1983) en la que aparecen ya los temas y las obsesiones que constituyen su mundo narrativo: el trauma de la guerra colonial, la relación hombre-mujer y la homosexualidad latente, las enfermedades físicas, las neurosis mentales, la falta de sentido de la vida, la decadencia portuguesa y la miseria de la condición humana. Aunque la estructura de esta novela es todavía bastante convencional y no tiene las celebradas cualidades técnicas y de lenguaje de sus novelas posteriores.

Después de Fado Alejandrino, Lobo Antunes, en un desborde creativo que no cesa, ha publicado más de 10 novelas (según dijo, lleva en su cabeza por lo menos 200 novelas que "razonablemente" no podrá llegar a escribir). Es como si en cada nueva obra quisiera superar los logros artísticos alcanzados en la anterior. El reconocimiento de los lectores y de la crítica europea no se ha hecho esperar. Ha recibido varios premios, y muchas ediciones de sus libros han superado los 100.000 ejemplares. Desde 1995 es un eterno candidato a recibir el premio Nobel.

Sus obras recogen el legado de las innovaciones técnicas de la novela del siglo XX, lo cual explica que sus textos parezcan a veces extensos poemas. "Envidio a los poetas y no entiendo a los poetas que quieren escribir una novela". Su estilo, de frases largas sin puntos ni comas, mezcla abruptamente el pasado y el presente, y las voces de sus personajes son interrumpidas por otras voces en una suerte de composición coral. Las tragedias personales se enlazan con el dolor colectivo, como en Esplendor de Portugal, donde la caída del sistema colonial portugués y la guerra de Angola son contadas al tiempo que la desintegración de una familia de hacendados. En Tratado de las pasiones del alma (que junto con El orden natural de las cosas y La muerte de Carlos Gardel conforman una trilogía sobre la muerte), las escenas más sórdidas son narradas con un lenguaje muy elaborado.

Lobo Antunes cree en la existencia de unas emociones que son anteriores a las palabras. El reto de sus novelas, que él llama "epopeyas líricas", ha sido el de traducir esas emociones, el de intentar que las palabras "signifiquen esas emociones". Sus muchos y devotos lectores son una prueba de que leyéndolo, han obtenido esa recompensa.
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