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| 10/19/2013 1:00:00 AM

Todos se van

Esta ambiciosa novela gráfica de Mariana Gil es una de las más interesantes que se han producido en nuestro país.

RAQUEL Y EL FIN DEL MUNDO
Mariana Gil
Robot, 2012

En 1992 el cómic Maus ganó el premio Pulitzer. Algo insólito, aunque fuera en una categoría especial y su tema “sensible”, una memoria del Holocausto, pudo haber predispuesto favorablemente al jurado. De cualquier manera, el cómic tenía en ese momento un prestigio indiscutible y la percepción del público hacia ese género había cambiado, como bien lo dijo Art Spiegelman, el autor de Maus: “Tengo la impresión de que el cómic ha pasado de ser un icono del analfabetismo a uno de nuestro últimos bastiones de alfabetismo”. 

Gracias a autores como Spiegelman, como Marjane Satrapi y su reconocida Persépolis, el cómic ya no es más un género solo para niños y lectores perezosos. Atrás quedaron sus temas escapistas y de superhéroes. Ahora, con naturalidad, incursiona en los terrenos de la literatura y la crónica: los choques culturales, la inmigración, la vida cotidiana. 

¿Quién duda de la calidad de En busca del tiempo perdido y Moby Dick, adaptadas con gran acierto en viñetas? “Repentinamente, leer cómics es elegante entre los adultos inteligentes”, dice Santiago García en su libro La novela gráfica. Es indudable el auge que ha tenido en Colombia este nuevo ‘cómic adulto’ en los últimos años.

Aparece la revista Larva que aglutina a los seguidores del género y organiza cada año Entreviñetas, un importante festival internacional de cómic que empezó en Armenia y se ha extendido a otras ciudades. Aparecen las editoriales Lasilueta, Robot y Rey Naranjo, que publican y distribuyen autores nacionales y extranjeros. 

Esta última, publicó recientemente un cómic sobre la vida de Gabriel García Márquez: Gabo, memorias de una vida mágica. Un hecho significativo, que le va a dar un gran impulso a este género, fue el fallo proferido el presente año por la Corte Constitucional en el que reconoció el valor artístico y pedagógico de las tiras cómicas y las historietas gráficas, excluidas antes de los beneficios de la Ley del Libro, lo cual implicaba un costo de producción un 30 por ciento mayor que el de cualquier otro libro. 

Más que ‘cómic’, la expresión que últimamente se escucha es ‘novela gráfica’. ¿Cuál es la diferencia? Para Daniel Jiménez, director de la revista Larva y de la editorial Robot, no hay diferencias, “solo que la novela gráfica es más extensa y ambiciosa desde lo narrativo”. Con esa claridad, podemos decir que Raquel y el fin del mundo, de Mariana Gil Ríos, con sus casi 250 páginas, sus personajes y el universo narrativo que construye, es una novela gráfica a carta cabal. 

Desde ya, un punto de referencia porque no son muchas las novelas gráficas en Colombia, aunque, hasta donde sabemos, hay ilustres antecedentes: Los Once, del colectivo Sharpball, una historia sobre el Palacio de Justicia y Virus tropical, de Powerpaola (Paola Gaviria), una deliciosa novela de iniciación o Bildungsroman femenino. 

Raquel y el fin del mundo es una historia inolvidable. Raquel es una adolescente obsesionada con la idea del fin del mundo y con el hecho de que todos sus amigos se van del país. El apocalipsis y el abandono, la muerte y la pérdida, la soledad, el amor, el sexo y la angustia de asumir una identidad independiente a la del grupo: no puede haber algo más adolescente. 

Para mal y para bien: Raquel es también un canto a la amistad que se sella alrededor de unos tragos en el bar Habitación 101: “No se vayan. ¿Por qué se van? Podrían esperar un poco y pasar acá el fin de año? como siempre”. 

Una narración sencilla, con un ritmo acentuado por las pausas y los silencios –la técnica del fundido del cine antiguo– y un dibujo muy personal –la prueba de fuego de los autores gráficos– que nos hace sentir la angustia de Raquel y la atmósfera de una ciudad enrarecida, amenazante, que tiene a la vez un sello particular y universal: es Medellín pero puede ser cualquier ciudad del mundo. 

¿Por qué todos se van? ¿Por qué todos quieren irse? La pregunta existencial de Raquel, como un reclamo en voz baja, sin énfasis, alcanza a insinuar la insatisfacción de una generación, de un país sin sentido de pertenencia. 
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