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| 10/17/2009 12:00:00 AM

Noventa años de buen gusto

La escuela alemana Bauhaus fue la pionera de una idea que parece muy común hoy día: hacer del diseño y la arquitectura artes mayores. Su profecía, en algunos casos, se cumplió. Por Hernán Caro desde Berlín.

En medio de las sonoras celebraciones con las que Alemania conmemora este año momentos estelares de su accidentada historia política -los 90 años del advenimiento de la primera democracia alemana en la República de Weimar; los 60 años de la segunda democracia alemana en la República Federal; los 20 años de la tercera gran democracia alemana: la caída del muro de Berlín-, se festeja también, con una cantidad no menos descomunal de bombos y platillos, el onomástico feliz de otra abstracción superlativa: los 90 años del nacimiento de la Bauhaus, el concepto de arquitectura y diseño de objetos de uso cotidiano más popular y exitoso del siglo XX.

Lo primero que a muchos nos viene a la mente cuando pensamos en 'Bauhaus' son unas casas de formas muy geométricas, diseños muy funcionales, interiores muy blancos, paredes muy lisas, ventanales muy simétricos. Ambientes, quizá, muy estériles y muy 'racionales' (antítesis de las madrigueras estrambóticas de, digamos, Gaudí o Hundertwasser).

Sin duda, la Bauhaus quería ser eso. Pero también quería más: el contenido y el 'espíritu' de esas casas, desde los saleros y los ceniceros y los picaportes hasta las mesas y los armarios. No es de extrañar, entonces, que junto con edificios rectilíneos y translúcidos como el de la Bauhaus en Dessau (1925), la herencia más conocida del movimiento sean diseños como la 'Tetera MBTK 24' de Marianne Brandt (1924), la 'Lámpara WG 24' de Wilhelm Wagenfeld (1924) o la hiperfamosa 'Silla Barcelona' de Mies van der Rohe (1929), entre muchísimos otros.

Y es que ante todo, la Bauhaus es justamente un concepto. Uno estético: la integración de todas las artes en la creación arquitectónica. Uno técnico: el desarrollo, a través del trabajo experimental y manual en talleres y no en aulas de clase, de un nuevo lenguaje formal de las artes, que hizo justicia tanto a las necesidades de los consumidores (de ahí la obsesión de la Bauhaus con la funcionalidad y la economía geométrica de sus productos), como a los tiempos industriales. Uno social: a través de la creación de una comunidad de artistas-artesanos, eliminar las diferencias sociales y -en el ánimo socialista e internacionalista de entreguerras- fomentar la comprensión entre las naciones.

Con esto en mente, el arquitecto Walter Gropius fundó la Escuela estatal de construcción Bauhaus en marzo de 1919 en la ciudad de Weimar. Ya en el Manifiesto de la Bauhaus de aquel año Gropius deja muy bien planteado el ideal de la escuela: "¡El objetivo de toda actividad artística es el edificio!… Hoy día las artes viven en un pudoroso aislamiento, del cual sólo serán redimidas a través del esfuerzo consciente y conjunto de todos los artesanos. Los arquitectos, los pintores y los escultores deben conocer y comprender la forma compuesta de un edificio, tanto en su totalidad como en sus partes individuales… Arquitectos, escultores, pintores: ¡debemos regresar a la artesanía!"

El programa de estudios de la Bauhaus estaba destinado a convertir estas palabras en realidad. Después de aprobar un curso básico, cada 'aprendiz' pasaba a los talleres de dos 'maestros' (Gropius se sirvió de la estructura de los gremios de artesanos medievales), quienes debían tutelarlo hasta el dominio de los materiales, las técnicas y la teoría artística. Para hacerse una idea de la genialidad y del alma creativa de la Bauhaus, basta dar un vistazo al inventario de algunos pocos de los maestros de la escuela, inventario que representa una especie de All Stars del arte de la época: Lyonel Feininger (impresión), Paul Klee (encuadernación), László Moholy-Nagy (taller de metales), Wassily Kandinsky y Oskar Schlemmer (pintura mural), Marcel Breuer (muebles), Herbert Bayer (diseño gráfico), Mies van der Rohe (arquitectura)… ¿Quién, después de la Bauhaus, se atreve a sostener que un producto del diseño industrial no puede ser comparado con las mayores obras de arte de la historia humana? ¿Nadie? Muy bien.

De este carácter esencialmente artístico de la actividad industrial de la Bauhaus, pero también de la gran diversidad de productos diseñados por sus artistas-artesanos, quiso dar fe la colosal exposición Modelo Bauhaus, realizada entre el 22 de julio y el 4 de octubre de este año en el museo Martin-Gropius-Bau en Berlín. En ella se pudieron ver más de 1.000 objetos originales, entre productos del diseño industrial y el gráfico, prototipos arquitectónicos, bosquejos, fotografías, libros de teoría del color y la construcción, e incluso vestuario teatral, que dejaron bien claro por qué la Bauhaus no es sólo un clásico del diseño moderno, sino ya un clásico de la cultura del siglo XX. En estos justos momentos, todas esas toneladas de alambre y vidrio y tela e ideas insólitas se dirigen hacia el Museo de Arte Moderno (MoMA), de Nueva York, donde desde el 8 de noviembre hasta el 25 de enero del próximo año podrán ser observadas en el marco de la exposición Bauhaus 1919-1933: talleres de Modernidad.

El título de la exposición reseña el resto de la trágica historia física de la Bauhaus. Tras los primeros años en Weimar, por presiones del gobierno conservador, la escuela tuvo que trasladarse en 1925 a la ciudad industrial de Dessau. Allí existió hasta 1932, cuando de nuevo, cada vez más arrinconada por los nacionalsocialistas, se mudó a Berlín. No sobreviviría por mucho tiempo. Al final, como sucedió con la gran mayoría de movimientos intelectuales modernos alemanes, las ideas reformistas y cosmopolitas de la Bauhaus cayeron en desgracia frente al régimen nazi, que alcanzó el poder total en 1933. En ese año se disolvió la escuela y muchos de sus miembros (o bien judíos, o bien socialistas, o bien pacifistas) tuvieron que largarse al extranjero. A través del trabajo de Gropius, Mies van der Rohe y Moholy-Nagy en Estados Unidos se inició un nuevo capítulo de la historia de la Bauhaus, y sus principios estéticos se grabaron definitivamente en la conciencia artística mundial. En muy buena medida, aquellos principios son aún hoy el patrón artístico indiscutible en las escuelas de arquitectura y diseño en Alemania y el resto del planeta.

Como escribe una comentarista, durante los años 20 y 30 del siglo XX, el epicentro artístico de la Bauhaus proyectó a todo el mundo una potente serie de ondas sísmicas. La arquitectura, las artes, el diseño moderno fueron sacudidos de tal forma, que siguen vibrando bajo el mismo ritmo. A juzgar por el vigor con que los ideales creativos de aquella Bauhaus nacida hace 90 años aún producen celebraciones, debates, fanáticos y censores, todo indica que no dejarán de hacerlo por un buen rato.
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