Jueves, 19 de enero de 2017

| 2010/08/07 00:00

Nuestra Feria del Libro

En las 22 ediciones de la Feria del Libro bogotana ha habido aciertos y fallas. Luis Fernando Afanador, crítico de libros de SEMANA, hace su balance.

La feria ha sido lugar de encuentro con escritores y anfitriona de países invitados, todo al mismo tiempo.

Umberto Eco, Milan Kundera, Gabriel García Márquez, Antonio Tabucchi, Paul Auster, Cees Nooteboom, Octavio Paz: qué buena habría sido la Feria del Libro de Bogotá si hubieran venido al menos la mitad de los grandes escritores que siempre anunciaban y que, “a última hora”, terminaban cancelando. Era como una mala costumbre de los organizadores, como un falso ritual, que terminó convertido en un chiste: “¿Qué premio Nobel de Literatura no vendrá este año?”.

Apostarle a traer escritores reconocidos internacionalmente fue durante mucho tiempo una política de la Feria del Libro. Una política errada, no porque sea mala idea traer figuras –al contrario, las figuras atraen al público y más en la época de la cultura mediática– sino por un principio elemental: no se debe prometer lo que no se va a cumplir. No hacerlo, además, resulta contraproducente. Demerita a los que finalmente vienen y establece falsas jerarquías: el reconocimiento no va de la mano con la calidad. Y la verdad es que si uno repasa los invitados que vinieron todos estos años, ha habido personas muy valiosas y muy interesantes. Pero hasta cierto punto deslucidas por esa injusta sensación de que a última hora no venían “los más importantes”.
 
La otra apuesta grande de la Feria fue la de tener un país como invitado de honor. Que los hubo buenos, regulares y pésimos. De los buenos, Chile, que se tomó el asunto en serio y trajo una importante representación. Y, desde luego, México, país para el cual la cultura todavía es importante. Tal vez por eso, para ir a la fija, fue invitado a repetir el año pasado. Y, ciertamente, se lució con su pabellón, porque trajo muchas editoriales desconocidas y libros a muy bajos precios. Libros baratos: como responden los colombianos –supuestamente malos lectores y malos compradores de libros– cuando hay una oferta amplia con precios asequibles. Y cuando hay un pabellón organizado alrededor del protagonismo del libro y no de unos extravagantes enseres que más parecen traídos de las casas de los señores embajadores. Como fue el patético caso de China, país que, según lo mostrado, nunca quiso ser invitado.

¿Es mejor girar alrededor de unos personajes, de un tema o de un país invitado? De ninguno de los tres, diría un editor serio para quien las Ferias del Libro no son un evento cultural sino un encuentro de negocios, un mercado para comprar y vender derechos de autores, para importar y exportar libros. “No somos la Feria de Fráncfort, ni la de Buenos Aires; somos un híbrido”, me dijo alguna vez un directivo de la Cámara del Libro. ¿Un híbrido como la Feria del Libro de Guadalajara, donde hay buenos negocios, figuras y una selecta actividad cultural? De los negocios no doy cuenta pero puedo decir que la actividad cultural de nuestra Feria es excesiva, y tanta conferencia y tantos lanzamientos –este año habrá 700 actividades– terminan anulándose entre sí y, finalmente, al evento de un departamento, de una universidad o de una revista solo van –en ese orden– los paisanos, los colegas o los amigos.

Dejémosla en Feria híbrida, donde cada cual encuentra lo que le gusta. Corferias, feliz de que cada vez vayan más personas y deseosa de llegar pronto a la cifra mágica de medio millón de visitantes; la Cámara del Libro y las editoriales, igual de felices pero algo preocupadas porque hay demasiada ‘familia Miranda’: los visitantes no compran, son, en una gran mayoría, público cautivo de estudiantes. Por eso, buscando al ahogado aguas arriba, cambiaron la fecha de abril a agosto, pero el año entrante volvera ser en abril: la lluvia no era el problema; los bibliófilos, ansiosos de conseguir en los remates de Panamericana las carísimas ediciones de Galaxia Gutemberg, Anagrama y Acantilado; los lectores esporádicos, esperando la única oportunidad del año en que pueden acercarse con tranquilidad a los libros. Y pocas novedades: se siente la recesión española –sus editoriales dominan nuestro mercado– y la crisis con Venezuela, a donde exportábamos la mayor cantidad de libros.

Este año el ‘país invitado’ será el Bicentenario. Genial: nos autoinvitamos y matamos dos pájaros de un tiro. Pero vale: el Bicentenario es un gran tema. El otro será ‘el libro digital’, aunque la discusión será demasiado restringida, lástima. Y a falta de figuras mediáticas, un agudo crítico de la cultura light, el filósofo francés Gilles Lipovetsky, hasta ahora, “confirmadísimo”.

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