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| 9/17/2001 12:00:00 AM

Nuestra riqueza rítmica

Curupira rejuvenece la cumbia. Liliana Montes redescubre los ritmos perdidos del Pacífico. La que sale ganando es la música colombiana.

Paralela a la historia de la música colombiana hay otra historia, que es la de su aceptación en nuestros círculos. O su rechazo, que ha sido el caso más común. Cuando la orquesta de Lucho Bermúdez se presentó por primera vez en Bogotá, en 1944, más de una columna de la prensa capitalina calificó la creación del maestro como “música de negros”. Y no es difícil entrever en esas palabras una alta dosis de saña cachaca.

Pero aquel suceso no es aislado. Lo grave es que, varias décadas después de ese polémico concierto en el Hotel Granada, la valoración de la música colombiana seguía fluctuando entre el afecto desmedido y el escepticismo sistemático (ambos igualmente peligrosos, si se les mira bien). Por eso es grato sentir que la cosa empieza a andar por buenos rumbos: ahora son músicos jóvenes y sin prejuicios los que redescubren nuestra riqueza rítmica. Por primera vez en mucho tiempo estamos escuchando innovación y arrojo en un folclor que creíamos agotado.

La sorpresa más grande a ese respecto es la del grupo Curupira. Su primer disco, editado el año pasado, fue el resultado de una búsqueda que estos músicos explicaron diciendo: “Estamos caminando hacia un lenguaje propio y actual, basándonos en las raíces”. Ahora su álbum Puya que te coge trasciende esa primera voluntad en todas las direcciones. Es el reverente conocimiento de un pasado, porque las piezas surgen del aprendizaje con maestros como el fallecido Encarnación Tovar. Y es a la vez una mirada al futuro, porque Curupira tiene el mérito de habernos revelado que la cumbia y el funk sostienen frescos amoríos.

Pero si la gran cualidad de Curupira es la de haber remozado los ritmos de nuestro litoral Caribe, no es menos notable el logro de la cantante Liliana Montes. En un disco inspiradamente titulado Corazón Pacífico, Liliana rescata los sonidos de la otra costa.

Y hay que decir que un ejercicio así no es fácil. Claro está que la riqueza musical del Pacífico es exuberante (una investigación de El Espectador en 1995 hablaba de más de 50 ritmos), pero sobre todo es virgen porque apenas se ha grabado una porción ínfima. No sé si Liliana Montes sea consciente de esto, pero ella representa esa percepción que va más allá de miradas simplistas, ese oído que discierne un tesoro donde otros no oyen sino “música de negros”.

Desde luego que los ritmos autóctonos son trabajados por estos jóvenes músicos con un lenguaje moderno. Pero cuando se hacen las cosas bien no hay porqué preocuparse: Juan Sebastián Monsalve, de Curupira, me confió hace poco que entre los fanáticos de su grupo ya había contado a varios señores de la tercera edad. Y es que pasado y futuro bien pueden ser una misma cosa. Hay, en cada uno de estos discos, versos que dan escalofrío porque igual puede tratarse de una copla tradicional que de un comentario sobre la actualidad. Liliana, por ejemplo, canta a ritmo de currulao:

Mañana me iré muy lejos
Yo no sé si volveré
Y aunque el corazón
me duele
Mañana te dejaré


Menos ambigua, más angustiosa, resulta esta puya que entonan los músicos de Curupira:

No me saquen de la tierra mamá
No me vayan a matá
Que aquí tengo yo
mi yuca sembrá
Y allá yo no tengo ná

Uno desea que toda esta expansión de los ritmos, de los instrumentos, de las temáticas, llegue de paso a lograr una audiencia más numerosa para nuestro folclor. Que el crecimiento musical sea en realidad metáfora de una expansión de nuestra sensibilidad. Curupira y Liliana Montes nos están mostrando que esta música va más allá del negro. Su propuesta emociona porque surge del amor, que es ciego a los colores.
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