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| 9/10/1990 12:00:00 AM

NUEVA VIDA

Tras 250 años de descuido, los dibujos de Gregorio Vásquez de Arce y Ceballos son salvados de la muerte y expuestos en Bogotá.

Cuando el público asista a ver los dibujos del maestro Gregorio Vásquez de Arce y Ceballos, que actualmente expone el Museo Colonial en Bogotá, tendrá más de un motivo para sorprenderse. Por un lado, como es lógico, esta el valor artístico de las 106 obras. En segundo término, su valor histórico. En tercer lugar, la calidad de los trabajos de restauración y, finalmente, la azarosa historia que los ha rodeado en casi tres siglos de peregrinaje.

Pobre, marginado por los artistas europeos de su tiempo y por la dominante clase española, el criollo Vásquez de Arce y Ceballos fue prácticamente un autodidacto de la pintura. Es, tal vez, el único pintor colonial que produjeron estas tierras. Hubo otros, pero ninguno alcanzó la calidad de este hombre, que para algunos es un genio y para otros es uno más. Pero es el de mostrar en Colombia. Nació en 1638 en Santa Fe de Bogotá, hijo de una familia de origen andaluz, y desde muy temprano se inclino por la pintura. Como era normal en esos años, los motivos religiosos, el misticismo que caracterizó a la empresa de la Colonia, marcaron su obra, aunque también realizó paisajes, retratos y cuadros costumbristas. Estuvo encarcelado, fue perseguido, no tuvo dinero y al final de su vida le tocó vivir de lo que se conoce como "Los Almorzaderos", un grupo de obras de pequeño formato que vendió por las calles de Sante Fe.

Y si la vida del autor está llena de aventuras, la de sus dibujos no lo esta menos. Pablo Antonio García del Campo los recibió de su padre, quien había sido alumno de Vásquez. En este punto se les perdió el rastro. No se sabe qué camino siguieron. Se supone que pertenecieron a la colección de Alberto Urdaneta. Sin embargo, en 1880 los encontró Carlos Pardo, uno de los grandes coleccionistas de arte colonial. Según dicen, un día que llegó hasta la casa de unas planchadoras a recoger unas camisas los encontró pegados, en forma de colage, en un biombo del establecimiento. De inmediato los compró. Aunque esta versión no ha sido del todo comprobada, no es del todo descabellada si se tiene en cuenta que durante el proceso de restauración se encontraron residuos de engrudo en las hojas. Lo cierto del caso es que Pardo los guardó en un hermoso estuche de cuero, pero para ello usó algún tipo de pegante que también contribuyó al deterioro de las obras.

En 1945 el gobieno nacional compró la colección Pardo y con ella los dibujos. Fueron expuestos sin los requerimientos del caso, que por entonces no se conocían. Viajaron por el país, expuestos a las inclemencias del tiempo, hasta ser guardados en un estuche de madera para mapas, que poco o nada los preservó de la humedad y del frío.

En 1986, Teresa Morales de Gómez, directora del Museo Colonial, llamó la atención sobre el deterioro de los dibujos y se dio a la tarea de encontrar la manera de financiar su restauración. Así, con la ayuda de Cartón de Colombia que aportó cerca de 10 millones de pesos para los trabajos, se le encomendó la tarea de salvación a un grupo de restauradoras encabezado por Patricia García. Tras hacer un diagnóstico de cada uno de los dibujos, en los que se encontraron materiales orgánicos, hongos, grasa, manchas de agua y otra serie de impurezas, se procedió a diseñar el tratamiento adecuado. Es necesario aclarar que no se trató de una restauración artística, pues los trazos del artista no fueron tocados. Se trató de una labor encaminada a limpiar las hojas y a protegerlas del deterioro. De los 106 dibujos sólo uno esta firmado por el maestro, con fecha 1704.

Uno de los principales aportes artísticos que dejó el proceso de limpieza y restauración fue el de comprobar que los dibujos fueron hechos al óleo y no en tinta y plumilla, como se creyó hasta hace poco. Esto habla muy bien de las cualidades como dibujante de Vásquez de Arce y Ceballos, pues este tipo de pintura sobre papel no admite errores. Y en los dibujos el trazo es limpio, seguro, y las figuras son prácticamente perfectas. Varios de los motivos de los dibujos estan presentes en los cuadros del pintor, lo que permite pensar que cumplieron la función de estudios para las grandes obras de Arce y Ceballos. Son caras de santos, estudios de manos, niños Jesús, vírgenes y santas, todas con el sello inconfundible del autor, que fue el mejor intérprete criollo del siglo XVII español.

Por todo lo anterior, la recuperación de los dibujos es todo un acontecimiento para el mundo artístico colombiano. Se trata de la salvación de uno de los patrimonios culturales del país y de una oportunidad única para conocer otra faceta del trabajo del pintor colonial colombiano por excelencia.
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