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| 2/17/1986 12:00:00 AM

NUEVO BOOM DE LOS MARCIANOS

Los extraterrestres ya no son personajes repulsivos y peligrosos, sino criaturas que juegan con los ancianos en Cocoon y coquetean con los niños en "Exploradores".

Durante muchos años, demasiados, Hollywood fue injusto con los marcianos. Bueno, con todos los extraterrestres.
Siempre se les pintaba como seres con enormes tentáculos, verdosos, con una apariencia blanda y pegajosa que producía horror y sed en los espectadores. Casi nunca los mostraban de cerca y las sombras de la noche eran los mejores aliados para que los creadores de efectos especiales se salieran con la suya. Hasta cuando un italiano llamado Carlo Rambaldi, el mismo que inventó el King Kong y el tiburón de Spielberg, logró la mejor imagen para esos solitarios personajes en "Encuentros cercanos del tercer tipo" y alcanzaría el colmo de la ternura y la solidaridad con ellos al darles la figura de E.T., con sus ojos acuosos y su dedo largo, digno de figurar en la Capilla Sixtina. De ahí en adelante (incluyendo, por supuesto, la deliciosa y escandalosa galería de monstruos salvajes en las distintas historias de la "Guerra de las galaxias"), los marcianos o los extraterrestres en general, se ganaron un lugar destacado en el corazón de los maquilladores y creadores de efectos en Hollywood.
Dos películas, la una con ancianos y la otra con muchachitos, son dos pruebas elocuentes de este nuevo boom de los marcianos. Cocoon de Ron Howard, y "Exploradores" de Joe Dante giran alrededor de las relaciones de unos y otros con seres de otras galaxias, con quienes conviven largos períodos y establecen una comunicación más efectiva que con los otros humanos.
Cocoon quiere decir capullo y ya el título anticipa el grado de ternura y sentido húmano que se mantendrá durante toda la historia. Miles de años atrás, seres de otro planeta estuvieron en la Tierra y al intentar regresar, algunos de ellos se rezagaron y ahora sus compañeros que han tomado las figuras de tres hombres y una hermosa muchacha realizan el rescate de quienes en forma de capullos han permanecido todos estos largos y aburridos años en el fondo del mar. Los trasladan a una piscina dentro de una enorme casona que han alquilado junto a la playa. Pero, gracias al azar, a pocos pasos de esa casona viven numerosos ancianos en una casa de reposo, y un día, por simple distracción entran a la casa ajena, se arrojan a la piscina de los otros y entonces se produce la primera situación extraña, demencial y divertida: los cuerpos estragados por los años, vencidos por la naturaleza, sumidos por la soledad, van recuperando algunas de sus antiguas facultades y una mañana varios ancianos descubren en sus arrugados cuerpos una sensación que la memoria y los músculos y la sangre y la piel ya habían olvidado: tienen una erección y esa noche sorprenderán a sus esposas con este salto loco de la naturaleza.
La película no se burla de los ancianos ni de su condición, los mira con cierta sonrisa cínica e ingenua, los acompaña en este descubrimiento de una fuente de la juventud mientras sostienen relaciones con esos cuatro marcianos, cuyos cuerpos luminosos son contenidos por batas que apenas disimulan el brillo. No es simple coincidencia que varias publicaciones norteamericanas la hayan escogido como una de las mejores del año anterior. Es que tiene mucho humor, es pícara, es poética, fuera de lo común y con la sana propiedad de presentar a los ancianos como seres comunes, sin aureolas, persiguiendo esa recuperación de una edad que ya no les pertenece.
Ni los marcianos ni los ancianos se sienten incómodos con la compañía. Ni los espectadores, quienes asisten, en la misma piscina de los capullos, a la consumación del acto de amor entre esa muchacha que se refugia en un cuerpo femenino que no es el suyo y el joven capitán de un barco, que después se convertirá en el vehículo perfecto para marcharse al Paraíso. Lo que Spielberg no se atrevió a resolver, Ron Howard lo ha logrado después de su espectáculo de ternura y comprensión. Esa es quizás la mejor cualidad de la pelicula, además del humor el comprender a los ancianos y también a los marcianos.
"Exploradores" de Joe Dante (el mismo director de Gremlins y "Piraña"), un joven genio que pertenece al equipo de experimentos visuales de Steven Spielberg, coloca a los extraterrestres a la altura de la fantasía y los sueños y los inventos de un trío de niños para quienes los computadores, los gases, la electricidad, la velocidad de la luz y el sonido, las ecuaciones y los mensajes que llegan de otras galaxias, son más importantes que las lecciones de historia que pregunta una maestra aburrida.
Como en las mejores historias. todo comienza con un sueño.
Mientras la televisión sigue encendida en la oscuridad de la madrugada, uno de los niños sueña con una serie de modelos y datos que se apresura a escribir para no olvidarlos y más tarde colocarlos en la computadora del amigo. Logran el primer resultado cuando la programación se hace efectiva: una esfera de material transparente y veloz que deja agujeros perfectos en las cosas y más tarde al adquirir velocidad comienza a destruir la casa y parte del pueblo.
Como en las mejores historias de Spielberg, las maravillas cientificas son miradas sin asombro, sin miedo y sin prevención por estos tres niños, quienes construyen una nave con desechos de sus casas, latones, cartones, pantallas de televisores y las ganas de averiguar qué hay más allá, de donde ellos saben que llegan los mensajes y la programación que se apodera del computador casero. Para estos niños que representan el más alto grado de sofisticación educativa, que ya no usan lápices ni borradores ni tinta, que manejan los computadores mejor que sus padres, el volar hacia el espacio, retando la tranquilidad y la prudencia de la Policía, es apenas una consecuencia de su formación personal. Es más un resultado de toda esa carga de fantasía que el cine y la televisión se encargan de excitar y aumentar. En una de las escenas más lúcidas de la película, su vehículo doméstico volará cerca de un autocine donde, al aire libre, pasan una película de marcianos, creando en los espectadores una doble sensación de realidad.
¿Y en qué momento entran los marcianos en el cuento?
Cuando los tres niños alcanzan nuevas galaxias, cuando han perdido todo sentido de prudencia y se hallan ante pequeños extraterrestres, quienes, desobedeciendo al iracundo padre, les dan la oportunidad de conocer otra galaxia.
Son dos menores como ellos, y la niña se enamora del más rubio de los tres, le coquetea, le habla de cielos estrellados y le confiesa su amor hasta cuando la rabia del padre echa a perder todo el encanto.
Lo mismo que en Cocoon estos marcianos no producen miedo, no causan espanto ni zozobra en los humanos que los miran, se hacen amigos, intercambian experiencias y aunque tienen un aspecto deforme que no logra disminuir el romanticismo de la chiquilla con un solo ojo, el espectador entiende que una nueva oleada de simpatía y comprensión hacia los antiguos monstruos del espacio está en boga en Hollywood. La próxima vez que nos topemos con un marciano, irá a caballo o estará vestido de pirata o quizás seduciendo a Nastassia Kinski durante la revolución americana.
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