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| 10/19/1998 12:00:00 AM

NUEVO TRIPTICO PARA EL CAPITOLIO

Saturnino Ramírez rinde homenaje a Rafael Uribe Uribe.

No obstante la superficialidad decorativa con que buen número de congresistas se aproxima a las actividades del arte y a pesar del destierro de los muros del Capitolio del colosal tríptico de Santa María acerca de la campaña libertadora, la verdad es que el Congreso hace gala de una pequeña pero valiosa colección de obras de arte que complementan dignamente su imponente arquitectura. Los dos murales de Ignacio Gomez Jaramillo, La liberación de los esclavos y La insurrección de los comuneros (1938), el Bolívar en el Congreso de Cúcuta de Santiago Martínez Delgado (1948), la dinámica pintura Dos mares dos océanos de Alejandro Obregón (1986), el simbólico vitral La paz de Enrique Grau (1997), y la estatua de Rafael Núñez realizada por Francisco Antonio Cano y fundida por Marco Tobón Mejía en 1922, son piezas excepcionales en la historia del arte nacional que coinciden con la importancia de la institución legislativa y le confieren prestancia a los muros y patios del edificio diseñado con evidente buen juicio por el arquitecto Thomas Reed. A estas obras se suma ahora una impactante pintura en honor a Rafael Uribe Uribe, que presidirá el Salón bautizado en su honor en la Cámara de Representantes. La obra, realizada por el pintor santandereano Saturnino Ramírez gracias al interés del ex presidente de la corporación, Carlos Ardila Ballesteros, de su actual presidente, Emilio Martínez, y a los buenos oficios de la representante María Isabel Mejía, es un tríptico de grandes dimensiones y grave presencia en el cual se recuerdan episodios de la vida y muerte del caudillo. En el primer panel se presenta un ambiente familiar dominado por la reproducción pictórica de una vieja fotografía del general a cuyo lado una biblioteca recuerda sus dotes intelectuales y sus conocimientos en materia política. En el panel central una muchedumbre de espaldas en el Teatro Municipal donde Uribe Uribe pronunció la célebre conferencia de 1904, parece esperar infructuosamente su llegada. El escenario se encuentra vacío y a sus lados la inscripción 'drama' acentúa el clima un tanto angustioso de la representación. En el tercer panel un grupo de transeúntes anónimos desfila frente al sitio donde Uribe Uribe fue asesinado. Puede leerse la placa con que el Congreso honra a uno de sus miembros más sobresalientes. La obra evade a propósito los lugares comunes de los homenajes pictóricos y en lugar de representar al general con sus mejores galas y el puño levantado como lo hubiera hecho un artista decimonónico, enfatiza su ausencia y su memoria. En ella se percibe una punzante soledad planteada mediante la incomunicación de los personajes, en tanto que el color sepia predominante intensifica la atmósfera melancólica y sombría que envuelve las escenas y les confiere un carácter circunspecto. Si bien es cierto que las exposiciones artísticas que se presentan en el Congreso no obedecen a un criterio muy estricto en cuanto a creatividad y logros, es justo reconocer que el Capitolio Nacional, a diferencia de la Casa de Nariño, se ha salvado de los regalos mediocres y que las obras que lo ornamentan son dignas de su cometido y de los más brillantes capítulos de su historia.
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