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| 5/7/2001 12:00:00 AM

Nuevos aires colombianos

Explicarles la cumbia a los roqueros y despojar al bambuco de dramatismo son propuestas nuevas para asumir con frescura la música autóctona.

Que la gente joven no aprecia la música autóctona es una queja que todavía se oye en los círculos folclóricos. La pregunta que sigue (que casi nadie se atreve a hacer porque esos folcloristas suelen ser malgeniados) sería ¿qué se entiende por música autóctona? Y, sobre todo, ¿en qué condiciones se oye esa música? Porque, siendo sinceros, quedan de la época del vinilo muchas grabaciones de más valor patriótico que musical: desde el cantante vernáculo con ínfulas de tenor hasta el conjunto que piensa que, mientras más lánguido suene, más se acerca al “sentir campesino”. Así las cosas, el disgusto por esta música es comprensible y no es sólo juvenil.

Pero que quede claro: el problema no es de la música sino de la interpretación y la grabación. Y en tanto que los viejos folcloristas se siguen quejando una nueva generación parece apersonarse del asunto, dándole un nuevo aire a la música colombiana y asumiendo, incluso, la producción sonora.

Hace poco apareció el primer disco del grupo Curupira, cuyos integrantes no llegan a los 30 años. Si todavía creyéramos aquello de que los jóvenes no se interesan por la música de este país entonces Curupira sería un proyecto traído de los cabellos. Pero lo que les sucedió a estos músicos al parecer les está pasando a muchos de su generación: al ser criados en un ambiente donde era más fastuoso el rock o más interesante el jazz terminaron por descubrir la inexplorada riqueza de nuestros ritmos del litoral. Curupira no es música raigal, es la cumbia explicada a los roqueros. El disco es un encuentro mágico de gaitas y tambora con bajo y guitarra eléctrica. Y así, la música nace no tanto de la reverencia que tantas veces coarta las interpretaciones sino del puro entusiasmo.

Paralelamente ha salido un disco llamado Eterna presencia, que parece estar destinado a reencauzar la manera de asumir la música colombiana. La austeridad de la carátula (que recuerda los sobrios diseños del sello disquero ECM) es una primera pista importante: allí donde otros optan por lo colorido y vistoso como sinónimo del ser nacional los productores de este álbum han preferido presentar la “nueva música colombiana” con cierta discreta elegancia.

Y el sonido del disco es reflejo de ello. El trío Canzonado trabaja su repertorio con una cierta ternura que por instantes recuerda la música de cámara barroca. El guitarrista Edwin Guevara les otorga a sus interpretaciones una cualidad cristalina. El pianista César López hace gala de tanta fluidez que su música suena ingrávida. Lo que es evidente aquí, en estos tres modos de interpretación, es un interés por rescatar la esencia de la música colombiana, la identidad, pero sin ornamentos ni dramatismos. Incluso si nos olvidamos de que lo que se está remozando son bambucos y guabinas Eterna presencia tiene un enorme valor sonoro: es una apología de la sencillez.

El argumento de una exaltación del arte colombiano y un consecuente rechazo a lo foráneo (que, incluso, hace poco abanderó una personalidad oficial) pierde validez cuando uno escucha estos dos discos. En el caso de Curupira, es claro que su paso por el rock les ha dado la mejor base para redescubrir la cumbia. En cuanto al proyecto Eterna presencia la cosa es menos evidente pero ahí está: es imposible que el criterio de escogencia de repertorio haya sido el de su nacionalidad; la música que aquí se escucha es buena y punto.

Sólo si se busca menos el mérito patriótico que el aporte estético es que la música colombiana podrá asegurarse una eterna presencia.
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