Martes, 2 de septiembre de 2014

OBRA DE ALQUIMISTA

| 1982/09/20 00:00

OBRA DE ALQUIMISTA

Amigo de Picasso, el cubano Wifredo Lam habló para SEMANA sobre su pintura.

"Sabes que estoy enfermo y que esta semi-parálisis era considerada en el medioevo como un castigo de Dios?" Confortablemente instalado en su silla de ruedas, la mirada un tanto evasiva a veces ausente, el bigote poco tupido y una chivera insignificante, Wifredo Lam nos recibe en su casa situada en los alrededores del bosque de Bolonia en París.
Nacido en 1902, en Sagua La Grande (Cuba), Lam llegó a España en 1921 en donde residió hasta su viaje a París en 1938. Amigo de Picasso, el pintor cubano se integró al grupo de creadores e intelectuales más importante en ese momento en París: Andre Breton, Malraux, Paul Eluard, Man Rav, Claude LeviStrauss, André Masson... Frecuentaciones que le permitieron seguir de cerca la evolución de numerosas disciplinas. "Argumentaba con gran solidez y todo lo que decía era articulado, trabado, ensamblado" recuerda su principal crítico, Sebastia Casch.
De madre cubana y padre chino, Lam fue uno de los primeros pintores Latinoamericanos que estableció un puente con Europa sin, por ello, olvidar las raíces del Caribe.
De Colombia, en sus recuerdos, quedan dos cosas: "La Vorágine" cuya lectura lo incitó a hacer un viaje por las selvas del amazonas y la manera lenta de hablar de los colombianos.
"El Caribe, es en cambio, nos dijo sonriendo, la verdadera Torre de Babel"
SEMANA: Desde hace pocos años usted cesó de pintar, ¿qué significó esa ruptura para usted?
WIFREDO LAM: Durante estos últimos años de inactividad, he reflexionado sobre todo en lo que ha sido mi vida. Me sorprende ver el tiempo tan largo que he vivido. Me asombra descubrir que, dedicado por entero a mi trabajo, no he visto pasar estos ochenta años.
El accidente vascular me ha hecho tomar conciencia de esa cruda realidad. Con tristeza he tenido que comprobar que soy un hombre viejo a pesar de sentirme un pintor joven. Por primera vez he podido pensar en la muerte que, hasta entonces, había ignorado, tal vez por no haber pensado en la posteridad.
S.: Se nota en sus palabras una viva rebelión...
W. L.: Sartre y Camus hablaron, a su manera, de lo absurda que es la vida.
Cualquier materialista diría, naturalmente, que la vida se compone de contradicciones y que la vejez y la muerte hacen parte de ella. Sin embargo, no puedo dejar de pensar que hay en todo ello una enorme absurdidad .
La vejez y la muerte que se me imponen rompen naturalmente con mi manera de ser, pues nunca he esperado que las cosas sucedan sino que las he provocado.
S.: ¿Cómo caracterizaría usted su obra?
W. L.: Yo optaría por su coherencia pero prefiero no hablar de mis cuadros. Cuando he tratado de hacerlo he tenido la impresión de entrar en un laberinto...
S.: ¿Por qué fue más hacia el arte negro que hacia la cultura china?
W. L.: Las razones que nutrieron mi decisión siguen siendo misteriosas.
Creo, sin embargo, que hubo dos hechos importantes: por un lado, las raíces africanas del Caribe y, por otro, la historia de la esclavitud, que me afectó profundamente. En realidad, los caribes nos hemos adelantado a la síntesis del mundo y es, precisamente, esa síntesis cultural y racial que se llevó a cabo entre España, Africa y America en el Caribe la que constituyó la base de mi trabajo. En mis cuadros se encuentran la magia, las leyendas, el mestizaje y el espíritu del Caribe en general.
S.: Cada pintor reivindica cierta filiación a través de los siglos, ¿cuál es la suya?
W.L.: Aunque te parezca insólito, conservo grandes influencias de los costumbristas primitivos. Ahora, si tuviera que nombrarte mis pintores preferidos tendría una cadena interminable: Poussin, Rafael Sanzio, Cezanne, Matisse, Pablo Picaso...
S: ¿Juzga usted que con la pintura pudo decirlo todo?
W. L.: Con la pintura he pasado mi vida preguntándome el porqué de las cosas. Mi trabajo ha sido como una lenta alquimia, como un diálogo permanente al que la enfermedad ha puesto fin. Pero, mis horas libres las pasé escudriñando diferentes senderos, en compañía de filósofos, antropólogos, escritores y poetas.
También leí bastante pero sin ninguna disciplina mucho menos ahora que veo las cosas un tanto lejanas... Y compuse algunas poesías.
Debo confesarte que si mis centros de atracción fueron múltiples, siempre sentí un afecto particular por la poesía.
Para mi, la poesía es el lenguaje maternal de todos los hombres a través del tiempo.
S.: Los surrealistas lo presentaron como su pintor casi-oficial. ¿Qué significó para usted esa experiencia?
W. L.: Es verdad que en torno a eso ha habido muchas discusiones. Algunos insinuaron inclusive que, en el cubismo, yo soy un surrealista. Yo me considero, más bien, como un autodidacta que nunca reivindicó ni perteneció a ninguna escuela.
Ahora, es evidente que el contacto con el movimiento surrealista fue capital. Andre Breton, por ejemplo, me enriqueció con su mundo poético. El surrealismo me ayudó a ser realmente auténtico y me hizo ver y conjugar la realidad bajo otros prismas.
S.: ¿Cómo juzga usted la pintura de los años ochenta?
W. L.: Yo me mantengo un tanto al margen pero, justamente, me pregunto si la autenticidad que caracterizó al movimiento surrealista, acompaña los movimientos recientes. Yo pienso que muchos de ellos han aprovechado de la libertad que había conquistado el arte moderno. Algunos te cuelgan un pedazo de yeso cuadrado y te dicen que es un cuadro. Uno pide explicaciones y le dan razones de tipo moral.
Creo que una parte de la pintura moderna no tiene otro sostén crítico de ella misma cuando, en realidad, la pintura está sometida a una disciplina rigurosa. Poussin, Cezanne y Picasso lo demostraron ampliamente.

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