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| 2/12/1990 12:00:00 AM

¡Ole, ole!

A pesar de la ausencia de grandes nombres, la temporada taurina colombiana ha tenido un buen nivel.

La fiesta taurina está en plena efervescencia en Colombia. Una rápida mirada revela que el año pasado se realizáron más de 200 festejos y que paulatinamente la provincia pasó de ver correr al cebú al toro de casta.
Cada año bajo el cálido sol vallecaucano de diciembre se inicia "la temporada grande" que continúa en Manizales, madre de las ferias taurinas; en Cartagena, Medellín, Armenia y Bogotá, donde se dan cita los más encopetados aficionados.
Entre diciembre y febrero conviven en este circo sin carpa toreros nacionales y extranjeros -generalmente españoles- que "en noble y leal competencia" prodigan su arte y su técnica para alcanzar codiciados trofeos, como la réplica de la Catedral de Manizales o "El Señor de los Cristales" en Cali.
En tierra cafetera, Jairo Antonio Castro, nativo del tradicional barrio La Perseverancia de Bogotá, no sólo ganó por segundo año consecutivo el trofeo manizalita, sino que acaparó el galardón de triunfador en la Feria de Cartagena, esculpiendo dos faenas del más fino sabor. Para su historial queda el indulto de un toro de Ernesto Gutiérrez en "el redondel sonoro" de Manizales.
En Cali, donde se mezcla la innata alegría rumbera con los taurinos "olés", el estilista español Fernando Cepeda se llevó para su Andalucía el "Señor de los Cristales".
En España el rudo invierno marca una larga pausa taurina y es la hija americana la que se viste de manola para perpetuar, en estos valles y montañas andinos, el espectáculo bello y trágico de la lidia del toro bravo.
Bogotá acaba de comenzar su temporada y durante siete domingos vibrará con las emociones que deparen los diestros americanos, incluído "Morenito de Maracay", junto a los hispanos Roberto Domínguez, Juan Mora, "Joselito" y Fernando Cepeda.
La Santamaría verá el ingreso de un nuevo matador colombiano, Joselito Borda, y la partida de un depurado matador, Enrique Calvo "El Cali", en una tarde bogotana que asistirá así al alumbramiento de una esperanza y a la despedida de un escultor de faenas nacido a orillas del río Cauca.
El toreo, esa suerte de rito cristiana y pagano, mundo de héroes enfundados en trajes originarios de la Opera, que enfrentan hace más de dos siglos con un espadín y medias rosa a su eterno rival, el toro de casta, sigue vivo en tierras americanas, como recuerdo de un pasado español. No deja de ser maravillosamente anacrónico que en tiempos de cohetes tierraaire y misiles perviva la búsqueda de una efímera gloria en un ruedo.
No es extraño que el creador de "Carmen", Próspero Merimée, en su viaje por España haya dejado encendidas y apasionadas páginas taurófilas. No cabe duda que hubiera cantado esa gesta del cobrizo "gitanillo" hace pocos días en Manizales, cuanda hecho girones por un toro se fue a él, le dio una tanda de pases que parecieron eternos. Inmovilizado de su brazo izquierdo, en el centro del ruedo, arrojó la muleta y a cuerpo limpio, como debió ser el primitiva encuentro de los dos rivales, venció al bravo animal para abandonar el ruedo, ungido por todos como hombre valiente.
Ausentes varias de las grandes figuras, la temporada taurina colombiana se desenvuelve entre pasodobles, olés y manzanilla.
Juan Antonio Ruiz "Espartaco", quien en los últimos cinco años es el indiscutido número uno de la toreria andante española, no viene a ningún precio a estas tierras. Paco Ojeda -que impuso un estilo de torear desafiante y personalísimo-, Manzanares, Julio Robles, "El Capea", los hijos de Camino y Litri y Víctor Mendes, el osado portugués, no están por diversas circunstancias.
Pero esto no es obstáculo para que siga viva la llama taurina, pues nombres nuevos como el de Rafi de la Viña, "El Niño de la Taurina", Marco Antonio Girón y José Carretero se suman a los nuestros, a Jairo Antonia y "El Cali", a Nelson Segura, a César Rincón, a "El Puno" y a "El Bogotano", quienes muestran cada tarde que el toreo no es privilegio de quienes fueron bañados por el rio Guadalquivir. Al fin de cuentas, el arte no pregunta por nacionalidades. Igual conmueve "La violencia", de Obregón, que esos retratos de Garay o las faenas del inmortal Pepe Cáceres.
Y el toro, ese protagonista esencial, merece una loa. Porque los colombianos han sido capaces de criar un toro con más movilidad para una fiesta pasionalmente gallarda que en la medida en que gane más casta, será la más completa de cuantas se celebran en este planeta de la tauromaquia.
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