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| 10/26/2013 1:00:00 AM

El nuevo rey de los tenores

La más reciente versión de la ópera ‘Adriana Lecouvreur’ ratifica la excepcional calidad del tenor Jonas Kaufmann y demuestra que este alemán no tiene rivales en su área.

Los tenores se impusieron como estrellas a principios del siglo XIX, y no la tuvieron fácil. Durante el XVIII tuvieron que vérselas con los castrati que eran los favoritos y después con las sopranos,  que aprendieron su arte de los castrati y dominaban la escena.

Cuando se impusieron no desplazaron a las sopranos pero quedaron al mismo nivel. A los primeros, como Mario y Rubini, no les preocupaba mucho la actuación, mano al pecho avanzaban al borde del escenario, cantaban sus arias y daban sus agudos en falsete. Hasta 1831 cuando Gilbert Louis Duprez se inventó el do de pecho, el público deliró y todos tuvieron que imitarlo hasta hoy.

Los grandes, los grandísimos, los consentidos del público, no han sido muchos: Mario, Rubini y De Resake en el siglo XIX y Caruso, McCormack, Melchior, Domingo y Pavarotti en el XX.

Pavarotti y Domingo reinaron por décadas, del primero dijo Karajan que era la voz más bella del siglo y el segundo tuvo una carrera increíblemente prolongada y versátil; tuvieron seguidores y detractores. La muerte de Pavarotti y el inminente declive de Domingo plantearon la incógnita: ¿quién será el nuevo rey?

Poco a poco aparecieron los aspirantes: Alagna, Florez, Cura y un largo etcétera hasta que todo pareció decantarse por dos: el mexicano Rolando Villazón y el alemán Jonas Kaufmann.

La carrera de Villazón fue meteórica pero problemas de salud lo sacaron del juego. Así que quedó Kaufmann, que no es un tenor más. Nacido en Múnich en 1969 ha venido imponiéndose de una manera sorprendente porque consigue el milagro de ser igualmente extraordinario en la ópera alemana, francesa o italiana. Un fenómeno que no se veía desde Jean De Resake, el primero en conseguir cantar, y no gritar, Wagner con la misma propiedad que Gounod o Verdi.

El secreto, además de su voz excepcional, de su imponente presencia escénica y su legítimo carisma, estriba en su formación en el Conservatorio de Múnich, que abarcó el canto operístico y la interpretación del Lied, que es la canción culta alemana, que se traduce en una gama de detalles musicales de los cuales carece la mayor parte de sus colegas, que aunados a su milagrosa capacidad para emocionar producen el milagro y lo ubican en la cresta de la ola.

Todas estas cualidades están presentes en su Adriana Lecouvreur del italiano Francesco Cilea en el Covent Garden de Londres al lado de la soprano Angela Gheorghiu y de la mezzosoprano Olga Borodina, respectivamente en los roles protagonista y antagonista.

En el marco de una ópera, indudablemente concebida para el lucimiento de la soprano y la mezzosoprano, Kaufmann repite lo que en su momento hizo Caruso en el estreno en 1902: relegar a sus colegas a un dignísimo segundo lugar (la actuación de Gheorghiu y Borodina no puede ser mejor), el teatro cae a sus pies desde el acto I en el aria de Maurizio, La dolcissima effige, más que una gran aria, una obra maestra del canto, con los agudos soberbios y segurísimos y especialmente por esos detalles, como ocurre al final, cuando con absoluto dominio lleva el canto a un delicado pianísimo y luego, poco a poco, en un magistral crescendo hace temblar los cimientos del Covent Garden con un forte estremecedor.

Que el teatro delire no debe sorprender. Llegó Jonas Kaufmann para ocupar el trono de Rubini, De Resake, de Caruso, de Domingo y de Pavarotti. Y todo parece indicar que hay tenor para rato.
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