Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 1996/02/05 00:00

OPERA SCALA

Con dura polémica sobre la falta de óperas italianas en su apertura, comienza la temporada del legendario escenario, 27657

OPERA SCALA

LA SCALA ES EL TEMPLO DE LA LIRICA italiana. Allí la ópera es un culto, con altar en el escenario que enfrenta 156 palcos, una luneta, dos galerías y el más entusiasta y feroz público del mundo.
Su terreno lo ocupó desde el siglo XIV la iglesia de Santa Maria della Scala y fue donado por Regina della Scala, esposa de Barnabo Visconti, duque de Milán, antepasados del director cinematográfico Luchino Visconti, protagonista con Maria Callas de la llamada segunda Edad de Oro de la ópera italiana en este siglo.
Historia apasionante desde la inauguración en 1778 y que ha visto los estrenos más significativos de la ópera italiana. Bombardea da en 1943 fue el primer monumento reconstruido por Ios milaneses en 1946. Primero incluso que la Cena de Leonardo. No por frivolidad, hay razones más hondas, la Scala representa patria y libertad, así lo expresa el público en noches como la del estreno de Nabucco de Verdi en 1842 cuando, en cuestión de segundos, hicieron del coro de los esclavos hebreos Va pensiero una metáfora política de la ocupación austriaca. No fue gratuito que los italianos convirtieran Viva Verdi en Viva Vittorio Emmanuel Re d'Italia.
Por eso, cuando la Scala deja de ser un templo de la nacionalidad, Milán se exaspera. Y eso es exactamente lo que está ocurriendo en este momento.

LOS ESTRENOS DE LAS ULTIMAS TEMPORADAS
Cuatro estatuas presiden el foyer de la Scala: Rossini, Bellini, Donizetti y Verdi, los compositores más íntimamente ligados con la historia del teatro. Milán secretamente espera que su temporada abra con alguno de sus maestros. Si el elegido es Verdi esa noche hay electricidad pura en la atmósfera: la boletería alcanza precios inimaginables y, desde tiempos de Callas y Visconti, los palcos están ocupados por luminarias del cine, modelos famosas, premios Nobel, la nobleza de la ciudad, veteranas del canto y la fauna política.
La responsabilidad de programar recae sobre Riccardo Muti, su director musical y una de la figuras más importantes de la actualidad.
En la pasada inauguración hubo todo, incluidos Melanie Griffith y Antonio Banderas, las legendarias cantantes Renata Tebaldi y Giulietta Simionatto, los huelguistas de la Alfa Romeo y una delegación de ecologistas pronta a destruir cualquier abrigo de piel a su alcance. Todo menos lo que el público ansía: ópera italiana.
Desde 1990 los milaneses sólo han satisfecho su gusto lirico de inauguración en el 92 con un Don Carlos de Verdi que pasó a la historia por la feroz abucheada para Luciano Pavarotti, Ricardo Muti y Franco Zeffirelli.
Al parecer Muti sistemáticamente se niega a programar óperas italianas en estas inauguraciones, que como asegura la prensa local, son las noches que cuentan. En el 90 dirigió Giuglielmo Tell de Rossini, una ópera de estilo francés; en el 93 La Vestal de Spontini, compositor italiano y estilo francés; en el 91 Parsifal de Wagner, en el 94 Walkiria, también de Wagner; y en la actual La flauta mágica de Mozart.
La situación se torna tensa: todas las inauguraciones terminan en gresca y abucheo, de lo cual no se salva nadie. La copa se acaba de rebosar con las recientes declaraciones de Muti al anunciar que cerrará temporada con El oro del Rhin de Wagner y que no abrirá el próximo San Ambrosio con Verdi porque sencillamente no hay cantantes capaces de interpretar a cabalidad sus grandes óperas.
Para los observadores Muti pretende ignorar cantantes verdianas de la talla de las norteamericanas Aprile Millo y Dolora Zajic, por una ancestral antipatía italiana hacia los cantantes estadounidenses, especialmente cuando se trata de estrellas de la Metropolitan Opera House de Nueva York. Una antipatía que en los años 50 acuñó una frase de la Callas: "Sería comparar la champaña con la Coca- Cola".
Tradicionalmente y por principio lo que es bueno para la Metropolitan no lo es para Milán.
Ahora, donde sí coinciden tirios y troyanos es en la crisis de los tenores. Porque si bien es cierto la época de la posguerra estuvo caracterizada por una proliferación asombrosa de grandes figuras como Di Stefano, Corelli, Tucker, Bergonzi, Del Monaco y los mismos Pavarotti y Domingo, la situación actual es desesperanzadora, con Domingo y Pavarotti próximos al retiro, Alfredo Krauss muy viejo y José Carreras prácticamente acabado.
Lo único cierto es que de continuar esta situación, los milaneses enrarecerán la atmósfera a Muti hasta hacerla insostenible, pues para ellos no hay argumento lo suficientemente fuerte como para aceptar que Wagner o Mozart sean los elegidos para las noches que por derecho propio son de Verdi, Donizetti, Bellini o Rossini, o hasta con algo de generosidad para Ponchielli, Giordano o Puccini.

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