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| 4/4/2004 12:00:00 AM

Opiniones de un enterrador

A través de varios ensayos, Thomas Lynch, director de una funeraria, ofrece una visión diferente de la muerte.

Thomas Lynch
El enterrador
Alfaguara, 2004
220 páginas

Thomas Lynch vive en Mildford, Michigan. Es un buen poeta; ha escrito varias obras y ha obtenido por ellas varios reconocimientos. Pero su fama reciente no tiene nada que ver con eso sino su trabajo de toda la vida: enterrador -él, eufemísticamente, lo llama "director funerario"-. Y, con el hermoso libro de ensayos que escribió sobre este tema por el que obtuvo el American Book Award, el Heartland Prize para no ficción y quedó finalista en el National Book Award.

Lynch, descendiente de irlandeses, heredó el oficio y el negocio de su padre. En la actualidad es director y propietario de la única funeraria de Mildford: "Todos los años entierro a unos doscientos vecinos. Llevo al crematorio a otras dos o tres docenas". Un oficio tan viejo como la humanidad y que a él para nada le parece sórdido. Por el contrario, la cercanía con la muerte lo ha llenado de sabiduría y lo ha vinculado más intensamente con la vida. Con la vida, de la cual no se puede nunca excluir la muerte. "El significado de la vida está ligado, de manera inextricable, al significado de la muerte". El luto es una suerte de romance invertido: el que no ama no llora. Y en esto no hay excepciones, sólo hay "los que lo hacen bien y los que no".

Las sociedades contemporáneas poco a poco fueron expulsando de la casa sus acontecimientos básicos, los rituales de pérdida y ganancia, de amor y de dolor: el nacimiento, el matrimonio, la enfermedad, la muerte. Ya los muertos no se amortajan en el salón familiar sino en la funeraria. Al sacar a los muertos y a la muerte de la casa se hizo de la muerte un acto vergonzoso. Los muertos son ahora un fastidio, algo de lo cual hay que desembarazarse lo más pronto posible. "Fuera de la vista, fuera de la mente. Hacer que se vaya, que desaparezca. Oprimir el botón, tirar la cadena, seguir con vida".

Pero ignorar la muerte es negar nuestra misma naturaleza. Puede llegar a causar problemas psíquicos, desequilibrios espirituales, "atascamiento de nuestra humanidad". Si la muerte es considerada un inconveniente, el peligro es que la vida y los vivos reciban el mismo tratamiento. Entonces, si existen MacSeres Humanos, lo lógico es que existan los MacFunerales.

Para Lynch, el objetivo último del ritual funerario es darle sentido a la vida y a los vivos, a la muerte y a los muertos. Si con el bautizo se declaran vivos a los vivos y con las nupcias los enamorados se convierten en esposos, los funerales sirven para cerrar la brecha entre "la muerte que sucede" y "la muerte que importa". Es la forma en que le damos significado a "nuestras pequeñas historias memorables". Si no miramos hacia arriba mientras cavamos hacia abajo, si no disponemos del tiempo suficiente, "nunca podremos decir que nuestros muertos vivieron de manera diferente de las rocas".

En los 12 ensayos, con gran lucidez y una escritura notable (aquí hay que darle las gracias a Adriana de la Espriella, la traductora colombiana), Lynch habla de su familia, de su generación -pertenece a la generación del baby boom que siguió a la Segunda Guerra Mundial-, de sus amigos, y relata el entierro de su padre y otras conmovedoras anécdotas que ha ido acumulando durante su largo oficio de enterrador. Y, aunque se trata de un libro lleno de amor y de piedad hacia la condición humana, no está exento de humor ni de ironía. De humor negro, desde luego, como en el ensayo Golfatorium. Ante la evidencia del rechazo generalizado hacia los funerales, Lynch proyecta y describe detalladamente un campo de golf que a la vez sirva de cementerio: "Digamos que, fácil, 15.000 tumbas de adultos por cada 18 hoyos".

Hay un ensayo, Tio Eddie, Ltda., el menos logrado, en el que Lynch se va lanza en ristre contra la eutanasia y el aborto. Por fortuna, alcanza a ser autocrítico: "Por supuesto, puedo estar equivocado". Y, otro, el más bello, en el que escribe unas palabras para su propio entierro: "Vayan hasta el hueco de la tierra. Párense al lado. Miren adentro. Pregúntense. Y sientan frío. Pero quédense hasta que haya acabado".
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