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| 2/25/2017 12:00:00 AM

Milagro filarmónico: 50 años de La Filarmónica de Bogotá

La Filarmónica de Bogotá, con la que la música clásica perdió sus connotaciones elitistas y se hizo popular, es una de las instituciones culturales más queridas de Colombia. En 2017 celebra 50 años. Por Emilio Sanmiguel.

Se fundó en papeles el 29 de noviembre de 1967. Y es sin duda, artísticamente hablando, la primera orquesta del país, la de mayor poder de convocatoria y ocupa un lugar importante en el concierto en América Latina. La Orquesta Filarmónica de Bogotá es lo que es a pesar de los escollos que ha tenido que salvar durante casi medio siglo de actuaciones.

Hoy se olvida que nació como una especie de disidencia de la desaparecida Sinfónica de Colombia. En 1965 una crisis interna de esta última, que no trascendió a los medios, se convirtió en el malestar permanente que favoreció la iniciativa, muy incipiente entonces, de crear una nueva orquesta con objetivos artísticos alternativos a los de la Sinfónica, a la que ya –eran los años sesenta– se la veía muy elitista y asociada al Teatro Colón, el más exclusivo del país.

Lo que en un principio fue un malestar se concretó con el nacimiento, en 1966, de la Fundación Filarmónica. Entre sus creadores estaban algunos músicos muy prestigiosos como Jaime Guillén, Mario Posada, Raúl García, el compositor Luis Antonio Escobar y el abogado Carlos Medellín; para fines de ese año entraron el empresario Jaime Glottmann y Belisario Betancur.

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Ofreció sus primeros conciertos en el Teatro Colombia -hoy Jorge Eliécer Gaitán- de propiedad de Colseguros. Tras complicadas discusiones, se llegó a la conclusión de la necesidad del apoyo estatal. Belisario Betancur fue la persona decisiva para materializar el proceso de la creación de la Filarmónica. El alcalde del momento, Virgilio Barco, si bien es cierto que no era enemigo de la idea, no encontraba viable su financiación con recursos distritales.

A pesar de todo, el 29 de noviembre de 1967 se firmó la creación de la Filarmónica, que paradójicamente hizo su primer concierto en agosto de 1968 en el Colón, con el himno nacional, la Suite n.º 3 de Bach, vísperas solemnes del confesor de Mozart, tres estampas del compositor colombiano Marco Aurelio Vanegas, siete danzas rumanas de Bártok y el concierto para violín de Mendelssohn: Franck Preuss fue el solista y Melvin Strauss dirigió, pero lo que puso los reflectores sobre la nueva orquesta fue su actuación en las ceremonias de la venida del papa durante el Congreso Eucarístico Internacional.

Después vino un eterno peregrinar por los auditorios de la ciudad: el Colón, Radio Sutatenza, Arte de la Música. Su dirección administrativa y artística desde el primer día fue asumida por Raúl García, clarinetista y el más apasionado líder de la idea: la orquesta existe por su empeño, eso es indiscutible.

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Al principio no fue vista como rival de la Sinfónica. Hasta que empezó a jugar un rol determinante en la cultura de Bogotá, por enfocar sus actividades a otro tipo de público, muy diferente del de la Sinfónica, más popular, o como se dice hoy en día, más incluyente.

Para proveerla de una sede el Distrito adquirió en 1972 el Teatro Colombia, lo convirtió en el Jorge Eliécer Gaitán: 2.400 localidades, pero con problemas acústicos que, aún hoy en día no han sido solventados satisfactoriamente.

Al año siguiente la Uni-versidad Nacional inauguró el Auditorio León de Greiff, el mejor del país, que empezó a ser frecuentado por la orquesta. Allí realmente se produjo el milagro filarmónico. Para finales de la década del setenta ya se lo relacionaba con la orquesta y, en cierta medida, se convirtió en su sede.

El establecimiento y la gran prensa no gustaban de ella y algunos de los críticos la ignoraban. Su origen ‘subversivo’, presentarse en escenarios no convencionales y un público de bluyines no eran de buen recibo.

No gustaba que se programaran obras de compositores soviéticos y la gota que rebosó la copa fue la llegada en los años ochenta de músicos de la Cortina de Hierro. La orquesta fue denunciada por algunos medios como altamente peligrosa, pues era “evidente que la Filarmónica era un foco de propaganda comunista”. En realidad se trataba de músicos de algunos de los conservatorios más prestigiosos del mundo, que elevaron la calidad artística de las presentaciones.

Las denuncias le importaron poco o nada a la orquesta y muchísimo menos al público. Cuando a principios de los años noventa se desmembró la Unión Soviética cesaron esas acusaciones.

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Musicalmente hablando, en 1981 ocurrió la llegada del director búlgaro Dimitar Manolov al país. Entonces se le midieron al ciclo de las sinfonías de Brahms en 1982; al año siguiente, el de las nueve sinfonías de Beethoven: la acogida del público fue multitudinaria, el aforo del auditorio fue insuficiente, el público se apostaba en las inmediaciones del edificio con horas de anticipación y logar un lugar en las escaleras, una proeza.

La comparación resultó inevitable, la orquesta disidente de la Sinfónica la superó por la calidad de sus interpretaciones y por la acogida del público, que dejó de ser un fenómeno cultural para convertirse en uno social: la música clásica perdió sus connotaciones elitistas y se hizo popular.

Raúl García dejó la dirección de la Filarmónica en diciembre de 1990. A lo largo del lapso comprendido entre enero de 1991 y principios de 2013 la orquesta mantuvo ese estatus de favorita de los bogotanos, artísticamente hubo logros importantes y ambiciosos, como hacer el ciclo de sinfonías de Gustav Mahler, un reto que se reserva para agrupaciones sinfónicas que hayan alcanzado un importante nivel de madurez.

El siguiente capítulo se empezó a escribir a principios de 2013, cuando David García fue designado director administrativo de la agrupación. Hijo de Raúl García, y violinista profesional, dio un paso definitivo en la consolidación del proyecto musical más ambicioso que se haya concebido en el país: que la Filarmónica dejara de ser una orquesta para convertirse en un sistema de orquestas con miras a llenar las necesidades y expectativas culturales de Bogotá. Su proyecto contempló la creación de nuevas orquestas y aparatos corales, una Filarmónica Juvenil, una Filarmónica de Cámara, el Coro Filarmónico y entidades complementarias.

Incluía lo que desde el primer día ha sido una necesidad inminente, contar con una sede permanente, como la tiene cualquier agrupación de su género en el mundo. Luego de un complicadísimo proceso burocrático se logró la adjudicación del lote inmediatamente colindante al Coliseo El Campín, se encargó de la realización de los planos arquitectónicos al centro de estudios urbanos de la Universidad Nacional, que tras un trabajo sin precedentes produjo un anteproyecto arquitectónico que, lamentablemente a la fecha, ha sido ignorado por el alcalde Enrique Peñalosa.

Sandra Meluk, con una experiencia importante en el manejo de proyectos musicales, dirige hoy la orquesta. Es la artífice de la programación para para la celebración de esta Sinfonía Filarmónica op. 50, que tendrá uno de sus momentos culminantes con la interpretación de la Novena sinfonía de Beethoven coincidiendo con la forma del acto de creación en noviembre próximo. A lo largo del año actuarán solistas nacionales y extranjeros y directores que de una u otra forma han estado ligados a su historia, incluido Gustavo Dudamel.

En manos del alcalde de Bogotá queda dotar de una sede a la más importante orquesta del país, la que hizo de la música en Colombia un fenómeno popular.

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