Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2001/02/26 00:00

Otoño en Nueva York

Nueva York es testigo de una historia de amor que hará lo que sea para hacer llorar al público. **

Otoño en Nueva York

Director: Joan Chen
Protagonistas: Richard Gere, Winona Ryder, Elaine Strich, Anthony LaPaglia, Vera Farmiga, Mary Beth Hurt




Will Keane y Charlotte Fielding son el uno para el otro: él es un cincuentón aterrorizado por el compromiso y obsesionado con los romances fugaces y ella es una muy joven y muy independiente enferma terminal. El tiene un restaurante y a ella le encanta comer. El es un mujeriego y ella es una mujer. El vivió una historia de amor con la mamá de ella pero, eso sí, ni más faltaba, jamás intimó con la señora. O bueno: por lo menos eso dice la abuelita.

Es Nueva York. Es otoño. El ha abandonado a una hija y cuando no piensa en comida piensa en sexo pero, a fuerza de acompañar al Dalai Lama en sus cruzadas, parece el hombre más sabio del mundo. Ella sonríe, sus ojos brillan como si tuvieran toda una vida por delante y, porque es sensible y solitaria, lee los poemas de Emily Dickinson. Están profundamente enamorados. Se nota. Se ve desde los cortos. Se alcanza a ver en el afiche. A veces discuten pero, al fin y al cabo, ¿quién no lo hace?

¿Qué puede salir mal? Sabemos, por Caballo viejo, que quererse no tiene horario ni fecha en el calendario cuando las ganas se juntan. Estamos convencidos, después de ver los 12 meses de La fiera y las tres horas y media de Titanic, de que ni la ceguera, ni la clase social ni la muerte son buenas excusas para dejar de amarse. Creemos firmemente, gracias a Carrington y a El objeto de mi afecto, que ni siquiera las inclinaciones sexuales son un impedimento. En fin: tenemos entendido que los romances de hoy —de eso parten los productores de Otoño en Nueva York— son menos claustrofóbicos y más posibles.

Pero claro: para que haya historia tiene que haber algún obstáculo. Algo tiene que fallar. Al espectador de hoy, como al de los años 40 —eso dicen los productores de Otoño en Nueva York—, le fascinan las tragedias: le encanta llorar a Romeo y a Julieta y no se habría repetido Titanic si Leonardo Di Caprio hubiera sobrevivido. Así son y han sido las cosas. El amor eterno, el de las películas taquilleras, es el amor imposible.

La guionista y la directora de Otoño en Nueva York se empeñan en conseguirlo y parecen dispuestas a todo para lograr las lágrimas: suben el volumen de la música, revisan la nostalgia del paisaje y sacan, desde dentro de las mangas —porque claro: ellas también han visto La fuerza del cariño, Conoces a Joe Black y Quédate a mi lado— todos los ases de la baraja del melodrama de estos años: se inventan escenas de hospital, caminatas por el Central Park, traiciones y reconciliaciones y bailes con valses y vestidos elegantes. Y aunque las dos fracasan, y da tristeza que no hagan llorar, al final, por lo menos, queda la sensación de que la película sería insoportable si los personajes principales no fueran Richard Gere, Winona Ryder y Elaine Strich. No, no todo es malo. La elección del elenco puede ser, a veces, un gran mérito.

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