Domingo, 22 de enero de 2017

| 1999/11/08 00:00

OTRO IRLANDES EN NUEVA YORK

Frank McCourt regresa con un gran libro: la continuación de 'Las cenizas de Angela'.

OTRO IRLANDES EN NUEVA YORK

Es fácil rendirse ante el narrador de estas memorias. Desde las primeras líneas nos hace
testigos privilegiados, cómplices, de su pequeña odisea que no es otra que encontrar un lugar digno entre los
hombres, a pesar de su fragilidad, de la dura vida que sólo acepta una palabra: persistir. Persistir significa
muchas cosas. Una de ellas, y quizá la principal, es sentido del absurdo. Algo cercano al humor, una
sensación ambigua que oscila entre "esta es la experiencia más miserable que jamás haya pasado" y
"algún día me reiré de esto". Según McCourt, un rasgo clave de la cultura irlandesa que les ha permitido
sobrevivir a tantos desastres y dominaciones: o tenían sentido del absurdo o perecían. El cura que conoce en
el barco y que decide por su cuenta ser su ángel guardián en Nueva York, una noche, borracho, intenta
manosearlo. Al otro día le dice que no lo quiere mirar ni volver a ver nunca más porque lo que pasó fue horrible
y no hubiera pasado si McCourt hubiera usado su cabeza y se hubiera ido, como él le aconsejó, con los ricos
de Kentucky que venían en el barco. Cuando por fin logra ir "al cine de la 68" (después de haber ahorrado
con dificultad lo poco que le quedaba de su infame trabajo en el Hotel Biltmore) para ver un codiciado Hamlet
con Laurent Olivier y "darse un festín" con ginger ale y merengado de limón, el vecino de al lado le acerca
su abrigo y "su mano deslizante". De inmediato se para y se va al baño a comerse tranquilo su pastel en la
taza del escusado. El pastel le seca la boca y quiere un trago de ginger. No tiene destapador. Intenta
abrirla contra el borde del lavamanos, pero se corta y el pastel en el suelo se inunda de sangre y ginger. Un
tipo que entra de afán casi lo tumba y pisa el pastel y lo vuelve una nada. Lo insulta y le pregunta si no conoce
los destapadores. Al salir pone la queja y el acomodador viene y lo expulsa sin apelación del teatro: le señala
su impermeable y le dice que ya conoce "el truquito de la brigada de los impermeables y sus jueguitos de
maricas". Como estas, hay muchas otras historias _siempre absurdas, nunca patéticas_ del 'irlanducho'
de ojos y dientes enfermos, solitario y pobre en la Nueva York de los años 50. Historias no del todo
desconocidas: el libro, en cierto sentido, puede leerse como una emblemática y certera descripción de la vida
de los diferentes inmigrantes y marginados que llegaron a cumplir 'el sueño americano'. Hay infinidad de
hombres y mujeres como él que compartieron o se cruzaron en algún trecho de su camino y por esa razón ya
no pueden olvidarse: "Horace que me ofrece otro pedazo de su sandwich diciéndome que me caben unos
kilitos en los huesos y su mirada de sorpresa cuando por poco se me cae el sandwich, por poco se me cae
por el peso que siento en el corazón y las lágrimas que derramo en el sandwich y sin saber por qué, no se lo
puedo explicar a Horace ni me lo puedo explicar yo mismo, el peso de esta tristeza que me dice que no se ha
de repetir, este sandwich, esta cerveza en el muelle con Horace... ". Pero McCourt va más allá del 'sueño
americano'. Lo puede realizar con Alberta, una yanqui bella e ideal, y lo rechaza. Tampoco acepta ser
un irlandés típico que se emborracha o tiene un bar, como sus hermanos. Prefiere vegetar en el simulacro
de la enseñanza. Lo habitan nubes negras y una inexplicable vocación de fracaso, que tiene que ver con su
pasado miserable, con los bestiales maestros de escuela, con la tiranía y la culpa de la iglesia y, lo más
probable, con un odiado padre alcohólico que los abandonó sin explicación posible y con el cual
secretamente se quiere identificar. Porque no olvida las historias que le contaba sobre Irlanda cuando el fuego
ardía en la chimenea: demasiado poco para tanto sufrimiento. Hasta que, en uno de los momentos más
bellos del libro, McCourt logra entender: esas míseras perlas le han alcanzado, han sido el aliento de su
vida.n Novedades Ernesto Sabato Cuentos que me apasionaron Planeta, 1999 324 páginas $ 47.900 Es una
especie de testamento literario de Ernesto Sabato. Más que una selección de cuentos de grandes autores
que le gustaban, son las huellas de sus lecturas, que lo fueron llevando de manera misteriosa de un libro a
otro, y que al final revelan más de él como escritor, que de los autores escogidos. Las mejores antologías
son las arbitrarias y esta es subjetiva y deliberadamente arbitraria. Allí están Horacio Quiroga, Jack
London, Jorge Luis Borges, Roberto Arlt, entre otros, con cuentos no tan famosos y con una invitación
cariñosa de Sabato para que volvamos a mirarlos. También hay autores desconocidos como Hugo Mujica:
siempre hay que estar atentos a los caprichos de los grandes escritores con ciertos autores menores. Esta
antología es también un homenaje a esas bibliotecas de barrio que en Argentina fundaron con sacrificio
hombres pobres e idealistas, y en las cuales Sabato fue entrando "al mundo de los prodigios" en los oscuros
y lejanos y adolescentes días de invierno. Sabato quisiera ser para nosotros en esta antología como un viejo
baquiano, como aquel bibliotecario que "le fue entregando el misterio de la vida". Gustavo Castro Caycedo La
televisión nos mató el alma Sin sello editorial, 1999 362 páginas Un libro dedicado a todos los colombianos
que nos vemos afectados por el periodismo amarillo y dirigido, principalmente, a periodistas y estudiantes
de comunicación social. El soporte argumental del libro son cartas de personas que se quejan del
amarillismo, encuestas de opinión y conceptos de periodistas que cuestionan su papel. El objetivo de
Castro es que los periodistas, antes de emitir una noticia midan las consecuencias y no le hagan juego a la
borrachera que produce el síndrome de la chiva y el rating. En muchos casos la televisión difama, irrespeta
la muerte, no rectifica o rectifica a medias. Aunque el libro es demasiado reiterativo _le faltó edición_ es
valioso y propone un interesante punto de reflexión: "El país más violento del mundo requiere la televisión más
responsable del mundo".

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