Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 1988/09/19 00:00

PAGAR POR ACTUAR

Hace furor un nuevo estilo de teatro, en el que los espectadores son parte activa de la representación.

PAGAR POR ACTUAR

Los espectadores de una obra de teatro llamada " La boda de Tony y Tina" se comportan --deben comportarse--, no como simples mirones, no como personas que han pagado por estar ahí presenciando una historia que tiene romance y drama, además de humor negro sino como auténticos invitados a esa boda. Hablan con los novios, comen del pastel, escuchan la música, bailan en algunos casos, brindan por la felicidad de los recién desposados y hasta intercambian direcciones y teléfonos con otros invitados.

Es la moda actual en el teatro norteamericano y europeo. Se trata de la participación física de los espectadores, quienes dejan de serlo, dentro de la trama, convirtiéndose en otros personajes que lloran, rien, sufren, se asustan y se emocionan mientras los otros, los actores profesionales, están ahí a su lado, canalizando un drama o una comedia que llega a afectar profundamente a quienes participan de esta nueva experiencia teatral. En el caso de "La boda de Tony y Tina" los invitados (no pueden ser llamados espectadores porque no son pasivos), cuando los novios se marchan a la luna de miel, son participes entonces de otras historias que se desprenden del pretexto de la fiesta: los que consumen cocaína (de mentira, por supuesto, porque hay limites minimos a esa realidad escénica trastocada), el cura que se cae al suelo bajo los efectos de la champaña, el colapso de la suegra del novio, la señora que quiere mejorar su maquillaje y otros detalles que son idénticos a los de cualquier fiesta de boda, con todo lo hermoso, nostálgico, ridículo y sentimental que encierra. A la salida del teatro (¿puede llamarse así todavía?), los invitados salen con confetis en los hombros y la sensación de haber estado en una verdadera celebración, nada parecida a las representaciones teatrales de antes.

En estos momentos, sólo en Nueva York, están en escena cuatro obras que utilizan al espectador como participante activo: "La boda de Tony y Tina" recrea los elementos italonorteamericanos más característicos en ese microcosmos que es una boda; en Road, del dramaturgo Jim Cartwright, se participa de las aventuras que suceden en una calle de un pequeño pueblo en Lancashire, Inglaterra; en Oil City Simphony, ubicada en una población típica de la campiña norteamericana, se reconstruye lo que pasa en un auditorio escolar; y en la más célebre de todas esas piezas. "Támara", los espectadores se convierten en invitados de una sofisticada condesa italiana en cuya mansión ocurre de todo, desde romances prohibidos hasta momentos de suspenso y terror. En todas estas obras, los espectadores pierden su pasividad, rompen la barrera natural del escenario (éste no existe como tal), y son conducidos de habitación en habitación, de aposento en aposento. Los actores interpretan sus personajes, rodeados por el público que puede hablar con ellos, interrumpirlos, hacerles comentarios y en algunos casos, como era la pieza Clue, proponer distintas soluciones al misterio planteado .
Por supuesto, la moda no es de ahora. Ya en los años sesenta el llamado Living Theater y el grupo de Richard Schechner, provocaron toda clase de reacciones al lograr la participación de espectadores tímidos quienes, sin saberlo, estaban siendo herederos de otras experiencias más antiguas, que tuvieron su mayor expresión en los autores dadaistas. Lo que para éstos era simple instigación ahora en Estados Unidos y Europa se toma como una expresión de buen humor, imaginación y sobre todo como ganas de alterar todas las formas teatrales. Quizás la gran diferencia entre los trabajos actuales y los anteriores es que ahora no sólo se consigue la participación del espectador, ubicado a pocos centímetros de esa pareja que está en la cama, sino también la reconstrucción vívida de un ambiente, una situación, un entorno que puede ser trágico o cómico.

Es un teatro interactivo y por 135 dólares, como en el caso de "Támara", el invitado se divierte, come, bebe, alterna con hermosas mujeres y descubre cómo los actores (la sorpresa es toparse con gente famosa, como Kevin Bacon el de Footlose) nunca pierden su personaje. Ellos siguen actuando aunque en la calle, bajo la lluvia, acepten compartir un taxi con ese espectador que no sabe--o no quiere saberlo--, que esa escena cotidiana en la acera, también forma parte de la pieza teatral. Por eso en algunos avisos (debería decirse, ¿invitaciones?), se advierte que el público debe ir sin comer y relajado, con zapatillas cómodas, porque habrá de todo. --

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