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| 5/29/1989 12:00:00 AM

PAISAJES UMBROSOS

La naturaleza bajo la peculiar mirada de Aura María Rueda, en la Garcés Velásquez.

Los pintores que tienen como objeto, o como tema de su pintura a la naturaleza, definen sus coordenadas de antemano de una manera bien conocida: paisajismo, fidelidad y objetividad ante el objeto en la forma y en el color; imitación, en suma, de un entorno visible según las leyes del objeto como natural e inmediatamente es percibido. Estos artistas se hacen especialmente sensibles a la luz de las grandes extensiones o a la tonalidad particular de un momento sobre el objeto de su observación. No se interesan por la interpretación o por lo que concierne a la pura expresividad en la pintura, tanto como por representar la naturaleza tal como se revela a su mirada.

Desde un punto de vista estético completamente personal, Ana María Rueda ha dado un vuelco a la concepción de la pintura que tiene por objeto la naturaleza busca en ella otro modelo, una nueva modulacíón de lo vísible. Parecieta que con su pintura Ana María Rueda nos dice que ya no es posible pintar la naturaleza, ni con la ingenuidad, ni con el pragmatismo de ayer y que ya no se puede ser paisajista sin pagar el alto tributo del anacronismo total. En fin, que un pintor contemporáneo que elige por modelo a la naturaleza no puede ignorar las transformaciones que ella ha sufrido en este siglo, con los peligros evidentes de su virtual exterminio.
La naturaleza para Ana Maria Rueda es una naturaleza en crisis, ha dejado de ser la más alta idealización de la vida, es una naturaleza amenazada. El espectador de sus cuadros más recientes puede ver cómo la pintora ha apartado la mirada de los cielos serenos de los paisajistas contemplativos, también de la imaginación cautivada por el apacible paisaje. Ha cambiado el punto de vista del placer del pintor naturalista por la sensibilidad profunda, acendradamente personal, acaso herida y fuertemente interiorizada de la visión de la naturaleza.

Pareciera que estos lienzos provinieran de una comunicación que la artista establece con sus paisajes umbrosos, más allá de la observación superficial de la primera mirada. Sus tonos, antes que todo, son afectivos, lo que no significa que dé al cuadro con sus trazos los tonos de ciertas emociones sino que el cuadro viene ser el sentimiento mismo.

Por otra parte, la fidélidad de la artista hacia la naturaleza no se da ya en el orden de la semejanza, sino más bien en la comprensión del orden cíclico que encadena sus sucesivos e inexorables procesos de muerte y renovación, absorción, transformación y germinación, Son en el fondo las ideas que movilizan esta voluntad pictórica, con su tratamiento fuerte de la gama cada vez más vasta y depurada de sus colores.
Hay en esta colección de cuadros de Ana María Rueda algo que como condición previa es uno de los rasgos característicos del arte contemporáneo y que es completamente afín a su devenir: cada cuadro es un proyecto inacabado.

Esos trazos que sugieren lo que pudo ser y no fue, o lo que en otro tiempo habiendo aparecido no es más que sombra y memoria de lo hoy inexistente. Así conjuga el mundo de las realidades y de las apariencias bajo una sola mirada. Esos trazos puestos como esbozos simples y apresurados tienen todo un contenido simbólico, ya como emblema o como prefiguración .

Es evidente que la pintura de Ana María Rueda en nuestro medio aún no ha sido comprendida en su dimensión profunda y total. Se le ha juzgado hasta hoy con una ligereza y una simplificación abrumadoras.

Esta exposición en la Galería Garcés Velásquez pone en claro cómo la tremenda originalidad de su pintura está llevando a la artista a situarse entre los pocos artistas visionarios de la última década del siglo XX.-
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