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| 7/10/1995 12:00:00 AM

PALABRAS MAYORES

Mucho se ha hablado del monumental diccionario de Rufino J. Cuervo, pero poco se conoce su originalidad y su azarosa historia.

AUNQUE PAREZca increíble, las primeras semillas de la industria cervecera nacional tuvieron la misma cuna que el laboratorio del idioma español más importante del mundo. Y es que los pinitos de la producción de esta bebida se fermentaron en la misma casona del tradicional barrio bogotano de La Candelaria, donde un inquieto adorador de las palabras amasó los orígenes del monumental Diccionario de construcción y régimen de la lengua Castellana, que sólo después de un siglo fue concluido.
Esta obra fue concebida a los 20 años por el gran filólogo bogotano Rufino José Cuervo, mientras trataba de combatir por otro lado la bancarrota de su familia a punta de la venta de polas. Cuervo quería hacer un diccionario sin precedentes en la lengua española. No se trataba, como se ha dicho, de una recopilación enciclopédica de todas las posibles voces castizas de la A a la Z. El interés del filólogo fue incluir sólo el repertorio de las palabras fundamentales que organizan estructuralmente la lengua española. La idea era que de cada palabra se describieran funciones, aspectos gramaticales, etimología y múltiples acepciones. Y todo esto fundamentado en ejemplos extractados de grandes obras del idioma español, como Don Quijote de la Mancha, donde la lengua viva está en su momento más pleno.
Cuando Cuervo, después de vender su cervecería salió de Colombia en 1882 con destino a París, llevaba ya en su equipaje una gran cantidad de fichas con anotaciones y ejemplos de la lengua castellana. Sin embargo, la que prometía ser la gran obra de su vida y que causo una gran expectativa en la comunidad filológica de la época, nunca fue concluida.
Sólo dos tomos se editaron en vida del investigador, el último de los cuales se publicó en 1893, 18 años antes de su muerte.
El porqué Cuervo abandonó la investigación a la que le había dedicado sus mejores años sigue siendo un misterio alrededor del cual se han tejido muchas especulaciones. Algunos mencionan sus problemas de salud, la aflicción que le produjo la muerte de Angel Cuervo, hermano y compañero inseparable; y también se habla de los exorbitantes gastos que esta obra demandaba y sobre todo de la dificultad de que un hombre sólo pudiera coronar tan titánica empresa.
Después de su muerte, el diccionario quedó como una magistral idea inconclusa que sólo abarcaba las palabras de la A a la D. Pero aunque muchas veces se trató de reemprender esta aventura lexicográfica, no se tuvo mucha suerte. Uno de los pasos más firmes fue la creación del Instituto Caro y Cuervo, que tenía entre sus tareas la de reemprender las investigaciones del diccionario. Pero no había personas con la suficiente preparación para hacerlo y una colaboración con eruditos españoles naufragó.
Sin embargo, en 1992, durante la celebración del Quinto Centenario del Descubrimiento de América, la empresa privada y el gobierno le dieron el impulso económico que hizo posible que hace unas semanas se entregaran los ocho tomos de esta obra histórica. Los realizadores de las monografías de estos últimos tomos son en su mayoría egresados del seminario Andrés Bello, una dependencia del mismo instituto.
Ahora, después de 123 años, la obra está al alcance del público, y aunque añade autores tan contemporáneos como Borges y Gabriel García Márquez al plan inicial, conserva sin embargo el espíritu universal del genial filólogo Rufino José Cuervo, que por fin podrá este año descansar en paz.
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