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| 4/29/2016 9:42:00 PM

La historia de la periodista que conoció a su padre a los 30 años

Un accidente, una madre desalmada, un padre ausente y el reencuentro de dos adultos para perdonar las ausencias, es lo que narra la novela de Paola Guevara, que se lanzó en la Feria del Libro.

La periodista Paola Guevara, actual editora de cultura del diario El País de Cali, estaba una mañana en su trabajo cuando recibió un mensaje de Alma (el personaje que en la novela representa a su madre), que decía “Fernando Lince vive en Cali y quiere conocerte. Acabo de darle tu número. Te va a llamar”. Ella había pasado 34 años preguntándose sobre quién era su verdadero padre, y, de repente, el mensaje de texto lo revelaba. “Mi padre y otros accidentes”, cuenta la historia personal de cómo la periodista conoció a su padre, Fernando Lince (el personaje que representa al verdadero padre en la novela), un piloto de avión que luego de un accidente quedó con el cuerpo destruido y el corazón deshecho, pero que el encuentro con su hija le alimentó sus ganas de vivir.

Por qué leer esta historia se resume en dos párrafos de una anécdota: “Cuando mi padre se accidentó –cuenta Paola- estaba totalmente roto, quemado. Tenían que ponerle morfina para poderlo operar, porque era supremamente doloroso el proceso de quitarle piel y huesos de un lado, para ponérselos en otro, y reconstruirle el cuerpo. La morfina es una droga muy fuerte que lo obligaba a unos viajes mentales inmensos. Estando con el cuerpo semidestruido él pensó: ‘ya tengo mi cuerpo desecho, lo único que me queda es mi mente, y si la pierdo, a causa de una adicción a la morfina, no voy a tener ni cuerpo ni mente’. Entonces pactó con los médicos hacer las cirugías sin morfina. Él aprendió a meditar y cuando lo operaban entraba en una meditación profunda que lo llevaba a transportarse a un lugar secreto de su mente, donde el dolor físico desaparecía.

En uno de esos viajes, al interior de su mente, él soñó que tenía una hija, pero era una hija venida de otro planeta, que tenía un solo ojo en la frente. Esa hija traía un mensaje para la humanidad y él debía acompañarla a transmitirlo. La niña creció y muy pronto se volvió una mujer adulta, le quedaba poco tiempo en la tierra para entregar ese mensaje, entonces él la acompañó ante auditorios, cámaras y micrófonos.

Ahora, luego de haber publicado el libro, mi recién conocido padre me dijo ‘yo siempre creí que eso era un sueño, pero no, era más que eso, porque esa hija eras tú. Yo sí me iba a encontrar una hija que traía un mensaje al mundo y yo tenía que acompañarla a darlo’”.

Semana.com: ¿Y cuál es ese mensaje?

Paola Guevara: Esa es solo una anécdota de mi padre, pero el libro sí trae un mensaje que dice: todos cabemos en esta historia. América Latina es un continente de padres ausentes y madres solteras. Pero nos han enseñado que esas historias familiares no pueden contarse, que los trapos sucios se lavan en casa, que de las tragedias familiares no se habla. Entonces las personas creemos que esos dramas solo nos pasan a nosotras mismos. Sin embargo, al novelar mi historia personal, me han llegado muchas cartas de personas que han leído la novela y me dicen: ‘yo tampoco tuve padre’, ‘yo también tuve una mamá que me lastimó’, ‘tu historia es la mía’. Ese es el mensaje: que hay que romper esos secretos, para empoderarnos de nuestras historias.

Semana.com: ¿Y por qué hacerlo mediante una novela?

P.G.:Es necesario ponerle palabras a los secretos, no creo que todo se tenga que pintar en forma de novela, pero esa fue la herramienta que yo –que soy periodista y escribo todos los días de mi vida- elegí para contar una historia tan íntima. La novela me permitió hacer una reescritura de mis emociones y obtener la libertad que solo la literatura puede darle a un autor y a un lector.

Semana.com: Si es una historia personal, ¿por qué nunca menciona su nombre en el libro?

P.G.:Fue un ejercicio catártico, pero no deja de ser una novela, una historia verdadera vuelta ficción. No menciono mi nombre porque cuando creé ese personaje de la narradora, este tomó vida propia, dejé de ser yo y pasó a ser una narradora a que le negaron el derecho al nombre, que le negaron a su padre, como a millones de personas. No me nombro porque en esa ficción de la narradora sin nombre cabemos todos aquellos a quienes nos han usurpado la identidad.

Semana.com: ¿Se refiere a quienes han vivido con madres solteras y padres ausentes?

P.G: Esta novela habla de que somos una sociedad rota, que se pregunta sobre la búsqueda de la identidad, sobre la magia de los encuentros y sobre las segundas oportunidades.

Semana.com: ¿Y cómo interpretar a los padres ausentes en la mayoría de familias?

P.G:Nos hemos habituado a frases de suprema violencia simbólica como: madre es madre y padre es cualquiera. En la novela exploro por qué la sociedad se da el lujo de creer que el padre es amputable o extirpable de la vida de los hijos y cómo eso puede hacer que seamos una sociedad incompleta.

Semana.com: Pero también habla del encuentro y de las decisiones…

P.G.: Cada uno decide cómo cuenta su historia, puede hacerlo en clave de drama o en clave de reinvención de sí mismo. Sí, yo fui desarraigada del padre, de la madre, del nombre, sin embargo, decidí buscar los eslabones que faltaban para saber quién era. Finalmente lo único que poseemos son nuestras historias y tenemos derecho a empoderarnos de ellas, y, para mí, la forma de empoderarme fue contándola.

Semana.com: ¿Cuál fue el principal reto de escribir una historia personal?

P.G.:La mayor dificultad fue el capítulo en el que la protagonista se da cuenta de que ha sido engañada toda su vida. Porque esa parte del libro es un enfrentamiento emocional muy violento entre madre e hija. Ese capítulo me costó recuerdos horrorosos y mucho llanto. Pero entendí que fue como hacer fisioterapia para el alma, como cuando tienes una fractura y le exiges al hueso que sane.

Semana.com: ¿Esta novela les permite a los lectores saber que pueden renacer de sus traumas?

P.G.:Yo siento que tengo seis meses de nacida. Me siento nueva. A mi padre lo conocí hace cuatro años y en ese tiempo he conocido 95 nuevos familiares. Con la novela me di cuenta de que todos podemos reescribir nuestra historia y reescribirla es la clave del empoderamiento, y más en este país de tanta guerra, tantas víctimas, tanto dolor: todos pueden rebelarse sobre ese destino y decidir qué quieren ser, inventarse a sí mismos e inventar caminos donde no los hay.

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