Viernes, 20 de enero de 2017

| 2003/06/09 00:00

Para que baile la mente

El grupo Planeta Rica, de Medellín, lanza un álbum muy estético e inventa un concepto: la música 'psicotropical'.

Supongamos por un instante que existe un género llamado "rock colombiano". Y no es que esté negando los múltiples esfuerzos que se han hecho en suelo patrio por acercarse a este lenguaje (comenzando quizá por el primer long-play de los Speakers en 1965), sino que "rock" es una palabra que renueva su significado con cada generación y "colombiano" un concepto aún más plural.

¿Qué es, entonces, lo colombiano en el rock? Para los Aterciopelados fue la apropiación de ciertos dejos idiomáticos y estructuras de la música de carrilera. En su álbum La pipa de la paz ensayaron también con el joropo, y el resultado es aún más interesante. En cambio, para el ya desaparecido Bloque de Búsqueda, lo colombiano debía encontrarse en el folclor de las costas.

Ha pasado una década desde entonces y el rock hecho en Colombia vuelve a cambiar. Allí donde antes uno alcanzaba a percibir borrosos ecos de La cuchilla o de Josefa Matía, ahora queda un sonido primariamente electrónico. La tendencia no es ya la de amalgamar algo nacional con algo foráneo, sino la de atiborrar un computador con múltiples sonidos de cualquier procedencia: las fronteras se hacen cada vez más inciertas.

El grupo Planeta Rica ha encarado este ejercicio y ha salido con un álbum altamente estético. Aquí se oyen instantes de bossa nova, guitarras muy sueltas, un piano que recuerda a Charlie Palmieri y algunos sonidos de series de televisión de los años 70. Todas estas cosas van desfilando sin un orden muy claro, pero encuentran su lugar justo en el sonido global del disco: un poco como los sueños, que son una mezcolanza de recuerdos y deseos vertidos en una misma expresión.

Quizás es por eso que el álbum se escucha fácilmente de un tirón. Al encontrarse uno en un paisaje sonoro donde todo es posible, jamás habrá sobresaltos. De subida fue grabado en una finca en las afueras de Medellín y esa actitud contemplativa (a veces con cierta ironía que asoma en las letras) es la que se respira todo el tiempo. Hay recursos electrónicos pero están usados de manera orgánica. La percusión no es impositiva sino sugerente. Incluso al final suena una pieza atmosférica de 13 minutos en la que el ritmo no lo marca un tambor sino el canto de un grillo.

Yo he hablado de un disco onírico; los integrantes de Planeta Rica prefieren un término más divertido: dicen que su estilo es "psicotropical" y no se molestan en definirlo con más rigor. Acaso se refieran a una música que hace bailar a la mente, y entonces no estén tan lejanas ambas apreciaciones.

Supongamos que existe algo llamado "rock colombiano". Su historia recordaría, sin duda, aquellas veladas de creación del disco De subida en medio de grillos y briznas de hierba fresca: un álbum que extrañamente resultó ser a la vez electrónico y bucólico. Un trabajo limpio y alejado del mundanal ruido, con una interpretación tan relajada que a veces peca por perezosa.

No es, por ende, un disco que requiriera previas investigaciones folclóricas. Parece más bien el producto de una excursión interna y la muestra de todo que allí se halló: retazos de conversaciones, de cuentos escuchados, de memorias feroces y de anhelos truncos. Pero allí también puede encontrarse la idiosincrasia. Un chamán mexicano que se gana la vida tocando la guitarra eléctrica me dijo una vez: "Tú terminas dándote cuenta de que adentro es lo mismo que afuera".

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