Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2001/01/08 00:00

Para las masas

El cuarteto femenino Bond planea llevar la música de cámara al amplio mundo de los estadios.

Para las masas

Cómo hacer para que la llamada música clásica llegue cada vez a más oídos? La pregunta desvela más a los representantes de la industria del espectáculo que a los mismos músicos. De alguna manera, ha dicho el musicólogo Charles Rosen, hacer masiva la música clásica es una gran contradicción, ya que la intención original de muchas de estas piezas era la de ser apreciadas por pocas personas, no más de las que cabían en el salón de algún palacio. Pero en tiempos en que los criterios de mercadeo prevalecen sobre los históricos, se ha visto, por ejemplo, que la actuación de tres tenores es capaz de llenar un estadio.

Ahora, para ahondar en las contradicciones musicales, el turno le corresponde a la llamada música de cámara: un repertorio que no requiere siquiera una orquesta sinfónica sino apenas un puñado de músicos.

Pero mientras sobre el escenario basta con pocos instrumentistas el negocio del espectáculo quiere que esta música sea escuchada por hordas inconmensurables. La fórmula acaba de ser inventada, y se llama Bond.

Ya desde la carátula y las fotos promocionales del grupo se adivina lo que se va a escuchar. Cuatro mujeres de figura escultural invitan al oyente a acercarse sin temor a la música de cámara. Y si su imagen no es lo suficientemente atractiva la música ha sido aligerada con el aditamento de ritmos programados y otros efectos de sonido. Lo cual, han hecho notar los más ortodoxos, vuelve a plantear una oposición entre la intención original de esta música y la manera como ahora se exhibe. Recrear este mismo sonido sobre el escenario requiere ya no sólo del clásico cuarteto de cuerdas (dos violines, una viola y un violoncello) sino de una descomunal parafernalia de sintetizadores e instrumentos eléctricos.

Pero como se trata más de un producto comercial que de una aproximación formal a la música clásica, hay que hablar de los resultados financieros.

Antes de que saliera publicado el álbum, hace unas semanas, la casa disquera recibió solicitudes anticipadas de ventas por cerca de 100.000 copias. Las chicas de Bond le han impreso a la música clásica un nuevo glamour, no ya en el sentido de un arte elitista sino como algo más parecido a lo que suele verse en las pasarelas del mundo de la moda.

Sin embargo, a pesar de las detracciones, habría que aceptar cierto mérito de este tipo de proyectos sonoros. Para muchas personas la escucha de música estilizada significó un primer acercamiento a un repertorio más profundo. Aunque hoy se sonrojen y se nieguen a aceptarlo, muchos de quienes hoy se precian de ser grandes conocedores de música clásica escucharon por primera vez Para Elisa de Beethoven en la versión edulcorada de Richard Clayderman.

En ese sentido la importancia del fenómeno Bond no estaría dada en los miles de dólares que generen sus movimientos sensuales o sus miradas sugestivas mientras despachan su repertorio. Su importancia, más bien, consiste en generar curiosidad y acercar por vez primera a un grueso del público a los cuartetos de Mozart o de Boccherini, y en general al sutil encanto de la música de cámara.

Por lo pronto, un gesto de la audiencia que presenció su primera actuación en el Royal Albert Hall de Londres puede ser un buen augurio. Justo en la mitad del concierto las cuatro chicas prescindieron de todo acompañamiento eléctrico y brindaron, de la manera más sencilla y convencional, un arreglo para cuarteto de cuerdas de una de las Rapsodias de Liszt. La pieza terminó siendo la más aplaudida de todo el recital. Y cabe anotar que el público del Royal Albert Hall no es, lo que se dice, ortodoxo: por ese escenario han pasado espectáculos que van desde la soprano Kiri Te Kanawa hasta el grupo de rock Spinal Tap. Eso sin contar varias temporadas de baloncesto.

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