Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2001/06/18 00:00

Para recordar

Este nuevo disco de la pianista Teresita Gómez es el testimonio de su talento pero, sobre todo, de una carrera que se debate entre el cielo y el infierno.

Para recordar

Que Teresita Gómez haya conseguido un nombre en Colombia es poco menos que un milagro. Porque si a alguien se le puede dar el título de luchadora es a ella que, en un país soterradamente machista y racista, ha construido a pulso limpio su carrera de pianista: “En mí se confunden dos cosas: ser mujer y además negra”, confesó hace unos años.

Su vida, por igual, se debate entre el cielo y el infierno. Abandonada por sus padres fue adoptada por los porteros del Instituto de Bellas Artes de Medellín. Allí, a hurtadillas, aprendió a tocar el piano repitiendo en las noches eso que los profesores enseñaban en las clases de rutina. Un día la sorprendieron: “¡La negra está tocando!”, fue el grito de sorpresa de Martha Agudelo, quien se convirtió en su primera maestra.

Entre ese grito y la aparición de esta nueva grabación de la Universidad de Antioquia se encierra buena parte de su vida, ovacionada por el público de los grandes teatros y también por el de uno que otro ‘rumbeadero’ donde ha organizado recitales con obras de Chopin; detenida en los años del Estatuto de Seguridad como sospechosa de actividades ilegales fue nombrada por el presidente Belisario Betancur en la embajada en Alemania y llegó incluso a tocar en la Sala Chopin de Varsovia para luego, a su regreso al país, resultar sutilmente vetada por el establecimiento musical.

Ya desde esos años de infancia Teresa ha aprendido a convivir en ese medio enrarecido —el de la llamada música clásica— que de pronto la cubre de adulaciones a la vez que con refinamiento le cierra elegantemente las puertas. Bastaría mirar cómo en los últimos años su nombre ha sido casi olímpicamente ignorado en la programación de orquestas profesionales y grandes salas de concierto.

En eso hay una gran dosis de injusticia porque, al fin y al cabo, haciendo de lado las anécdotas que llenan su vida, hay que convenir en que se trata de la pianista más descomunalmente talentosa que ha producido el país.

En 1996 la Universidad de Antioquia lanzó un primer compacto que recogió uno de los pilares de su repertorio: música colombiana con obras de Luis A. Calvo, Carlos Vieco y Adolfo Mejía, entre otros. Fue el testimonio de la mujer que toca apasionadamente con el corazón, con un sonido muy directo, extroversión en el manejo de los ritmos y una auténtica explosión de emotividad.

Este que aparece ahora es bien interesante porque, al igual que el primero, reúne compositores colombianos. Pero en la estética y en el contenido emotivo se sitúa en la otra orilla. Los separan cuatro años pero parece que hay toda una vida. La Teresita Gómez de esta nueva grabación no pierde las cualidades de su pianismo: ni en calidad del sonido, ni en control de los pedales, ni en la limpieza de la digitación. Pero aparece un nuevo elemento en la manera de abordar la música, y es una especie de honda reflexión sobre el asunto musical, que se evidencia en una nueva elegancia al frasear, en sutilezas de los ataques que permiten descubrir filigranas de armonía que revelan facetas melódicas hasta la fecha desconocidas en obras de Calvo, de Vieco, de Mejía, de Morales Pino y de nuevos compositores que agrega a su repertorio, como Jorge A. Arbeláez, Francisco Cristancho y Luis de Zulategui. La expresión es ahora más elaborada y nada es evidente.

No es un asunto para pasar por alto y tiene explicación. Es que esta nueva faceta de la pianista, negra y luchadora, llega al público luego de la dolorosa experiencia de haber enterrado a su hijo Vladimir, más sobrecogedora que haber luchado contra el machismo y el racismo. Y eso aparece en la obra de arte que es este nuevo disco.

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