Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2001/09/10 00:00

Paraíso travel: ¿literatura o folletín?

La tan esperada novela de Jorge Franco después de Rosario Tijeras: una decepción.

Paraíso travel: ¿literatura o folletín?

Jorge Franco
Paraiso travel
Seix Barral, 2001
242 paginas

Un hombre y una mujer se separan en el primer capítulo. El resto de la obra consiste en esperar el momento en que volverán a reunirse: así es el modelo con el cual trabajan las telenovelas y las películas comerciales. Y así es la estructura de la última novela de Jorge Franco, Paraíso travel.

“¡No salgas, Marlon!”, le grita Reina. Marlon y Reina son una pareja de colombianos que acaban de llegar a Nueva York. Están en un cuartucho miserable, solos, cansados, llenos de esperanzas. Han gastado hasta la última moneda tratando infructuosamente de comunicarse con Gloria, la prima de Reina, la única persona que conocían. No tienen salida. Por eso Marlon ha decidido salir a la calle, para pensar un poco, para fumarse un cigarrillo. “Muchacho no salgas, le grita mamá...”. Reina tenía razón: al arrojar la colilla del cigarrillo fue llamado por un policía y dada su condición de ilegal tuvo que correr y correr y correr y —a diferencia de los astutos Hansel y Gretel— ya nunca más encontrará el camino de regreso a casa. Ha perdido a su Reina para siempre.

Pero no es grave. Como en los culebrones, estamos seguros de que no es cierto. Al final, no hay duda, los dos enamorados luego de pasar por innumerables obstáculos y ser tentados por otros amores, volverán a encontrarse de nuevo. Tal es el juego, la promesa tácita que los hábiles libretistas ofrecen a cambio de la fidelidad del espectador y que Jorge Franco va a seguir con una ligera modificación. La ventaja en Paraíso travel es que el anhelado encuentro no tardará dos largos años y enormes cantidades de pauta publicitaria, sino apenas 242 rápidas y eficaces páginas, en capítulos muy breves.

Del encuentro entre Marlon y Reina depende todo el libro. Sin embargo, no tendremos el consabido abrazo con violines al fondo. Habrá otro imprevisto final —mitad trágico, mitad esperanzador— tan forzado, tan poco convincente, que lo lleva a uno a pensar que hubiera sido preferible no salirse del formato convencional del happy end que al fin y al cabo continúa siendo probadamente exitoso. Claro, no podía aplicarse, porque era una novela y no una telenovela; cualquiera notaría la diferencia: las novelas terminan tristes y las telenovelas no. Aunque un poco tarde, Jorge Franco se acordó que no estaba escribiendo un libreto para televisión.

La novela, desde que nació, ha sido un género bastardo. Acepta lo prosaico, lo popular, lo impuro; no riñe con el melodrama. Crimen y castigo es una noticia de página roja; Alejandro Dumas es folletinesco; Manuel Puig edificó su obra a partir de la cursilería; Charles Dickens escribió novelas por entregas: cuentan que grandes multitudes salían al puerto de Nueva York para averiguar por la suerte de la pequeña Nell. Si la técnica del folletín sirve para atraer a los lectores, bienvenida. Pero es evidente que ninguno de los autores mencionados se quedaron en los estereotipos, que de alguna manera los trascendieron e hicieron una propuesta diferente por la que hoy en día son recordados.

Paraíso travel, en cambio, se agota con la primera lectura. La estrategia narrativa de mantener al lector en vilo hasta la última página no es, lamentablemente, el pretexto para plantear algo original, inquietante o que ofrezca una mirada diferente del mundo. Que este país es horrible, que los colombianos pobres se van a Estados Unidos por el hueco, que allí los explotan, que el sueño americano es una quimera: ya lo sabíamos.

Fui un entusiasta lector y defensor de Rosario Tijeras desde que leí sus dos primeros capítulos como jurado de una beca de creación patrocinada por Colcultura. Pero, desafortunadamente, creo que en esta novela a Jorge Franco le pasó lo peor que le puede pasar a un artista luego de haber obtenido un gran éxito: querer repetirlo, tener miedo a perder los halagos del público, traicionarse. “Sé fiel a ti mismo”, dice el epígrafe de El perseguidor, un cuento sobre un músico de jazz que nunca renuncia a buscar su verdad.

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