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| 10/6/1986 12:00:00 AM

"PARIS NO HACE MEJOR A NADIE"

Luis Caballero, toda su vida artística en Paris, expone en Colombia tras siete años de no hacerlo y rompe con lo que estaba logrando: la perfección de forma

Ha vuelto a Colombia a exponer y exponerse, después de siete años de no hacerlo aquí y sí en la galería que lo representa en Bélgica, en la Feria Internacional de Arte Contemporáneo (FIAC), en la Galería Albert Loeb en París en noviembre del año pasado. Pero a Colombia le ha reservado la ruptura.
Luis Caballero expone en la Galería Garcés Velásquez desde el sábado 6 de septiembre, enormes dibujos hechos con pincel grueso, óleo negro sobre papel: se trata de hacerlos rápidos, sin preparación, "al vivo" con el modelo allí y con el máximo de exigencia para una mano y una línea que en el caso Luis Caballero ha refinado por más de veinte años con sanguinas, carboncillones, plumilla, lápiz y pincel.

En esta muestra de Bogotá exhibe además tres óleos y 20 dibujos al carboncillo y a la sanguina, donde recuerda sus elaboradas obras anteriores, sus composiciones perfectas como ecuaciones, casi matemáticas donde el cuerpo era ya un pretexto frío para mostrar fuerias y líneas en tensión en un espacio determinado.
En cambio, en los nuevos dibujos al óleo sobre papel, él corre todos los riesgos, se enfrenta con una línea vibrante y directa a un modelo vivo sin poder dudar ni premeditar.

A él, que comenzaban a clasificarlo como maestro del oficio de pintar, este regreso a lo más primitivo es una renuncia a la fórmula perfeccionada que siempre lo ha hecho exitoso entre el público--compradores y observadores--que lo "capta" y siente una emoción estética al mirar sus obras.
Ahora les será más dificil aceptar este aparente "desgarbo", pero sus detractores no podrán negar que renunció a la facilidad que había alcanzado, haciendo obras "clásicas" en el sentido de que llegan al gusto y la percepción casi universales.

Luis Caballero vino a exponer y exponerse porque Editorial La Rosa de Bogotá ha publicado unas extensas conversaciones que él tuvo en Paris con el periodista José Hernández, hace dos años, sobre temas tan variados como las letras del alfabeto, con fotografías de Felipe Ferré, un buen profesional colombiano que también trabaja en París, y el prólogo de lo que Marta Traba había escrito sobre Luis Caballero antes de morir, señalándolo desde un principio en los años 60, como figura importante en esos albores de arte "contemporáneo colombiano" .

Al hablar, Luis Caballero busca como al pintar, dejarse ir hasta encontrarse a sí mismo en situaciones donde se sorprende como es y no como quiere ser, con la inteligente presencia del entrevistador-testigo, José Hernández, que se hace casi invisible para que aparezca el personaje en toda su franqueza, en conmovedora desnudez, como pasa en sus cuadros.
"Me tocó ser así", es el nombre de ese libro en el que Luis Caballero ha sido retratado de la A a la Z en su ancho desparpajo, su largo conocimiento y su hondo despojamiento de toda pretensión. Batalla que todos los Hay que mirarlo de frente porque puede sostener con los ojos lo que desmiente su boca. Su humor de regadera, que apunta hacia distintos blancos, hay que apararlo con rapidez antes de que se oculte como su sonrisa tras el bigote, rasgo latino que años en París no han podido quitar. Como tampoco la adultez de los 43 años ha vencido sus bluejeans, todo lo cual, sumado a un cuidado despeine, le da un aire de muchacho rebelde.

La conversación llega a puntos más hondos despues de haber tratado de huir varias veces tras cafe, cigarrillos o para ver cómo se ven colgados sus cuadros.
Hasta que cede al fin y suelta cáda tema para preguntar en cada punto aparte: "¿Y no va muy largo esto?"
SEMANA: Comencemos por el cambio de su pintura. ¿Cuándo y cómo sucedió?
LUIS CABALLERO: Los óleos grandes de mi última exposición en París eran demasiado formalistas llegando casi hasta lo abstracto: tres o cuatro líneas casi como Mondrian.
Había un exceso de estudio en las formas, en la materia, en la textura.
Eran cuadros muy fríos y sentí la necesidad de ser más vital, más directo.
Ahí empecé a hacer dibujos grandes al óleo con brocha, directo, con modelo, para trabajar a prisa, sin detenerme en maricadas. El modelo ahí parado o acostado --que se cansaba--, me hacía pintar más impulsivamente, en una pintura más intuitiva, menos preparada y menos amanerada, porque estaba llegando en lo anterior al manieriesmo.

S.: En su libro "Me tocó ser así" hay un fragmento de su caligrafía. ¿Es que también escribe?
L.C.: No, ¿otro más? En mi casa ya hay demasiados que escriben. Además cuando lo hago tomo un tono ligeramente pomposo y solemne, insoportable. Cuando necesito escribir algo, le pido a Antonio, mi hermano, que lo escriba y le pago. Hace como tres años tenía con Alonso Garcés un proyecto de libro como este que salió y le pedí a Antonio que escribiera algo sobre mí y le pagué por adelantado el equivalente a varios cuadros y cuando me lo entregó eran cincuenta páginas hablando mal de mí. No se pudo hacer entonces, porque yo no iba a publicar eso en contra mía y además pagarlo. Ya no se puede confiar ni en la familia...
Antonio decía que todas las declaraciones que yo doy son mentiras, que mi pintura es mentirosa... y él siempre tiene la razón, es tan inteligente...

S.: Hablemos de Antonio y Luis Caballero. ¿Cómo fue la repartición de virtudes y defectos entre ustedes?
L.C.: Las virtudes y defectos van cambiando con el tiempo. En pintura Antonio era mucho más hábil que yo.
Cuando pintábamos de chiquitos, él hacía figuras y yo paisajes, que era mucho más fácil. Yo quería ser mejor que él y por eso me tocó seguir pintando toda la vida. Antes pintaba paisajes para que no se viera la diferencia y no se notara que yo era el malo. Me tocó ser pintor porque yo no sabía hacer nada mas.

S.: ¿Cómo fue la decisión de hacer se pintor?
L.C.: Terminé sexto pensando que iba a hacer arquitectura o pintura, pero me pareció que la primera tenía muchas matemáticas. Así, con una especie de fatalismo dije: lancémonos a la pintura. Me sentía fuerte para llegar a ser el mejor, con seguridad en mí mismo. A los 16 años se tiene la seguridad del necio o del ignorante. A esa edad uno se imagina por pintura la vida del artista, la libertad de una vida sin compromisos ni sociales ni económicos. Después se da uno cuenta de que son tan importantes para el pintor como para cualquier otra profesión. Pensaba que así se podía vivir y trabajar solo; desde un punto de vista eso es verdad y desde otro es falso. El mundo del arte es duro, es un mundo complicado donde intervienen los contactos, las envidias, las intrigas, los odios.

S.: ¿Y cuándo comenzó a pasar bien usted?
L.C.: A los treinta, cuando me separé... (se ríe) No, mejor a los 22 cuando me fui a vivir solo. Porque la infancia es espantosa...

S.: ¿Cuándo descubrió que era artista?
L.C.: Eso no se descubre de una vez y cada vez se tienen más dudas.
Cada vez estoy más seguro de que soy un pintor y de que me gusta pintar, pero hay muchos pintores buenos que nunca llegan a ser artistas. Eso sólo pueden decirlo el tiempo y la historia.
No he buscado en mi caso llegar a ser artista, más bien he tratado de pintar honestamente, cada vez mejor. Uno no puede tratar de ser artista, eso llega, como el Espíritu Santo. Es ridículo, tantos pintores que pretenden ser artistas antes de saber pintar.

S.: Ya que entra en el terreno de la crítica, ¿qué opina del arte actual colombiano y de su critica?
L.C.: Yo le decía en París a un critico de arte colombiano que es increíble que no digan cosas duras sobre exposiciones cuando es necesario para el bien del arte y del artista.
La crítica aqui se ha vuelto sólo elogios. Habría que hablar mal cuando las exposiciones son malas y decir por qué. Es necesario que haya muchos criticos con talento defendiendo cosas distintas, pero cada vez hay menos critica.

S.: ¿ Y eso no es un reflejo de que el arte es cada vez más comercial aquí?
L.C.: Sí, el arte se ha vuelto excesivamente comercial. Hay pintores en Colombia con unos precios tan exorbitantes, tan por encima de sus cualidades y de la reputación que debieran tener, que eso es dañino no sólo para el arte y para el mercado del arte sino para el público porque le crea confusión. Hay pintores respetables y otros que no lo son y no hay crítica que diga eso, por eso está confusa la gente que se interesa por el tema. Los libros de arte, que salen tanto ahora, nadie se los lee, porque son monografías sobre artistas recientes con textos que, o son explicación de la obra que uno ve y por eso sobran, o son elucubraciones poéticas de un escritor que nada tienen que ver con la obra.

S.: ¿ Y el libro suyo sí se lee?
L.C.: Quisiera que el mío sí se leyera un poquito porque todavía no estoy completamente seguro de mis imágenes. Mis cuadros necesitan un poquito de explicación para ser apreciados. Espero que en un futuro próximo las imágenes sean tan fuertes que no necesiten ninguna explicación.

S.: ¿Eso es lo que está buscando ahora?
L.C.: Busco imágenes fuertes y dominar completamente el oficio de la pintura. Por el otro lado, busco ser completamente honesto cuando pinto, lo cual es difícil porque uno siempre tiene una serie de pretensiones extrapictóricas de las que es difícil liberarse. Hay que llegar a convencerse que lo importante no es la imagen que uno se hace de sí mismo sino lo que de verdad es uno mismo; a no despreciar emociones que pueden parecer chiquitas o excesivamente personales, pero que son las que de, verdad a uno le importan y pueden producir una obra importante.
S.: ¿Es muy grande su mundo interior?
L.C.: No tengo mundo interior. Yo cierro los ojos y veo un hueco negro.
No tengo sentimientos; mi trabajo en realidad es tratar de producir sentimientos en mí mismo para darles una imagen. Me fuerzo a tener sentimientos y emociones para producir imágenes emocionales. Quienes están fuera del oficio creen que los pintores tienen la cabeza llena de imágenes, pero no, esos son los h¿ppies en un viaje de ácido. Lo que uno tiene son imágenes que ha querido representar en un esfuerzo de voluntad, en las que intervienen no sólo los sueños sino, y sobre todo, la razón.

S.: París es otro tema. ¿Cómo ve a los pintores jóvenes que van buscando fortuna?
L.C.: Es horrible, ahora llegan dos pintores por semana y eso no lo para nadie. El hecho de que yo viva en París viene del azar de haber estudiado pintura allí cuando mi papá era embajador en la Unesco, y volví allá casado con una gringa que no quería vivir en Bogotá sino allí donde la había conocido... París no es especialmente importante para los jóvenes: no por el estudio, porque son malas las escuelas, ni para el profesional joven porque ya no tiene la vitalidad artística que tuvo hace 50 años. Para alguien que todavía esté formándose no hay el fermento artístico e intelectual que tuvo en otro tiempo. Es una ciudad agradable para vivir para gente que ya sabe lo que quiere hacer y quiere dedicarse a hacer su obra. Me parece a mí que el quietismo parisino pesa ahora sobre los pintores jóvenes que llegan y los pone en un plan de producción más que de búsqueda que era lo que debieran hacer. París se ha vuelto además en Colombia un mito para los artistas jóvenes colombianos que viven allá, de manera completamente injusta con los artistas jóvenes que viven en otras ciudades del mundo y sobre todo en Colombia. Me parece que hay más búsqueda y más juventud y vitalidad entre los jóvenes artistas que viven aquí que entre los que viven en París que tienen todos un tic profesional y se están madurando biches, produciendo cuadros para un mercado, en vez de estar buscando y buscándose. Por el hecho de vivir en París nadie es mejor.

S.: En su propio caso, ¿cómo nutre usted su pintura?
L. C.: Mi pintura es personal y autobiográfica, se nutre de mí mismo, me pinto a mí mismo. Tengo que estar al acecho de mis emociones para poder transformarlas en cuadros y unas y otros se mezclan y acaban confundiéndose y llega un momento en que mi vida sigue mis cuadros en vez de lo contrario. Hay pintores que tienen un mundo interior mucho más extenso, tal vez porque su pintura está más desligada de su vida, como es el caso de Botero, que pinta de todo y hace de todo con una vitalidad y creatividad sorprendentes, cosa que yo no podría, porque mi pintura es mucho mas íntima. Hay momentos de sequedad espiritual, como dice Santa Teresa, pero terminan por pasar. No hay que sentarse a esperar la musa: hay que buscarla. Yo trabajo con modelo todos los días, dibujando tontamente hasta que algo sucede. Puede venir de mí, de la circunstancia, del modelo, y produce nuevos dibujos.
Pero uno sentado, esperando la musa, ésta no llega.

S.: ¿En qué consiste el dominio del oficio al que quiere llegar y cuáles las pretensiones de las que se quiere despojar?
L.C.: Dominio del oficio hasta llegar un momento en que ya no sea un esfuerzo, no haya trabas materiales para lo que uno esté realizando. Debe llegar un momento en que la cabeza y la mano actúen al tiempo y en armonía: porque si la cabeza va más aprisa, el cuadro queda malo y si la mano va más aprisa, queda malísimo... De las pretensiones: uno siempre se cree más de lo que uno es. Está bien el querer ir más lejos y querer ser más pero uno debe llegar a conocerse lo suficiente, no sólo desde el punto de vista sicológico, sino conocerse en sus limitaciones para poder producir una obra de verdad sincera y por lo tanto conmovedora. Uno no debe querer, por ejemplo, ser un pintor de batallas, cuando uno podría ser un buen retratista. Pasa a menudo que uno se equivoca... ¿Se imagina una novela gorda escrita por Borges? El comprendió que su talento estaba en los relatos cortos. Creo que muchas veces he pecado por exceso de ambición.
Tal vez mis cuadros sean mejores cuando en vez de pintar héroes pinte seres humanos, que es lo que de verdad me emociona.
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