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| 9/21/2013 12:00:00 AM

Parricidio frente al mar

En su más reciente novela, ‘Temporal’, el escritor Tomás González cuenta una historia de odio entre un padre y un hijo.

TEMPORAL
Tomás González
Alfaguara, 2013
147 páginas

Arquíloco, el poeta griego de la antigüedad, dijo: “Muchas cosas sabe la zorra, pero el erizo sabe una sola y grande”. Este símil del erizo y la zorra fue retomado por el filósofo político Isaiah Berlin para clasificar a los pensadores y a los artistas. Según Berlin, unos tienen una visión dispersa y múltiple de la realidad; otros, una sistematizada y central. Los primeros estarían en la categoría de ‘zorras’ y en ellos Isaiah Berlin ubica a Shakespeare, Aristóteles, Montaigne, Molière, Goethe, Balzac, Joyce.

Los segundos son los ‘erizos’: Dante, Platón, Hegel, Dostoievski, Nietzsche y Proust. 
Pues bien, me apoyo en la genérica pero bastante útil clasificación de Isaiah Berlin para decir que el escritor Tomás González es un ‘erizo’. A lo largo de su obra solo encontramos algunas pocas obsesiones: la vida y la muerte, la oscuridad y la luz, el bien y el mal, la forma y el caos. 

Y unos pocos temas enmarcados siempre en un drama familiar y en la épica degradada de la cultura antioqueña. En Temporal, su última novela, Tomás Gonzalez baraja y reparte de nuevo, pero no hay duda: se trata del mismo juego.

En La luz difícil, su anterior novela que tanto éxito tuvo, habíamos leído una historia de amor filial: la de David, un pintor que se desmorona ante la muerte inminente de su hijo Jacobo, por decisión propia. El amor filial absoluto. En Temporal, asistimos a la otra cara de la moneda: el odio irremediable entre un padre y un hijo: “A pesar del frío de la hora, Mario iba sin camisa. 

El calor del rencor hacia su padre le bastaba”. Por cierto, el pintor David –su alter ego– reaparece aquí como un personaje secundario, reafirmando esa voluntad del autor de construir un territorio literario autónomo, con coordenadas y fronteras precisas. 

En el párrafo inicial ya está planteada la novela. Mario, que odia a su padre, sale a pescar un sábado de madrugada en compañía de este y de Javier, su hermano gemelo. Mario, al igual que Juan Preciado en Pedro Páramo, es un rencor vivo. De eso se trata esta historia. Nada más, nada menos.

Desde la primera frase, está sugerido el drama que nos espera, sin interrupción y sin aliento, a lo largo de 147 páginas. Así son los buenos escritores. No conozco una buena novela que titubee al comienzo y Temporal no es la excepción: es un tren que arranca y del cual no nos podemos bajar hasta llegar al destino final, al cual arribaremos muy pronto: veintidós horas después. 

La novela empieza un sábado a las cuatro de la mañana y termina el domingo siguiente a las seis de la mañana. (Ahí termina la acción, aunque exista un epílogo, escrito un mes después por uno de los personajes). Veintidós horas es un breve lapso, como corresponde a las tragedias que comprimen el tiempo para intensificar el efecto dramático.

Estamos, entonces, ante un señor drama: la inminencia del parricidio. Todo esto en una pequeña lancha, a mar abierto, bajo la amenaza de una tormenta que acecha en el horizonte. Pasiones terribles, pasiones humanas a las cuales le hace eco una naturaleza de connotaciones bíblicas. 

El intenso drama en el mar es interrumpido por el que tiene lugar en tierra. Nora, la esposa y la madre de los gemelos, se ha enloquecido por culpa del machismo feroz del padre, origen de los odios familiares. Los hijos odian al padre por haber enloquecido a la madre, el padre odia a los hijos por no estar a la altura de su espíritu emprendedor, aunque él, con su hotelito de medio pelo en las playas de Tolú sea un triste remedo de una cultura colonizadora.

En su locura la madre escucha voces, los huéspedes del hotel –todos antioqueños– dan sus puntos de vista. El drama en tierra es un coro que, como en las tragedias griegas, ralentiza y comenta la acción, para potenciar el suspenso. 

¿Drama griego? Sí, pero también paisa, coloquial: la narración oscila entre un lenguaje altamente lírico y otro soez, vulgar. No por azar la novela abre con una cita de Arthur Rimbaud y otra de Javier Solís. En medio de los dos, como una afortunada síntesis, aparece ese tono inconfundible y adictivo de Tomás González. 
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