Viernes, 20 de enero de 2017

| 2003/12/21 00:00

Pasión Miami

La televisión colombiana le vendió el alma al gusto latino y perdió la identidad que le abrió puertas en el exterior.

Pasión Miami

El rating 2003 mostro a Pasion de gavilanes y La venganza como los grandes éxitos. Dos telenovelas que renunciaron a ser colombianas y decidieron habitar el gusto Miami. Dos telenovelas que generan poca conversación pública, nivel cero de reflexión social y en un año más nadie recordará. La tendencia televisiva será ¿hacer productos desechables de alto impacto coyuntural?

En la búsqueda de la internacionalización la televisión colombiana lo había hecho de a poco pero bien y con identidad, desde Caballo viejo pasando por los superéxitos de Café, Betty y Pedro. Fuimos reconocidos por ser auténticos, tener historias y personajes locales, tono cotidiano para el lenguaje, cuidar lo visual-narrativo, presentar galanes feos y a heroínas mestizas, representar a mujeres guerreras y hombres tontos.

Pero, en la realidad, somos pobres y sumisos, así que vino un rico que junto a los dólares traía la fórmula del éxito: historias sin referencias sociales; amores extremos e imposibles; conflictos atávicos y morales; galanes tontamente bellos; mujeres estúpidamente sumisas; lenguaje mexicanamente neutro; actuaciones externa y de gritos; realización sin profundidad, luces planas, cámaras no narrativas. En síntesis, ser internacional en telenovelas significaba responder al gusto Miami.

Los creativos colombianos han buscado complacer a los señores del gusto Miami y poco han podido. Todo había sido fracaso ya que ninguna de nuestras telenovelas podía comprender qué querían los señores del billete. Pero hay una excepción: las historias del maestro de suspenso y las pasiones que se llama don Julio Jiménez. Sí, el mismo de La abuela, Caballero de Rauzán, Los cuervos, En cuerpo ajeno, Paquita Gallego. Retomando ideas de don Julio se llegó al primer éxito Amantes del desierto, esa inverosímil historia que impuso un ritmo vertiginoso de conflictos, ya que cada día traía su nuevo monstruo moral y físico. Todo pasa y nada queda.

Con otra idea de don Julio, en la misma velocidad narrativa y en similar anacronía estética apareció la reina de 2003: La venganza. Esta telenovela ya no permitía reír, tampoco sufrir; uno como televidente asistía cada noche a lo más terrible, a lo más mórbido y lúgubre, a la máxima decadencia del odio y la podredumbre moral; los televidentes nos convertimos en alucinados espectadores de la maldad humana; cómplices del patetismo actoral, imposible olvidar ese rostro sin matices siempre al borde de la lágrima de la Spanic; felices feligreses de un lenguaje moralmente inexistente.

Y llegó don Julio en cuerpo propio con su revival de Las aguas mansas. La adaptó al estilo internacional impuesto de galanes que no actúan, se muestran; hombres-objeto para desnudar y admirar por señoras de gorditos decadentes; heroína rubia tontica y casquivana mestiza; lenguaje neutro mexicano; universos inverosímiles sin tiempo; música de actualidad seductora en cantina chicana. El resultado, pasamos del Julio Jiménez que hacía sufrir al que hace reír, de las lágrimas a la risa. Ya no sólo tenemos la velocidad narrativa, no basta con el abuso de odios y perversiones, ahora hay un elemento nuevo: hombres para desear desde el cuarto cotidiano.

La telenovela colombiana se está internacionalizando, negando todo lo que la hizo ser un estilo propio, le estamos vendiendo el alma a los dictados del gusto Miami. Lo paradójico es que estas telenovelas han tenido más éxito en Colombia que en Miami. Gustan aquí, no allá. Tal vez, en estas fórmulas neutras, en ese espíritu Miami hay respuestas a nuestras neurosis sociales: una, queremos ser de otra parte, montarnos en un mundo colmex, imaginarios amarillos casi transparentes; otra, deseamos otros hombres para este país, unos más seductores y honestos en su moral, exigimos las desnudeces masculinas; una más, somos hijos de lo cuasi grotesco de lo chicano y sus imaginerías de corridos de seducción, venganzas desabridas y amores truculentos. Somos Colombia donde se mezcla lo popular con lo narco, con lo mexicano, con el exceso caribeño.

Como al público colombiano le encantó el chiste mas no el drama de Amantes del desierto, como nos habituamos a ese acartonamiento llamado La venganza, como reímos con el remedo de lo auténticamente telenovelesco de Pasión de gavilanes, la tendencia será asistir cada noche a historias que alucinan porque tienen nuevos excesos morales, expresan los gustos contrahechos de lo latino. Lo cierto es que nos acordaremos todavía de Café, Betty, Los Victorinos, Don Chinche, Pedro, Escalona, San Tropel mientras de La venganza y Pasión de gavilanes sólo tendremos un recuerdo nebuloso. La tele desechable es la tendencia. Ojalá volvamos a hacer televisión a la colombiana porque si no pronto dejaremos de ser lo que nos dio mundo y nos volveremos un remedo de Miami.

[orincon61@hotmail.com]

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