Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 1999/02/15 00:00

PASO A LA INMORTALIDAD

La retrospectiva de su obra en Nueva York confirma a Jackson Pollock como el más grande pintor <BR>norteamericano del siglo

PASO A LA INMORTALIDAD

Por la epoca en que Jackson Pollock llegó a la pintura ya estaban prácticamente descubiertas
todas las maneras de aplicar color sobre un lienzo. Los impresionistas del siglo XIX habían agotado el
recurso de la pincelada en puntos. El trazo empastado de los expresionistas ya había sido utilizado por
algunos alemanes antes de la Primera Guerra Mundial. Kasimir Malevich había exhibido un árido lienzo
blanco cubierto de blanco en Rusia en 1918. El manejo de los rectángulos de colores planos impecablemente
aplicados había sido reivindicado por Mondrian en los años 20 y, desde el comienzo de los 30, Salvador Dalí
acaparó un surrealismo figurativo de factura perfeccionista y minuciosa. Sin embargo Pollock encontró un
campo vacante en el cual instaló sus carpas: se dedicó a gotear, chorrear o salpicar la pintura. Es cierto
que algunos artistas habían producido ocasionalmente pinturas por goteo antes de Pollock. Pero él fue el
primero que hizo del goteo la base absoluta de su expresión. Su estilo se convirtió en un sello reconocible
de inmediato (la revista Life tituló un célebre artículo aparecido en 1949: "¿El más grande artista vivo de Estados
Unidos?"), y él se pasó desde 1947 hasta 1951 entregado a su particular forma de pintura. Sin duda alguna
Pollock fue un hombre de asombrosa capacidad innovadora, pero 50 años más tarde sigue vigente una
pregunta: ¿Existe suficiente placer visual en la contemplación de sus mejores obras como para convencernos
de que fue un artista tan genuinamente grande que puede ser colocado al lado de un Rubens o de un
Manet? Pollock pintó cuando menos media docena de obras maestras de gran tamaño. Entre ellas están
Número 32, Rocío de lavanda y Ritmo otoñal (1950). Todas ellas pueden ser admiradas tanto con el corazón
como con el cerebro, son composiciones memorables y pinturas suntuosas. Uno de los últimos cuadros,
Polos azules (1952), prestado por Australia para la retrospectiva, es simplemente espectacular. Son esos
cuadros los que hacen que la gran retrospectiva de Pollock presentada en el Museo de Arte Moderno de
Nueva York (abierta hasta el 2 de febrero de 1999) sea la exposición más importante de 1998. Hay que decir
también que Pollock representa cosas que van mucho más allá que su obra. El fue parte sustancial en el
heroico esfuerzo que realizaron los expresionistas abstractos para liberar la pintura norteamericana de dos
férulas que, según ellos, la entecaban: el realismo provinciano y casero de Grant Wood y Thomas Hart Benton
(el mentor de Pollock) y el modernismo decadente y apocado de la escuela de París.No es exagerado decir
que Pollock, más que ningún otro pintor, ayudó a trasladar el centro de gravedad de la pintura moderna de
Europa a Estados Unidos. El fenómeno telúrico llamado Pollock también llegó en el momento preciso en que
Nueva York era indiscutiblemente la mayor ciudad del planeta, un lugar en donde los mejores y los más
atrevidos podían brillar con luz propia. La muerte de un agente viajero y Un tranvía llamado deseo ayudaban a
crear en Broadway un teatro de talla mundial; en Brooklyn Jackie Robinson hacía del béisbol un deporte para
todos; la primera novela de Norman Mailer, Los desnudos y los muertos, redefinía la literatura norteamericana
y Charlie Parker, Dizzy Gillespie y Miles Davis lideraban un renacimiento en el jazz. El propio Pollock tal
vez prefería el swing al be-bop, pero sus pinturas por goteo encajaban perfectamente con las
innovaciones musicales de la época. Medio siglo más tarde, durante el montaje de la mayor exposición que se
haya hecho sobre Pollock, aparece una simetría: Nueva York está floreciendo nuevamente. Aunque el teatro
serio, el jazz y el arte de vanguardia tal vez no igualan el brillo de finales de los 40 y comienzos de los 50,
parecen estar dadas las condiciones para un resurgimiento importante. El crimen está disminuyendo, Wall
Street está prosperando y hay una cierta cantidad de gente aventurera que piensa que nuevamente vale la
pena vivir en esta metrópoli abigarrada y enriquecida por la inmigración. El problema es que la biografía o,
para decirlo mejor, el mito de Pollock, puede enturbiar nuestra apreciación de su trabajo. Su lucha de toda la
vida contra el alcohol y su historial de explosiones antisociales (orinó alguna vez en la chimenea de Peggy
Guggenheim, en otra ocasión volcó una mesa lista para una comida, tuvo varias historias de peleas en
bares) levantan sospechas de que sus logros hayan sido accidentes inducidos por la desesperación. Eso,
para no hablar de su muerte súbita en un accidente de automóvil cuando conducía ebrio en 1956, que por
haberlo sorprendido tan joven, 44 años, le prestó a su vida un aura a lo James Dean. La respuesta del Museo
de Arte Moderno ha sido de minimizar prudentemente en los catálogos de la exposición los tormentos del
alma de Pollock. Debido a que "Pollock ha sido retratado con frecuencia como el último héroe de acción,
un bohemio 'natural' y un bastión de la pureza y la autenticidad torturadas, escribe el curador Kirk Varnedoe,
se vuelve difícil demarcar la causa del efecto, la imagen de la realidad". Y sin embargo, a pesar de lo que
dice el catálogo, la campaña de mercadeo del museo vende a Pollock, la persona. Uno de los comerciales
muestra una foto tomada de la famosa película rodada por Hans Namuth en 1951 a través de un vidrio sobre el
cual estaba pintando Pollock con el ceño fruncido debido a la intensa concentración. Otra de las
propagandas lo coloca en camiseta frente a una pintura por goteo, en una actitud con visos de
sobreactuación. (El museo también ha querido evitar la interpretación excesivamente cerebral de Pollock
adoptada por el difunto crítico de arte Clement Greenberg, en la cual se le visualiza pintando como si se
encontrara en un laboratorio tratando de resolver los problemas espaciales heredados del cubismo.) En
realidad hay muy buenas razones para resaltar a Pollock el temperamental. Toda su vida fue una catarsis,
su arte luce catártico y, de hecho, lo es. En las generaciones que han transcurrido desde la muerte de
Pollock, hordas de nuevos artistas han tratado de inventar, o reinventar, maneras innovadoras de manejar y
aplicar la pintura. Le han disparado a recipientes de pintura colocados encima de un lienzo para que se
'desangren' sobre éste; la han nebulizado con aerógrafos; la han empastado con palustres en capas que
han llegado a medir pulgadas de espesor; la han aplicado para luego rasparla hasta rasgar el lienzo; han
pintado una capa sobre otra para luego hacerlas reaparecer mediante un paciente lijado, y han
embadurnado modelos desnudos con pintura para hacerlos rodar sobre lienzos colocados en el suelo.
Inclusive han llegado a llenar de color enormes lienzos en rotación, esparciendo la pintura mediante la
fuerza centrífuga, al igual que lo hacen los niños en los momentos de diversión de la escuela elemental. Pero
ninguno de ellos ha tenido un impacto tan grande como el que tuvo Pollock. Esto se debe en parte a su
talento; pero también al momento cultural que a él le tocó en suerte. Cuando Pollock estrenó su concepto
de pintura por goteo lo más escandaloso que se encontraba en la escena cultural eran los soldados de las
piezas teatrales de Mailer, que musitaban obscenidades encubiertas con juegos de palabras. Actualmente
tenemos de todo, desde películas que incorporan chistes abiertamente obscenos dentro del libreto hasta
artistas de performance _ como Ron Athey_ que cortan a otra persona en escena para producir impresos con
la sangre. Por los días que corren hay que salpicar fluidos corporales y no solo pintura para chocar al
público. En el mundo del arte actual, sobrepoblado y obsesionado por los medios de comunicación, los
artistas más preciados son pintores desganados que producen rápidamente retratos vacuos de
supermodelos y fotógrafos que adornan fotos de modas con aditamentos que aluden al sadomasoquismo. Su
'osadía' se limita a estar a tono con las tendencias. En cuanto a las privaciones causadas por la pobreza
bohemia que Pollock padeció hasta bien avanzada su carrera, un estudio reciente hecho por la Universidad de
Columbia sobre los artistas de cuatro importantes ciudades norteamericanas revela que la mitad cuenta
con plan de pensión voluntaria y 80 por ciento con plan de salud prepagada. Los más famosos aparecen en
Gap y en películas de Hollywood. Es difícil imaginar a Pollock en medio de esta multitud. El mismo Pollock
sería citado actualmente como ejemplo por haber superado una infancia con padre ausente, por luchar contra
el alcoholismo y por trabajar por fuera de la corriente del arte moderno (es decir, a 100 millas de Manhattan,
en un glorioso galpón). En los susceptibles años 90 se le admiraría principalmente por "enfrentar el problema
de la identidad" ya que, como lo anota un catálogo, "trató repetidamente de reinventarse a sí mismo".La cena
de corbata negra con la cual el Museo de Arte Moderno abrió en otoño la exposición de Pollock fue la más
concurrida que se haya visto en años. Gente como el genio cómico Steve Martin y el barón de la finca raíz
Mortimer Zuckerman asistió para codearse con una multitud de curadores, patrocinadores de
fundaciones culturales y otros coleccionistas. Los discursos de felicitaciones tuvieron los acentos eufóricos
del púlpito y los asistentes derrocharon la vibración evangélica de las congregaciones en Pascua. Pollock,
por supuesto, solo concurrió en espíritu. Si hubiese estado vivo no habría sido invitado debido a su tendencia a
emborracharse y a echar abajo las mesas. Tal vez él mismo se hubiera sentido incómodo asistiendo como
para portarse bien. El hubiera visto lo que le ocurre al gran arte moderno que ha surgido de la lucha del
artista con sus demonios personales. Primero se convierte en trofeo de los ricos y luego de un tiempo
prudencial y decente ingresa al área de las atracciones públicas del circuito cultural turístico. Sin
embargo, si ello no hubiese ocurrido, las pinturas de Pollock no estarían expuestas para nuestro aplauso. Y
son aplausos lo que en el fondo desean los artistas, como bien lo decía Aristófanes.

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