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| 4/25/1994 12:00:00 AM

A PASO LENTO

Más de 40.000 personas viven cada año la Semana Santa en Popayán, la celebración religiosa y cultural más antigua de Colombia y quiza la que más gente congrega.

MIENTRAS POR ESTOS DIAS LOS habitantes de la capital se disputan los palcos, las sillas y, en general, los mejores puestos para presenciar lo más insigne del Festival Iberoamericano de Teatro, en Popayán sus habitantes son protagonistas de una disputa distinta pero igualmente dura: ser partícipes directos de la celebración de la Semana Santa.
Repetida año tras año desde 1558 -escasas dos décadas después de la fundación de la ciudad- la Semana Mayor en Popayán es quizás la tradición religiosa y cultural más antigua que recuerde la historia colombiana. Se trata de una época en que los habitantes de la capital caucana, tal vez como en ninguna otro sitio del país o del mundo, se aglomeran con entusiasmo en las puertas dé los templos en busca de ser elegidos para cargar los gigantescos pasos que hacen parte de las procesiones programadas durante los días santos.
Para muchos se trata, simplemente, de una celebración ceremoniosa, en la que las familias más ilustres de la ciudad rezan y se dan golpes de pecho en el transcurso de interminables procesiones. Pero para los popayanejos, que son los verdaderos protagonistas, es una tradición ancestral que va mucho más allá del rito aburrido y elitista que pregonan los que nunca han asistido a Popayán en Semana Santa. Es la manifestación cultural de mayor poder de convocatoria, similar -valga la comparación- a fiestas como el Festival de Música del Caribe, en Cartagena; el Carnaval de Barranquilla, y la Feria de Cali.
Cada año acuden a las celebraciones religiosas más de 40.000 personas, entre habitantes de la ciudad, payaneses residentes en el exterior y muchos turistas que repletan los hoteles. Todos se reúnen con el ánimo de participar o, como mínimo, ser testigos de un rito que no tiene equivalencia en el país, salvo, tal vez, la Semana Santa de Mompox. Primero por las características propias del ceremonial. Segundo, por el fenómeno social y cultural que representa.

LOS PASOS
La celebración se inicia el Domingo de Ramos. Ese día, la figura colosal del Amo Ecce Homo es trasladada de la Iglesia de Belén, su lugar habitual en una colina Gontigua a la ciudad, a la Catedral. Mientras tanto, en los demás templos otros pasos son armados, es decir, adornados y preparados para las procesiones posteriores. En total son más de 50 las imágenes representativas de la pasión y muerte de Jesús que conforman el desfile. El paso es un armazón compuesto por una plataforma de madera llamada anda, en cuya superficie van atornilladas las figuras religiosas, muchas de ellas de las imaginerías española y quiteña, y en su mayoría donadas hace siglos a la curia por prestantes familias de la ciudad. Son de tamaño natural o aun más grandes y van adornadas con candelabros de plata, cirios y flores. Algunos llevan un sitial o techo que les sirve de protección.
Durante el desfile, cuyo promedio de duración es de tres horas, los pasos son llevados al hombro por ocho hombres llamados cargueros. Ser carguero es un honor adquirido casi siempre por tradición entre los popayanejos -aunque, como en todo, juega también esnobismo-.
Se podría pensar que por el peso del paso (algunos de ellos llegan a los 800 kilos) los cargueros deben ser los hombres más corpulentos y resistentes. Pero es una ficción. Un viejo carguero del paso Las Insignias, tal vez el más pesado de todos, le dijo a SEMANA: "Para ser buen carguero no se necesitan músculos, sino cojones".
Así toman su papel los cargueros, muchos de los cuales han desarrollado cayos del tamaño de una pelota de tenis en los hombros. Otros llegan hasta hacerlos sangrar antes que rendirse. Los popayanejos llaman a esta rendición "pedirla " y es tan importante, en el espíritu de la celebración, cargar el paso hasta el final, que aquel que la pida no puede volver a Popayán sin aguantar una mofa monumental. Para un popayanejo, pedirla resulta tan vergonzoso que ha habido cargueros que prefirieron morir bajo el barrote antes que abandonar la procesión.
Contra lo que muchos colombianos creen, el honor de ser carguero está por encima de las diferencias sociales. Por eso en las procesiones se ven, hombro a hombro, representantes de las familias más ilustres compartiendo el paso con el artesano más humilde. Es más: se juntan en grandes fiestas previas y posteriores a la celebración religiosa, pues en Popayán también es una tradición acompañar la Pascua con parranda y aguardiente.
Antes del rito, los cargueros de cada paso se reúnen en la fiesta del enfuerce, bautizada así con el pretexto de tomar trago y divertirse para coger fuerzas. Y cuando termina la semana, vuelven al deleite del licor y los tamales de pipián, esta vez para el desenfuerce.
Todo eso podría llevar a pensar que lo que hay en Popayán es una Parranda Santa'. Pero no hay tal. Al igual que en otras partes del país durante la misma época, también se toma trago. Y es lógico. Como son numerosísimos los popayanejos que viven fuera de la ciudad, el único momento del año en que regresan y se vuelven a ver es en Semana Santa. No en balde se dice que el día en que más lleno está el Club Popayán en todo el año es el Jueves Santo. Tradicionalmente ha habido licor, pero también respeto. Y en esto puede haber otra gran diferencia con la Semana Mayor de Sevilla (España), la más famosa del mundo, donde hay borrachos y donde los entusiastas seguidores de una virgen insultan de viva voz el paso con la imagen de otra.
Los cargueros visten de túnico, alpargatas y un capirote triangular en la cabeza. Antiguamente se cubrían la cara con una capucha. Pero en 1841, durante la Revolución de los Supremos, un curioso suceso echó al traste con la tradición. Según el historiador Diego Castrillón Arboleda, "el general José María Obando tenía sitíada a Popayán y era perseguido por el gobernador de entonces, Obando, con la cara cubierta, estaba cargando y fue reconocido por su Cuerpo. Y cuando la fuerza publica se disponía a arrestarlo, abandonó su barrote y escapó. Desde entonces es obligatorio para el carguero llevar la cara destapada ".
Esa ha sido una de las pocas alteraciones que ha sufrido la celebración. La tradición sigue firme, entre otras cosas porque los organizadores han dispuesto las llamadas procesiones chiquitas, con réplicas pequeñas de los pasos, con el ánimo de que los niños aprendan desde temprano el difícil arte de los cargueros.
Paso a paso, los payaneses han logrado con su Semana Santa mantener incólume una manifestación cultural de siglos. en un país que cada día cree menos en sus tradiciones.

Un festival en alza
DESDE HACE 30 años, Popayán ha sido sede del Festival de Música Religiosa que se celebra en Semana Santa. Allí se han escuchado a los mejores músicos colombianos y también a importantes intérpretes internacionales.
Por la capital del Cauca han pasado Rafael Puyana, el guitarrista británico John Williams y Arthur Oldham, director de Coros de la Orquesta Sinfónica de París. Sin ir más lejos, la primera vez que la soprano colombiana Martha Senn cantó en público, lo hizo en Popayán.
El de este año promete ser el mejor festival de la última década. En primera instancia contará nuevamente con la participación de Martha Senn, quien además cantará en Santander de Quilichao, en razón de la descentralización del evento.
Dentro del programa, en el que participan la Orquesta de Cámara de Caldas y la Orquesta Sinfónica del Valle, el público tendrá la oportunidad de apreciar el Viernes Santo, a las 11:30 a.m., al dúo Holloway, de Londres, compuesto por John Holloway (clave) y Lans Mortensen (violín barroco). Y luego, a las 5 de la tarde a la soprano Marina Tafur y a Coro de Cámara de Popayán, dirigido por Stella Dupont.
Según Edmundo Mosquera, tradicional impulsor del festival, y el alcalde Luis Fernando Velasco, dentro de dos años el evento regresará al Teatro Municipal Guillermo Valencia, en restauración tras el terremoto del 31 de marzo de 1983.
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