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| 1/9/1995 12:00:00 AM

PATRIMONIO EN PELIGRO

A pesar del auge de las restauraciones residenciales, el deterioro de la zona histórica de Cartagena avanza más rápido.

LA NOTICIA MAS RECIENTE ERA QUE la Cartagena antigua estaba en restauración. Después de más de medio siglo de descuido el Distrito se encargó de recuperar una buena parte de las edificaciones públicas. Algunas empresas privadas hicieron lo propio para ubicar en las casas coloniales y republicanas sus sedes laborales. Y, en la última década, una gran ola de particulares llegados del interior del país inició una compra masiva de viviendas para recuperarlas y adecuarlas como casas vacacionales. El hecho es que la Cartagena amurallada, 'Patrimonio de la humanidad' estaba viendo renacer su arquitectura histórica.

Aunque las buenas nuevas han puesto a Cartagena de moda, la realidad es más compleja de lo que parece. Con escasas excepciones de conservación, el centro histórico está sufriendo un deterioro tan acelerado que hay quienes piensan que, en 10 años, la imagen colonial de muchas de las calles de la ciudad amurallada habrá desaparecido.

Según los expertos, en el último lustro el impacto comercial sobre el centro ha ido demoliendo progresivamente la armonía urbanística, y con ella muchas de las estructuras habitacionales que la colonia dejó en herencia. Uno de ellos es el arquitecto Germán Bustamante, miembro del Consejo Nacional de Monumentos, filial Bolívar, y director de la Escuela-Taller de Restauración Cartagena de Indias. "A pesar de que en materia de restauración se ha avanzado muchísimo, dice Bustamante, el deterioro avanza más rápido. En cinco años, por ejemplo, sólo en el barrio San Diego se han destruido la Calle de la Cruz, la de la Moneda, la de los Puntales y la de La Tablada".

El ejemplo más dramático es el de La Moneda. La calle está plagada de toda clase de atentados contra el patrimonio arquitectónico y urbanístico cartagenero: violación de ventanales y puertas, comercio desmesurado, zaguanes invadidos por locales, roturas de muros a manera de vitrinas, invasión de carteles y pasacalles. Y, lo que es más patético aún, la casa que le da el nombre (La Moneda), registrada como monumento nacional, está prácticamente en ruinas, abandonada a su suerte en manos de inquilinos de escasos recursos que han llegado a derribar muros interiores para vender los ladrillos.

Como La Moneda, muchas calles de los barrios San Diego y Getsemaní corren igual suerte ante la inoperancia de las autoridades.

LA CRISIS URBANISTICA
Según estudios recientes realizados en conjunto por la Alcaldía Mayor, Planeación Distrital, el Instituto de Obras Públicas y el Consejo de Monumentos, la crisis cartagenera tiene que ver principalmente con dos puntos neurálgicos: el deterioro urbanístico y las intervenciones arquitectónicas. En cuanto al primero, los expertos están de acuerdo en que la zona histórica debe fluir, es decir, debe tener vida residencial, comercial y empresarial. Pero la vida residencial está cediendo cada vez más terreno a las actividades comerciales y de servicios. Las casas de los habitantes tradicionales se están convirtiendo en viviendas vacacionales y las actividades de comercio y de servicios han aumentado de forma desenfrenada en los últimos años. En pocas palabras, mientras el centro se está deshabitando, las actividades comerciales crecen, aumentando las dificultades de conservación que todo este proceso implica.

Sin embargo lo que más tiene preocupados a los expertos es la ligereza con que el Distrito está dejando intervenir las edificaciones. A pesar de que Cartagena cuenta con uno de los inventarios históricos más completos de Latinoamérica y una de las reglamentaciones más sólidas en materia de conservación del patrimonio histórico urbano (el acuerdo 6 de 1992), las intervenciones arquitectónicas en la ciudad amurallada dejan mucho que desear. El control distrital es tan escaso que las intervenciones clandestinas, que generalmente son las que violan las normas y destruyen el patrimonio, son mucho mayores que las aprobadas por el Consejo de Monumentos, filial Bolívar, entidad encargada de dar el visto bueno a los proyectos que se desarrollen dentro de la zona histórica.

"Las reglas existen, pero no se aplican ", asegura la abogada Beatriz Botero, una de las escasas personas que se han especializado en el derecho patrimonial urbano. "Y lo peor es que no existe voluntad política ni de la alcaldía, ni de la Superintendencia de Control Urbano, de hacerlas cumplir. Si una obra es sellada por no tener licencia o violar las normas de conservación urbana, al otro día los constructores quitan el sello y siguen trabajando sin que pase nada".

Así las cosas, se han vuelto comunes los casos de sobreelevación en casas que, por su clasificación, tienen prohibido aumentar el número de pisos; o la alteración de la estructura arquitectónica de las edificaciones, bien por intereses comerciales o por comodidad. "Todo esto sin contar con intervenciones que son un verdadero guatavitismo, que es el término coloquial con que se designa a las restauraciones falsas, que en vez de preservar pretenden imitar, lo cual desde el punto de vista estético es peor que dejar abandonada la casa", afirma Bustamante.

Lo cierto es que la ensoñadora Cartagena colonial se está deteriorando a pasos lentos pero firmes sin que los intentos aislados de restauración puedan impedirlo. Por un lado, la mayoría de las casas que corren grave peligro de desaparecer están en poder de ciudadanos de escasos recursos, muchos de ellos simples habitantes de inquilinato, otros propietarios sin los suficientes ingresos como para emprender una restauración. En este sentido, lo más lógico, para muchos cartageneros, es que el Estado se meta de una vez por todas la mano al bolsillo en un intento crucial por recuperar aquellas zonas neurálgicas. "Algún mecanismo debe inventarse -comenta Flavio Romero, otro de los miembros del Consejo de Monumentos- para subsidiar a los propietarios en la restauración de sus viviendas. Pero, sobre todo, hace falta concientización sobre el compromiso de conservar a Cartagena".
Al igual que Romero, muchos piensan que sólo la conciencia del Distrito por defender la conservación del centro histórico, y la de los ciudadanos para denunciar las intervenciones ilegales, detendrá el deterioro del centro histórico. Pero por el momento por la ciudad amurallada no se ve ni lo uno ni lo otro. Muchos de sus habitantes destrozan sus casas en su atropellado afán por ganar un espacio de comercio; mientras otros, más vivos, se pasan por la faja las normas de conservación patrimonial detrás de proyectos aparentemente benévolos pero fatales para la preservación arquitectónica.

"Lo triste, concluye Bustamante, es que poseemos todos los mecanismos legales y todos los planes de desarrollo ideales. Pero mientras no haya voluntad política, cualquier cosa se quedará, como suele suceder, en el papel.-

PROYECTO ESPERANZADOR
En medio de la crisis urbanística y de conservación de la ciudad amurallada, la Escuela-Taller de Restauración Cartagena de Indias, creada en conjunto por la Agencia Española de Cooperación Internacional, el Inem, la Alcaldía Mayor de Cartagena, el Fondo de Inmuebles Nacionales y Colcultura, arroja una luz de esperanza.

Dirigida por el arquitecto Germán Bustamante, la Escuela está dedicada de manera exclusiva a la formación de artesanos expertos en rehabilitación arquitectónica. La idea es capacitar al alumnado en carpintería, albañilería, cantería, fundición, jardinería y otras disciplinas que tienen que ver con la restauración y la conservación del patrimonio arquitectónico; un paso gigantesco en la meta de concientizar a los cartageneros sobre la importancia de preservar su ciudad sólo porque ella lo merece y no simplemente para ofrecerla al turista.

Además de la labor docente, la Escuela-Taller también se dedica a ejecutar sus propios planes de restauración. Uno de los trabajos más recientes fue el de la recuperación del Museo Naval del Caribe-Antiguo Colegio Compañía de Jesús, inaugurada este año con lujo de detalles.-
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