Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 1999/02/08 00:00

PATRIMONIO SAQUEADO

Con el robo de 53 obras de los siglos XII y XIII, perpetrado contra la historiadora de arte <BR>Soffy Arboleda, Colombia pierde quizá la mayor colección privada de arte colonial.

PATRIMONIO SAQUEADO

El robo de arte se ha convertido en una práctica tan común en Colombia que su periodicidad
está llegando a niveles preocupantes. Los hurtos esporádicos en los que el botín no pasaba de dos y tres
obras se han transformadocon el paso de los años en verdaderos saqueos perpetrados a encargo por bandas
especializadas contra las galerías, contra los propios artistas en su residencia y contra las iglesias que
atesoran valiosas piezas coloniales. El último caso, sucedido en la ciudad de Cali el pasado 20 de diciembre,
se encargó de rebosar la copa, no sólo por los móviles del atraco sino por las dimensiones del robo: 53 obras
de arte colonial que estaban destinadas a inaugurar el primer museo sobre el género en la capital
vallecaucana.
En esta ocasión la víctima fue Soffy Arboleda de Vega, una entusiasta historiadora de arte y una de
las damas más respetadas de la cultura caleña. Hermana menor de Esmeralda Arboleda, la famosa
luchadora de los derechos sociales y políticos de la mujer en la década de los 50 que se convirtió en la
primera senadora de la República y primera ministra de un gobierno democrático, Soffy heredó de su familia
el amor por las causas cívicas y culturales. Estudió historia del arte en Francia y Estados Unidos y de
regreso a Colombia se vinculó a la Universidad del Valle, de donde se jubiló luego de más de 30 años de
labores pedagógicas. Fue precisamente su obsesión por el arte lo que la llevó a iniciar una de las colecciones
privadas más valiosas de Colombia. Cuando tenía apenas 25 años, durante una visita a la Popayán de sus
ancestros, decidió que se especializaría en arte colonial. Un anónimo del siglo XII que representaba la
figura de un apóstol fue suficiente para encender su pasión. Lo compró por 50 pesos y a partir de entonces,
primero en Popayán y luego en pueblos del Cauca, Valle, Cundinamarca, Boyacá, Nariño y Antioquia, fue
reuniendo una colección que 43 años después había superado el medio centenar de obras.
Su casa se había convertido prácticamente en un museo. De hecho, esa era la sensación que
experimentaban amigos y visitantes furtivos por igual al ingresar en ella. Tanto así que, con el apoyo total de
su familia, Soffy había tomado la determinación de hacerlo realidad, donando sus obras a la ciudad para
inaugurar el primer museo de arte colonial de la capital del Valle.

La pesadilla
Pero el sueño, que debía cristalizarse a comienzos de 2000 como un homenaje a Cali ante la llegada de un
nuevo milenio, tuvo que ceder abruptamente a la pesadilla. A las nueve de la mañana del domingo 20 de
diciembre del año pasado cinco hombres que se hicieron pasar por técnicos de las Empresas Municipales de
Cali (Emcali) irrumpieron a la casa de Soffy con el pretexto de arreglar la línea telefónica, dañada desde el
día anterior. Como el inconveniente había sido denunciado oportunamente por su familia, el acceso les
fue permitido de inmediato. Sin embargo, lejos de ocuparse del teléfono, los falsos trabajadores intimidaron a
los Vega con armas de fuego, los ataron, los amordazaron y los encerraron en una alcoba junto con sus
empleadas y el vigilante, antes de descolgar 53 óleos de arte colonial, un cuadro de la pintora María
Thereza Negreiros y dos más del maestro Alejandro Obregón. En cuestión de minutos los saqueadores
subieron las obras a un camión y huyeron.
Independientemente del valor monetario de cada una de las obras robadas, la verdadera tragedia consiste
en la pérdida de un patrimonio de incalculable valor histórico. Aparte de los cuadros de Obregón y Negreiros,
las demás piezas robadas pertenecen a los siglos XII y XVIII, período durante el cual el arte religioso tuvo su
mayor esplendor en Latinoamérica. Dos óleos de Gregorio Vázquez de Arce y Ceballos, otro atribuido por
Guillermo Hernández de Alba a Antonio Acero de la Cruz, y otro más de Joaquín Gutiérrez, pasaron a manos
de los delincuentes entre más de 40 anónimos de similar valor no sólo por las representaciones religiosas,
entre las que se encuentran cristos, vírgenes de Chiquinquirá, Dolorosas, Sagradas Familias, apóstoles y
santos _Santa Lucía, Santa Bárbara, San José, San Rafael, San Juan Bautista_, sino por la variedad de los
soportes utilizados _cobre, madera y lienzo_.

La incertidumbre
La única pieza que se salvó del saqueo fue una virgen de la Paloma, uno de los últimos cuadros en ser
descolgados. Según Soffy Arboleda sus ruegos fueron escuchados. Mientras uno de los ladrones se
apresuraba a trasladarlo ella alcanzó a rogar: "Virgen, no te dejes llevar". Para su sorpresa y seguramente por
el afán de los delincuentes, el ladrón la devolvió a su sitio antes de emprender la retirada. Fue un milagro
menor que no alcanza para opacar la dimensión de la hecatombe. Más de 40 años de juiciosa entrega a
una colección que, en última instancia, se iría a convertir en patrimonio de todos los caleños, quedaron
desvanecidos en el atraco.
A pesar de las enormes dificultades que existen para recuperar semejante tesoro, pues el mercado
clandestino de arte suele moverse casi tan rápido como el de las autopartes en el negocio de los vehículos
robados, la familia Vega guarda la esperanza de que sean los compradores cautos los encargados de
colaborar en el hallazgo. Por el momento y gracias a los avances tecnológicos de la informática, los Vega han
abierto una página en Internet (http:stolen-art.colombianet.net) en la que se pueden consultar las imágenes
robadas, todo con el ánimo de alertar al coleccionista desprevenido.
Lo más preocupante, sin embargo, es que el de la colección de Soffy Arboleda es apenas uno más en la ola de
robos de arte colonial y de todo género. Desde cuando hace cerca de cinco años fue arrasada la colección del
Museo de Arte Religioso de Santa Fe de Antioquia, un total de 18 obras avaluadas en más de 200 millones de
pesos, entre ellas seis originales de Vázquez y Ceballos, los templos colombianos viven bajo una amenaza
que poco a poco está acabando con buena parte del patrimonio artístico colonial.

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