Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2001/07/16 00:00

Pearl Harbor

La supuesta película del año esconde, detrás de sus espectaculares imágenes, una cínica estrategia comercial.

Pearl Harbor

Director: Michael Bay.
Protagonistas: Ben Affleck, Josh Hartnett, Kate Beckinsale, Alec Baldwin, Jon Voight

Por supuesto que es un gran espectáculo. Y claro que la cuidadosa reconstrucción de la época, el apasionado retrato de los personajes históricos y la meditada coreografía de la batalla, de esa “fecha que vivirá en la infamia”, dejan sin habla a cualquiera. Pero Pearl Harbor es, sobre todo, una inconmovible, previsible, torpe historia de amor de un poco más de dos horas interrumpida por un estupendo bombardeo de 40 minutos.

El ataque a la base norteamericana de Pearl Harbor ocurrió a las 7 y 55 de la mañana del 7 de diciembre de 1941 y fue la reacción del Japón al embargo que Occidente le impuso cuando, para establecerse como la gran potencia del Pacífico, trató de ocupar la península de Indonesia. Y porque la declaración de guerra llegó una hora tarde a Washington, cuando ya había terminado todo, el bombardeo pasó a la historia como una cobarde puñalada por la espalda que dejó 2.433 muertos y 1.178 heridos.

Alrededor de esa sangrienta ofensiva militar y de la pequeña pero célebre venganza de los norteamericanos —un vergonzoso contraataque estimulado por la ira del presidente Roosevelt—, Pearl Harbor, la película, monta un ridículo triángulo amoroso que no sólo fracasa por la frialdad, la rigidez y la confusión de los actores principales sino porque, a diferencia del de Titanic, que nace y se resuelve por culpa de la tragedia del barco, no se ve afectado, en lo más mínimo, por la batalla de Pearl Harbor, que, eso sí, convierte a todos, absolutamente a todos los personajes de la película, a los aviadores, los cocineros y las enfermeras, en héroes supuestamente inolvidables. Tanto que deberían ofrecer un premio para el que descubriera a un cobarde en la pantalla.

Pero bueno: eso no es lo más grave. Eric Brevig, el encargado de los efectos digitales, revela, en la revista Premiere de mayo, que para Michael Bay, el director, célebre por varios comerciales para la televisión y más que todo por el éxito en taquilla de Armageddon y La roca, “el trabajo se reduce a mostrarle cosas chéveres a la audiencia”. Eso es lo despreciable. No son las malas actuaciones, no es la historia inverosímil con un clímax mal puesto, no es la recalcitrante ideología gringa, ni la misma colorida bandera de siempre —que Spielberg mostró sucia en Salvando al soldado Ryan, su espeluznante obra maestra—, ni siquiera es la aterradora idea de que “lo que no mata hace más fuerte”. Es esa peligrosísima tendencia, esa cínica estrategia comercial, ese mostrarle al público joven, que al parecer consume y consume, la cara chévere de la guerra: las bonitas piernas de las enfermeras, los engominados peinados de los soldados, los pasillos borrosos y antisépticos de la enfermería, la azorante velocidad de los aviones, la pirotecnia del bombardeo, la bomba que cae, con gracia cinematográfica, sobre un barco lleno de personas.

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