Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2009/12/26 00:00

Pecados de mi padre

El documental del argentino Nicolás Entel no tiene la culpa del mal sabor que nos queda en la boca. ***

Según la versión de su hijo, Pablo Escobar fue al mismo tiempo un asesino y un buen padre

Título original: Pecados de mi padre.
Año de estreno: 2009.
Género: Documental.
Dirección: Nicolás Entel.
Entrevistados: Sebastián Marroquín, María Victoria Santos, Rodrigo Lara, César Gaviria, Juan Manuel Galán, Carlos Fernando Galán, Claudio Galán.

Pensémoslo, primero, como documental. Hagamos ese esfuerzo. Veámoslo como un simple relato. Pecados de mi padre cuenta la historia de un hijo, ni más ni menos que el hijo del narcotraficante Pablo Escobar, que un buen día toma la decisión de pedirle perdón a su país por las barbaridades que hizo su padre. Que le da la cara a la cámara como si le estuviera dando la cara a esa Colombia, de las últimas tres décadas, que aprendió a vivir entre las bombas y los asesinatos. Y que consigue acercárseles a un hijo del ex ministro Rodrigo Lara Bonilla (asesinado por orden de Escobar en 1984) y a los tres hijos del ex candidato presidencial Luis Carlos Galán Sarmiento (asesinado por orden de Escobar en 1989) para rogarles clemencia, para probarles que él mismo es un huérfano, un perseguido, una víctima de la violencia.

Con su cámara firme, su fotografía impecable y su edición efectiva, Pecados de mi padre se propone narrar la redención del hijo de Pablo Escobar -a partir de esa versión de lo que se sucedió que cuenta en busca de algo de paz mental- sin negar los horrores ni justificar las monstruosidades. Y lo consigue. Y lleva su trama a un clímax que en verdad estremece: el momento en el que los tres hijos de Galán y el hijo de Lara, reunidos en la sala de algún club privado de Bogotá, le dicen al hijo de Escobar que no tienen nada que perdonarle, que por favor siga adelante, que no cargue más con las culpas de su padre. Es una escena peligrosa, que podría ser tratada con musiquitas efectistas y montajes tramposos, pero los realizadores la presentan con una discreción que habla muy bien del proyecto.

Dos mensajes simples e importantes quedan resonando a la salida del teatro. Uno: el único camino que le queda a cualquier sociedad es una reconciliación sobre la base de la memoria. Y dos: hay un día en el que el narcotráfico deja de ser un negocio para convertirse en una cárcel.

Hasta ahí todo bien. El problema comienza después, dos o tres días después de haber visto Pecados de mi padre, cuando uno comienza a preguntarse (como lo hacía la familia Cano, de El Espectador, hace unos días) qué tan sinceras son las intenciones del hijo de Pablo Escobar, por qué hasta ahora apareció con este discurso de reparación, qué tan inocente fue en los días en que los policías de Medellín no podían detenerse en un semáforo en rojo porque corrían el riesgo de ser acribillados. Es entonces, cuando aparecen estos interrogantes, cuando comienza a ser evidente que las heridas que dejó el narcotraficante no se han acabado de cerrar, que no nos va a ser fácil perdonar, por ejemplo, ese avión de Avianca que explotó en el aire, y que aún nos falta distancia para juzgar un largometraje de estos como una simple película que cuenta una historia.

Podemos empezar por reconocer, eso sí, que este documental no tiene la culpa de nada.
 
**** Excelente
***1/2 Muy buena
*** Buena
**1/2 Aceptable
** Regular
* Mala

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