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| 1/23/1984 12:00:00 AM

PELOS EN LA LENGUA

Un autor, Peter Handke, masacrado por los traductores

Dice en la solapa de "El miedo del portero al penalty" (*), que cuando Peter Handke publica esta novela, 1970, "ya había alcanzado amplio renombre", pero que es ésta, precisamente, "la que marca su madurez estilística". Y cuando el lector se enfrenta a este tipo de declaraciones, la ráfaga del recelo se cierne sobre la lectura, pues el lector sabe de las añagazas de que se valen los editores para comercializar un libro. Porque mientras lo que se pretende es un subsidio, un apoyo, una exención, cualquier dádiva o prerrogativa, el libro es un bien cultural producto de la inteligencia, de la capacidad y destreza de un selecto espiritu humano. Pero cuando lo que se busca es deshacerse de una edicíón, atiborrar anaqueles de bibliomaniacos o distraer o, más bien, engañar a abúlicos lectores de fin de semana, entonces el libro es una mercancía como cualquier otra y la verdad a medias o la mentira encubierta, constituyen el meollo de tan artificiosas solapas.
Pero con este escritor ocurren otras cosas, también para desventura de sus lectores. De Peter Handke se conocen en español varias de sus obras: "Gaspar", "Carta breve para un largo adios", "La mujer zurda" (lostres en Alianza), "El miedo del portero al penalty", "El momento de la sensación verdadera" (en Alfaguara los dos) y "Muerte sin consentimientof' (Revista ECO 234,1981). Según noticias de esta última "Cuando desear todavía era útil", también se encuentra traducido. En fin, lo cierto es que son varias y diversas las traducciones que se han hecho del ya célebre y todavía prometedor escritor, y, sin embargo, con la honrosa excepción de la traduccion realizada para la revista, todas las demás se caracterizán por el manejo descuidado, por decir lo menos, del lenguaje. Algunos de estos oficiosos traductores, de eso también hablan las solapas en estos tiempos, son doctores en filología inglesa o alemana y se dedican a la enseñanza y la traducción. Pero no titubean y jamás les tiembla la mano, para poner en boca de un obrero aleman sin trabajo expresiones como: mozos y tragaperras. O de mujeres como la "zurda", personajes solitarios y desolados que viven sitiados por sus oficios (ésta es, para ironía de todos, traductora) pero que tan pronto como inician un diálogo, sus émulos le hacen decir: turné, hormigueras e hipermercados. Estoy por creer que Handke siente crecer ante los botines de los traductores, el mismo miedo cerval que el mecánico Josef Bloch, años atrás portero de un equipo de fútbol, intenta sofocar frente al jugador que cobra el penalty.
Pero al contrario de lo que ocurre con sus verdugos, para Handke, una de sus preocupaciones fundamentales es el lenguaje: poblar de palabras aquello que estaba vacío, pues "el horror es algo del orden natural" y uno de los más tremendos y desgarradores es "el horror del vacío en la conciencia". Esta es una de las razones por las cuales las conversaciones que sostienen sus personajes son esfuerzos permanentes por llenar ese vacío. Y, sin embargo, apenas alcanzan a ser monólogos paralelos. Discursos que guardan siempre una distancia insoslayable a pesar de la actitud voluntariosa del chofer, la taquillera o el guardia fronterizo. Son muy extrañas las ocasiones en que se establece algún tipo de vínculo. Y cuando esto ocurre, desencadenan actos de violencia, crímenes, incorporados de tal forma a la cotidianidad que incluso el lector desprevenido llega a olvidarlos. Los protagonistas, por supuesto, también los olvidan y, como dice Goethe al final "se sigue viviendo como si no pasara nada".
Historias de separación, de rompimiento, de formación de carácter a través de una experiencia vivida -temática por la que se inclinaron con preferencia Goethe, Keller, Jean Paul y otros- las novelas de Handke no son fáciles de acomodar en uno cualquiera de los compartimientos estancos a que estamos tan acostumbrados. Es más, contradictorio, paradójico, ferozmente independiente: "hay hombres comprometidos, pero no escritores comprometidos", está convencido sin reparo alguno de que "quien mejor escribe historias es la vida; lo único malo es que la vida no sabe escribir". Peter Handke nació en Griffen, Carintia, Austria, en 1942 y desde la publicación en 1966 de "Insultos al público" es uno de los escritores en lengua alemana que más atrae a toda clase de lectores.
Dicen, también, quienes se precian de doctos en estos ámbitos, que nuestra literatura, la latinoamericana -por supuesto- no alcanzará su madurez hasta que no realice obras a semejanza de las producidas por la literatura alemana, de las que tienen por escenario el pensamiento y su realidad. Que mientras no tengamos escritores como Mann, que se pasaron la vida preparando no su novela, si no La Novela, tan sólo tendremos novelitas, folletines de aventuras con escenarios como Comala, Santa María o Macondo. Pero después de leerlos a ellos y de reconocer que nos han deparado, es indudable, inigualables momentos, uno piensa que es mejor que ellos sigan el derrotero que les dicta su conciencia y sus circunstancias, y nosotros, entre tanto, las nuestras.
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