Jueves, 23 de febrero de 2017

| 2004/05/16 00:00

Pensador para un nuevo milenio

Hace 20 años murió uno de los filósofos más importantes del siglo XX: Michel Foucault. Expertos hablan sobre tres de sus facetas más importantes.

Pensador para un nuevo milenio

Michel Foucault (1926-1984) fue una de las personalidades más influyentes del siglo XX. Libros como Locura y civilización (1960), El orden de las cosas (1966), Disciplina y castigo (1975) y La historia de la sexualidad (compuesta por varios títulos publicados en diferentes años), entre otros, condensan los planteamientos de este filósofo y sicólogo francés. Este año el mundo le rinde homenaje a Michel Foucault en conmemoración de los 20 años de su muerte. Colombia no es la excepción. Actualmente la Biblioteca Nacional de Bogotá exhibe una exposición con fotografías, artículos, caricaturas, y libros sobre el filósofo. La Embajada de Francia ha venido desarrollando varias charlas con expertos en su obra. Tres de ellos esbozan aquí a Foucault en tres de sus facetas más importantes.



Foucault y la sexualidad
Por Rubén Antonio Sánchez Godoy (*)

Alguien podría pensar que estamos en una época de gran libertad sexual, que los viejos tabúes han quedado atrás dando paso a un lenguaje más abierto acerca del sexo y a un reblandecimiento de los antiguos rigores ligados al ejercicio de la sexualidad. Los trabajos de Foucault, recogidos en su así denominada Historia de la sexualidad, cuestionan esta creencia. Muestran que nuestra relación con el cuerpo y sus placeres, lejos de definirse como un asunto de liberación frente a ciertas interdicciones decimonónicas, es un paso más dentro de un tortuoso proceso, iniciado en los albores de nuestro milenio, gracias al cual los placeres han sido puestos en relación con la producción, la verdad y la constitución de una identidad. Sustentado en una minuciosa investigación histórica de textos provenientes de los siglos XVII a XIX, Foucault muestra de qué modo el sexo se ha convertido en la instancia que propicia, a través de todo un conjunto de controles normativos sobre la reproducción, la infancia, la mujer y el adulto, la entrada del individuo en el sistema productivo.

Esta investigación lo lanza posteriormente a mostrar, a partir del estudio de textos producidos entre el siglo IV a. C. y el I d. C., el enigmático enlace que en nuestra sociedad se ha establecido entre placer, verdad e identidad. Se trata entonces de mostrar las anómalas circunstancias que están en la base de nuestras evidencias sobre el sexo.

Nuestra relación con los placeres, lejos de ser una evidencia, es para Foucault un campo de experimentación continua abierto a partir de la impugnación histórica de nuestras evidencias acerca del sexo.

(*) Catedrático de la Facultad de Filosofía de la Universidad Javeriana



Foucault y el intelectual
Por Bernardo Correa López (*)

El papel de un intelectual no es el de decir a los otros lo que tienen que hacer. ¿Con qué derecho lo haría?[.] El trabajo de un intelectual no es el de modelar la voluntad política de los otros; es, por los análisis que hace en sus dominios, el de volver a interrogar las evidencias y los postulados, el de sacudir los hábitos, las maneras de hacer y de pensar, el de disipar las familiaridades admitidas, el de retomar la medida de las reglas y de las instituciones y, a partir de esta reproblematización (donde él juega su oficio específico de intelectual), el de participar en la formación de una voluntad política (donde tiene por jugar su papel de ciudadano)".

Estas palabras de Michel Foucault resumen bien su concepción de lo que es ser y actuar como un intelectual. En lugar de considerarse un elegido, que puede hablar por todos y para todos (el filósofo como "funcionario de la humanidad", de que hablaba Husserl), el intelectual, según Foucault, ha pasado de ocuparse de los grandes valores o principios abstractos, a entenderse con "problemas específicos", es decir, con aquellos que tienen que ver con "luchas reales, materiales, cotidianas". La distinción entre intelectual universal e intelectual específico no supone, para Foucault, una renuncia a lo universal, sino que implica replantear las relaciones del intelectual con la sociedad.

El intelectual no goza de ningún privilegio particular, fundado en su saber, en una especial lucidez o en los prestigios de su escritura. En tanto que ciudadano, el intelectual debe poder articular -y poner a prueba- sus conocimientos con los problemas de la sociedad en la cual vive. No desciende de la montaña con las tablas de la ley en la mano y la profecía en la boca, sino que, por el contrario, pone en juego su saber y su capacidad crítica en el desciframiento de su presente. Este trabajo crítico es, simultáneamente, ético y político, y como no puede adelantarse a partir de verdades adquiridas de una vez para siempre, el intelectual está obligado no sólo a preguntarse por el sentido de las fuerzas y problemas que conforman su tiempo, sino también a establecer la validez de su crítica, a justificar su papel en la sociedad tanto por su capacidad para detectar los verdaderos problemas como por su honradez y modestia para no sacralizar su propio discurso.

No busca, entonces, dominar sino poner en evidencia el entramado del poder; no pretende escoger por los demás, sino que desmitifica convenciones y creencias para que cada uno escoja por sí mismo. Esto significa que lo que distingue a un intelectual es la aguda conciencia que tiene, desde su campo específico de acción, de la naturaleza frágil y escurridiza de la verdad, y, al mismo tiempo, de la necesidad y urgencia de trabajar activamente en su búsqueda. Se trata de una empresa arriesgada, que demanda lo que Foucault designó, en su último curso, el coraje de la verdad. La muerte lo sorprendió en plena marcha, fiel a su compromiso.

(*) Catedrático de la Facultad de Filosofía de la Universidad Nacional



Filosofía y poder
Por Víctor Florián (*)

" . y hoy en día es filosofía toda actividad que tienda a suscitar un objeto para el conocimiento o la práctica -ya corresponda a las matemáticas, a la lingüística, a la etnología o a la historia" (Conversaciones con Bellour).

"Hay pensamiento en la filosofía , pero también existe en una novela, en la jurisprudencia, en el derecho, incluso en un sistema administrativo, en una prisión"(Conversaciones con Bellour).

Contrariamente a la apreciación de "morir es borrarse", la desaparición de Foucault en junio de 1984 parece que hubiera estimulado aún mas el interés por una reflexión global y crítica de su obra. Lo dejan ver los coloquios internacionales, trabajos interdisciplinarios y seminarios alrededor de su pensamiento, los itinerarios biográficos y la reciente publicación, 'El último Foucault', entre otras, de Tomás Abraham.

Nadie discute hoy la influencia que han podido tener en el. universo intelectual sus trabajos sobre lenguaje y literatura, la locura, las formas de sexualidad, los sistemas judiciales y penitenciarios, la problemática del poder y los micropoderes que penetran todos los aspectos de la vida social. Trabajos que por su misma naturaleza no se inscribían estrictamente en la reflexión filosófica tradicional pero que le permitieron, con todo, renovarla mediante la constitución de estos nuevos objetos para la filosofía. Es bien significativo al respecto que en la preocupación por el problema de la locura, tema de la tesis de doctorado, esté implicada toda la cultura occidental y aparezca ligada a un cierto número de condiciones históricas, económicas y políticas bien precisas que muestran cómo históricamente van cambiando los rostros de la locura y cómo el advenimiento de la racionalidad moderna al mismo tiempo que se afirma, correlativamente procede a la exclusión de su opuesto. Desde esta perspectiva, con la tesis "la razón es un instrumento universal que puede servir en toda clase de situaciones" y la consiguiente linealidad entre pensamiento y lenguaje, Descartes inaugura un momento fuerte y decisivo para el despliegue del lenguaje como razón universal así como para la separación entre un lenguaje verdadero (racional) y la sin razón.

Puede parecer una paradoja que Michel Foucault haya iniciado una manera de filosofar, una nueva manera de ver la filosofía pero no haya fundado una escuela. Su filosofía no se podría concebir desde un programa ordenado en sus diversas partes como proyecto inscrito en alguna de las grandes corrientes del pensamiento contemporáneo, valga mencionar la fenomenología, la hermenéutica, la analítica, la ética comunicativa, etc., sin embargo se desarrolla a partir de fuentes que son fundamentales y en combinación con varias tradiciones de pensamiento: Nietzsche, Freud, Marx, Bachelard, Canguilhem, Dumézil. Aún mas, un estudio minucioso de la 'Arqueología del saber' permitiría mostrar, por una parte, aproximaciones entre su método histórico y la escuela de los Annales, y por otra, entre la noción de enunciado y " los actos de habla", el sentido y la referencia en una proposición (Frege y Russell).

Los problemas de los que se ocupa la filosofía no constituyen para él un conjunto cerrado y definido de una vez por todas. Por el contrario, son pensados de nuevo constantemente para ver su lugar de aparición, cómo tomaron forma en su evolución y de una coyuntura histórica que no es otra que nuestro presente. Por ejemplo, nuestra visión de las escuelas filosóficas de la antigüedad ( los cínicos, los epicúreos) cambia en el momento en que se las asume más allá de la simple constatación de sus doctrinas, y mediante un trabajo crítico del pensamiento contribuyen en la construcción de lo que hoy en día pueda definirse como modo de vida o arte de vivir. La confesión como técnica de producción de la verdad, examinada históricamente, no tiene el mismo significado de la actualidad como ritual de poder que se extendió de la práctica católica a la justicia, la medicina, la pedagogía y el sicoanálisis.

¿Por qué escribir la historia de la prisión? Es una pregunta que el autor mismo de Vigilar y castigar se hace y que a su vez puede conducirnos a otra: ¿Por qué precisamente el sexo y paralelamente una historia de la sexualidad como problema filosófico dentro de la historia de los juegos de lo verdadero y lo falso?. Conviene recordar que en esas dos problemáticas, nacimiento de la prisión e historia de la sexualidad, sigue vigente el proyecto de una historia del presente y que la noción de poder ocupa ahí un lugar bien privilegiado. Noción que no se puede desligar de Nietzsche a quien invoca constantemente en las entrevistas como "el filósofo del poder pero que llegó a pensarlo sin tener que encerrarlo dentro de una teoría política".

El poder no es el conjunto de instituciones y mecanismos que garantizan la sujeción de los ciudadanos al Estado. Es diferente de un sistema de dominación ejercida por un grupo o una clase dirigente y tampoco se identifica con represión, censura . El poder es para Foucault la multiplicidad de relaciones de fuerza inmanentes al ámbito en que se ejercen. Es una función que se ejerce, está en todas partes, y se desliza a través de caminos cruzados con el saber con el cual se articula por medio del discurso. Concebido de esta manera podemos mirar bien de cerca el funcionamiento de prácticas sociales como la prisión y el encerramiento dentro de las grandes formas de táctica punitiva. El poder es productivo, es creador del sujeto. La fuerza del pensamiento de Foucault, destaca Alain Touraine, reside precisamente en el concepto de poder y su relación con el sujeto en la crítica a la modernidad.

La dimensión arqueológica, la genealógica y la ético-estética son rutas para entrar en el amplio universo filosófico de su reflexión: literatura, música, pintura (Magritte, Velásquez), política. La filosofía, precisó en uno de sus últimos libros, es el trabajo crítico del pensamiento sobre sí mismo, y no consiste en legitimar lo que ya se sabe sino "en emprender el saber cómo y hasta dónde sería posible pensar distinto" (El uso de los placeres, 12).

(*) Profesor titular de la Universidad Nacional de Colombia. Actualmente, director académico del programa de filosofía en la Universidad de San Buenaventura, Bogotá.

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