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| 2/15/2004 12:00:00 AM

Perdidos en Tokio

La segunda película de Sofia Coppola nos conduce, sin perder el sentido del humor, hasta el misterio que insinúan las obras de arte.

Título original: Lost in Translation.
Año de producción: 2003.
Directora: Sofia Coppola.
Actores: Bill Murray, Scarlett Johansson, Giovanni Ribisi, Anna Faris.


Se pierden en la traducción esas palabras, de la lengua que aprendimos, que nos sirven para insinuar nuestros misterios. Los protagonistas de Perdidos en Tokio, creo, experimentan algo similar: un estado en el que no parece posible ser la persona que se es. No, no estamos ante la historia de dos norteamericanos que desconocen las calles japonesas, como sugiere el título en español -aunque no deja de ser divertido, por supuesto, que el sentido del título también se pierda en la traducción-, sino, como propone el nombre original, Lost in Translation, de la aventura de dos espíritus que, de viaje en la otra cara del mundo, se han extraviado dentro de sus propios cuerpos. Podría decirse, en la búsqueda de alguna comparación, que se han quedado atrapados en el papel equivocado dentro de una triste obra de teatro. Pero la verdad es que son simples extranjeros: nada más, nada menos. Quien viaja a un país que no conoce, lo sabemos, se ve obligado a descubrir su soledad.

Se encuentran en el bar del hotel Park Hyatt, de Tokio, en una madrugada en la que ninguno de los dos consigue dormir. La abatida Charlotte, recién casada con un fotógrafo extravagante, graduada hace unos meses de la carrera de filosofía, se ha quedado sin ideas, sin amigos, sin lugares a donde ir en su eterno insomnio. El célebre Bob Harris, exitoso actor condenado a la crisis de los 50, padre de familia sin familia a la mano, de paso en el Japón para filmar un decadente comercial de Suntory Whiskey (por el que ganará dos millones de dólares, como tantos actores de Hollywood, en apenas unas horas de trabajo), hace lo que puede para no sentir, sobre la cama de aquella suite de lujo, que todo lo que le sucede en la vida es un gran error.

Nunca se nos dice algo como esto en la sublime Perdidos en Tokio (el silencio es su principal recurso), pero todo parece indicar que los dos personajes descubren, en los días magnificados de esos viajes involuntarios, que la comunicación aún es posible.

¿Por qué nos fascina esta increíble película sin aspavientos? Porque intuimos en su mirada sensible, en su lógica de entresueño, en la tras escena de sus situaciones, que su autora se está deshaciendo de una penosa experiencia vital. Porque nos decimos "esto ocurrió" mientras se nos conduce, gracias a unas actuaciones contenidas que no pierden el sentido del humor, hasta el misterio que suelen insinuarnos las obras de arte. Sí, eso es. Sofia Coppola, hija del célebre Francis Ford Coppola, abatida guionista de la segunda Historia de Nueva York, directora de la estupenda Las vírgenes suicidas, ex esposa de un cineasta extravagante llamado Spike Jonze, admiradora de la sutileza del cine de Wong Kar Wai, ha dejado su vida en este relato. Y -dice Richard Ford, el escritor, que es este el sentido de narrar- nos ha devuelto a la nuestra, mejor equipados para vivirla.
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