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| 11/5/1984 12:00:00 AM

PERMISO PARA MENTIR

La avalancha de críticas a "Pepe Botellas" se queda en lo personal y desconoce las calidades literarias de la obra.

PERMISO PARA MENTIR PERMISO PARA MENTIR
El problema real de Gustavo Alvarez Gardeazábal es que nunca ha sido juzgado como el buen escritor que es, sino como el muchacho rebelde de Cali ante cuya pluma mordaz privan de susto las dámas y tambalean los caballeros.
Como ya es vox populi que sus novelas se inspiran en realidades tomadas de un entorno social preciso (el Valle), se ha vuelto costumbre leerlas desconociendo otras dimensiones y pasando por encima de sus valores literarios para buscar similitudes con personajes reales, anteponiendo así al placer de disfrutar un buen párrafo, el juego, por demás simple, de descubrir a quién va dirigido lo que el lector interpreta como pulla, burla o ironía. Prueba de lo anterior es la forma como se ha recibido "Pepe Botellas" y el escándalo suscitado alrededor de Pardo Llada, hoy embajador en Noruega.
Tal parece que quienes se han pronunciado sobre el tema, lo han hecho pensando única y exclusivamente en la defensa del honor herido, bien sea por el protagonista y amigo ausente, bien por sus propias condiciones a las que se sienten aludidos en cualquiera de las tantas impertinencias que señala la novela.
Olvidan los críticos que "Pepe Botellas" antes que documento histórico es novela, y como tal tiene por definición condiciones que le permiten fantasear, mentir y transformar la realidad en que se inspira.
Dice Vargas Llosa cuando se refiere al oficio del novelista: (Lecturas Dominicales-El Tiempo agosto 5-84) "Las novelas mienten -no pueden hacer otra cosa- pero esa es sólo una parte de la historia; la otra es que, mintiendo, expresan una verdad" y, agrega más adelante, "no se escriben novelas para contar la vida sino para transformarla añadiéndole algo". En su ensayo el conocido literato peruano admite "que las historias noveladas requieren invenciones, tergiversaciones y exageraciones, porque la función de la novela es rehacer la realidad embelleciéndola o emperorándola". Dentro de este marco de ideas habría, pues, que retomar la discusión sobre "Pepe Botellas" para sacarla del empantanamiento en que la ha dejado la crítica. Y no hablo de la crítica de salón plagada de frases triviales en donde se menciona al escritor tulueño en el tono que se mencionaría al muchachito antipático que anda tirándole piedras a los vidrios de los vecinos, hablo de la crítica que se supone especializada; me refiero a los comentarios de prensa, publicados en diarios y revistas.
Un caso que merece mención es el de Enrique Pulecio que escribió en estas mismas páginas (SEMANA Ed. 113) un artículo titulado "Acto de Venganza" donde, desde el primer párrafo, dejó clara la intención de acabar con el autor a base de adjetivos ofensivos. Ni siquiera valdría la pena citarlo si no fuera para mostrar cómo el afán por destruir a la persona le hizo olvidar la obra y cómo bajó el nivel de la discusión haciendo en el artículo lo que criticaba en el libro.
Otro caso parecido es el del editorialista Armando Benedetti que escribe en El Heraldo y se manifiesta ofendido por las relaciones fálicas que comprometen a los costeños representados en García Márquez.
La escritora Soad Louis de Farah escogió en su artículo (Magazine del Espectador N° 70) un camino más desapasionado y llegó hasta a aceptar que la novela está bien escrita, que es moderna e innovadora, pero renglones más adelante y tal vez perseguida por la comiseración hacia Pardo Llada la calificó de "hereje, ofensiva, agresiva, dañina y hasta canalla". Todo lo cual confirma que los críticos se refieren a lo más obvio sin preocúparles para nada cuáles son los niveles de lectura que resiste "Pepe Botellas".
Hablo de esos niveles de lectura que dan respuestas a la complejidad de una obra y que partiendo de elementos puramente formales conducen a una serie de interrogantes: ¿qué clase de denuncia hace el libro? ¿a un periodista que hizo lo que quiso con una sociedad como la de el Valle? ¿o acaso a una sociedad que por ser tan vulnerable se dejo manejar por un recién llegado? (Dependiendo de la respuesta cambiarían los roles protagónicos). Pero hay más preguntas, ¿qué sentido tiene que la historia de Valladares la cuente Memito Glostora y ,no directamente Alvarez Gardeazábal? ¿Quién seleccionó las citas de novelas, de artículos periodísticos y de libros de historia, Memito Glostora o Alvarez Gardeazábal? ¿Por qué se transcriben a veces párrafos de "mirador" la columna real de Pardo Llada, y otras de "El vigía" columna imaginaria de Valladares? ¿Qué sentido tiene el que en la novela se entrecrucen varias interpretaciones del caso Valladares? ¿Está la de Memito que no coincide con la de Homero Landazábal, ni con la de Alvarez Gardeazábal (en las citas); está la de Josefina, la de Cabrera Infante, la del mismo Pardo Llada y acaso otras? Preguntas como éstas ponen en evidencia la complejidad de la obra y son las que busca comprender el lector desprevenido cuando acude a los comentarios publicados. Pero generalmente termina defraudado, porque parece ser que mientras esté de por medio el nombre de Alvarez Gardeazábal las críticas no lograrán superar el nivel de lo personal.
Por fortuna para el escritor tulueño, los libros viajan sin visa ni pasaporte y llegan a manos de gentes que no conocen a Pardo Llada, ni se sienten ofendidas por las supuestas alusiones a sus amigos, caleños. Entonces, pueden leer el libro como la gran novela que es y quizás desmontar con meticuloso estudio su bien armada estructura; de otra forma no se comprendería cómo un autor tan controvertido pudo haber sido premiado con la codiciada beca Guggenheim.

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