Miércoles, 22 de febrero de 2017

| 1990/11/19 00:00

Personaje sin tiempo

El Teatro Libre presenta una visión contemporánea de don Juan Tenorio.

Personaje sin tiempo

Ambiente claroscuro adecuado para una representación del siglo XVII, en momentos en que la Inquisición, el poder real, el espíritu de la contrarreforma y el barroco luchan dentro de su misma unidad de la limpieza celestial y de la tragedia social, la comicidad de la desgracia y lo grotesco de la opulencia.
La propuesta de Ricardo Camacho y su grupo rompe con la calzada ortopédica de lo lineal, la exactitud del contexto y la fidelidad de la órbita de ese don Juan que vive en carne propia los rigores de la época. Respetando profundamente el texto de Tirso de Molina -a pesar de los seiscientos versos que fueron eliminados de la obra original se muestra al prototipo del hombre inestable, conquistador, sin sentido de las proporciones respecto a su propia condición de hijo de noble cercano al favoritismo real.
Eso explica que el escenario del Teatro Libre, en su sede de Chapinero, donde se ofrece por estos días una versión definitivamente contemporánea de "El burlador de Sevilla", se presente ante los ojos del espectador con láminas metálicac frías y tristes, paños negros, pobreza de colorido, con dos niveles definidos de acuerdo con la estatura del poder, seguin concepción de Pilar Caballero, quien logra demostrar que cuando prima la interpretación y se destaca la riqueza creativa, no hay problemas para mezclar un texto clásico con un proscenio moderno.
Si hay algo que enseñe los dientes de la poca calidez, es la luz que aparece con reflejos cinematográficos que puntualizan los estados anímicos y los niveles de las cuatro mujeres engañadas.
Los tres primeros minutos delatan sin ambages lo que será el resto de la obra, desde el momento mismo en que el protagonista, en velado encuentro amoroso con una de sus víctimas, súbitamente saca su brazo izquierdo de entre los cabellos de la fémina y mira la hora. ¿Relojes de pulsera en el invierno de la humanidad? En el segundo acto el público se tropieza con un don Juan en motocicleta -motocicleta de verdad-: se lo observará dibujando los seises satánicos con pintura en aerosol y se verá a una de sus incautas gastando lentes de plástico. Adecuado el montaje para demostrar la intemporalidad de un ser que existió antes de que Tirso, Moliere, lord Byron, Mozart y Strauss lo inmortalizaran y lo dejaran como pie de historias para literatos posteriores. Desde siempre se ha visto a esa clase de maquetas buenos-para-nada preocuparse por el aspecto sartorial, su propia autosuficiencia, su seguridad a prueba de leyes y su arrogancia que vence los más férreos cinturones de castidad.
El vestuario, a cargo de Pedro Nel López y Mario Montealegre, presta la apariencia a cada quien, de acuerdo con su personalidad, su rango y su poder. Este don Juan de entrada mortifica por sus aires de libertino sin reposo. No obstante, al cabo del tiempo el espectador termina por identificarlo con los que hoy andan en moto sin silenciador, hablan a gritos, son atarvanes por vocación y se burlan de todo el mundo sin reparo alguno.
Quedan claros, así mismo, otros elementos más profundos que transmite el burlador de fray Gabriel Téllez: don Juan no se siente bien con la época en que le ha tocado vivir y recurre en primera instancia a transgredir las norrnas que imperan, empezando por ridiculizar a su propio padre -tesorero de la corona-, desobedecer al rey, andar los caminos en compañía de su fiel Catalinón- un ser ambiguo, pusilánime y servil-, en busca de una aventura que no se le ha perdido. Por estar en esos juegos de un destino que no le corresponde, cae en el asesinato y ahí da comienzo al resquebrajamiento del respetopor el gran señor.
Si hay humor -se termina con la duda de si lo hay o no-, el peso de la sordidez de esas vidas desencantadas lo apabulla por completo. Cierta intelectualización intrínseca de la obra, la misma globalidad de este mundo que presenta a su modo Ricardo Camacho, cohíben al espectador de reír. A lo sumo se puede sonreír, en parte porque el esfuerzo para no perder el contenido de los parlamentos -dichos en verso calculado, tal como lo escribió Tirso de Molina -obliga a perder nimios detalles, pequeños tornillos que desajustan su contenido. La razón es que, de acuerdo con este hecho, a algunos actores les hace falta mejor dicción más clara vocalización.
Algunos efectos -además del manejo de luces, definitivamente excelente como el descenso de dos personajes que caen del cieloraso del teatro, y ofrecen la visión de un naufragio, y el surgimiento y posterior hundimiento del visitante del avemo, amén de los espacios simultáneos, son un verdadero logro. El tratamiento de los elementos fuego, tierra y agua, hace que éstos se hagan evidentes con discreción. El aire, por ejemplo, a duras penas existe para respirar, por una razón obvia de tiempo y circunstancia.
Germán Jaramillo no decae en momento alguno a su ritmo y dinámica unipersonal. Su hiperactividad es asombrosa y su manejo pulsado de cada situación lo dejan bien parado en su rol de don Juan Tenorio. Laura García, como Tisbea, deja perplejos a todos con esa estupenda expresión corporal, capaz de enseñar el dolor bajo una luz mortecina.
Van, deliberadamente, en contravía, cuando deciden integrar a Gustavo Martínez -quien interpreta la guitarra en vivo como parte de la trama en pleno escenario. Esas libertades creativas oxigenan bastante los conceptos preestablecidos y dan una dimensión de raciocinio al teatro local. Ricardo de los Ríos -Catalinón-canta, teje los enredos de su amo, comparte riesgos que no son suyos y hace buena complicidad actoral con Jaramillo. Del resto -trece farsantes más-, hay algunos que equivocan levemente las palabras, tienen voces débiles, sobreactúan, denotan amagos de inseguridad.
La temporada apenas comienza y es muy posible que este "pero", notorio precisamente por no corresponder a un contexto signado por la calidad, se corrija pronto.
En todo caso, el aporte del Teatro Libre, hay que decirlo, resulta edificante no sólo en cuanto a creatividad se refiere, Lo mejor es que el propósito original toma impulso a partir de un esquema que permanece intacto. Lo más exquisito, por lo tanto, es ver una obra de teatro aventura, tratada con respeto por lo clásico, con una interpretación propia, arduo trabajo tras el telón y fuera del lugar común. Una obra que resulta adaptada magistralmente a una época en la cual el personaje del don Juan sigue siendo asunto de todos los días.

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