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| 11/23/2013 4:00:00 AM

El maestro del minimalismo

Philip Glass, uno de los compositores más respetados de la actualidad, viene a Colombia. El músico habló con SEMANA sobre su larga y deslumbrante carrera.

Muchos han oído música de Philip Glass sin saberlo. Es uno de los compositores vivos más importantes y, además de escribir ópera y conciertos, ha hecho su aporte al cine al musicalizar películas como The Truman Show, Las horas, El ilusionista o Los vigilantes. Sus piezas son atmosféricas y tienen cierto embrujo: se distinguen, sobre todo, por frases sencillas que se repiten muchas veces, generando la ilusión de que podrían ser infinitas. 

De hecho, a veces puede ser más que una ilusión. Cuando Glass estrenó su primera ópera, Einstein en la playa, en 1976, rompió los esquemas de la música occidental al hacer que mucha gente se enfrentara por primera vez a una obra de cinco horas de duración. 

Para aliviar el peso de una experiencia estética tan ardua, el compositor sugirió que los asistentes podían entrar y salir libremente de la sala cuantas veces quisieran. Ese ejercicio permitió que los oyentes notaran uno de los secretos de la música de Philip Glass: que a pesar de su carácter repetitivo, la música sí va cambiando, transformándose lentamente.

Desde entonces empezó a hablarse de un estilo llamado minimalismo, que hoy tiene varios exponentes. Aunque también ha sido atacado por un sector de la crítica que lo considera monótono y, por lo tanto, un arte menor. 

Glass, quien se presenta el próximo 30 de noviembre en el Teatro Jorge Eliécer Gaitán de Bogotá, repasó su historia y su filosofía en una conversación telefónica con SEMANA. Dijo que ya no le importa, como antes, defender el minimalismo: 

“Es algo que pertenece a mi generación. Sentíamos que el arte estaba estancado en el pasado e intentamos hacer algo nuevo. Yo he escrito mi parte de esa historia y puedo decir que es una música que invita a prestar atención. Si se escucha abiertamente se encontrarán muchas cosas interesantes, variaciones, cambios. Y si no les gusta, bueno, hay muchas otras músicas en el mundo”.

Aunque estas palabras podrían acusar algo de arrogancia, las dice con humor. A sus 76 años, ha estado inmerso en varias filosofías orientales y ha visto ir y venir diferentes tendencias artísticas. Su segunda ópera, Satyagraha (basada en la vida del mahatma Gandhi), fue revivida en 2011 por la Metropolitan Opera de Nueva York y el éxito de esas presentaciones le causó un asombro genuino: “La música es la misma que se estrenó en 1980, pero la manera de escuchar ha cambiado. Puedo decir que esa ópera es más apreciada ahora que cuando recién la hice”.

Justamente, Satyagraha fue la obra que le permitió sostenerse económicamente de las artes. Antes de eso, para sobrevivir, manejaba un taxi cuatro días a la semana por las calles de Nueva York.

Mientras lo hacía, iba creando en su mente algunas de las frases melódicas que después aparecerían en sus obras: “En mi país el gobierno no apoya a las artes, así que tuve que conseguir un empleo. Primero trabajé en la construcción, pero lo dejé porque no quería dañarme las manos, que eran mi herramienta para tocar el piano. Tampoco quería un trabajo de oficina porque sabía que eso estancaría mi cerebro. Y me encanta manejar, así que fui taxista hasta que cumplí 41 años. 

Llegué a conocer cada esquina de la ciudad y a aprender sobre la naturaleza humana. Uno no invita a la gente al taxi, ellos se suben. Y se subieron ladrones y también gente de la alta sociedad. Todo continuó así, hasta que recibí una comisión para escribir ‘Satyagraha’. Como no sabía qué iba a pasar, prolongué mi licencia por otros dos años, pero en realidad esa fue la última vez que manejé un taxi”.

Después vino el reconocimiento. Su concierto para violín y orquesta, sus cuartetos de cuerdas y, sobre todo, su música para piano (de la cual ya ofreció una muestra en su pasada visita a Colombia) llevaron el minimalismo a las salas de concierto del mundo. Es difícil, sin embargo, comparar su obra con la de los  compositores ‘clásicos’ que suelen escucharse en esos mismos espacios. 

Lo suyo tiene, quizás, algo de los franceses de comienzos del siglo XX, pero mucho más de la tradición musical hindú y de la gran escuela de música cinematográfica. De hecho, esta vez se presentará al lado del violinista Tim Fain, cuya música se oye en la película El cisne negro.

Pasadas más de cuatro décadas, es claro que el minimalismo que Glass ayudó a crear no fue una moda. “He sido afortunado al dedicar mi vida a la música y ver a mi audiencia crecer con ella”, dice.

Y lo cierto es que esta música sigue fascinando oyentes por su concepción del tiempo como algo circular, por esa sensación de recogimiento que trae consigo (algunos la usan para meditar) y por el hecho sorprendente de mostrarse completa a pesar de tener un mínimo de ingredientes sonoros. Si a Philip Glass se le acusa de repetitivo, también puede alegarse a su favor que es difícil encontrar en la historia otro compositor que haya expresado tanto con tan pocas notas.


4 CLÁSICOS DE GLASS

Mientras llega al mercado su ópera sobre Galileo Galilei (que será lanzada en enero de 2014), vale la pena recordar algunos de los mejores momentos discográficos de Philip Glass.

Koyaanisqatsi (1983)
Así se dio a conocer Glass en el mundo del cine, con una música hipnótica que acompañaba las imágenes vertiginosas de esta película conceptual.

 Songs from Liquid Days (1990)
La incursión de Glass en el ejercicio de escribir canciones, obviamente sin perder su sello. Colaboraron amigos como Paul Simon y Suzanne Vega.

Solo Piano (1989)
Glass sentado al piano en una especie de meditación musical. Sin duda su faceta más íntima y una declaración de principios en obras como Metamorfosis.

Low Symphony (1993)
Un experimento muy bien logrado: partiendo de las composiciones del músico de rock David Bowie, realizó unas inspiradas variaciones sinfónicas.
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