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| 5/25/2014 12:00:00 AM

Punto final

A los 81 años el escritor Philip Roth les dice adiós a las letras y afirma que no tiene nada más sobre qué escribir.

El mundo literario recibió con asombro una noticia que no esperaba. El escritor Philip Roth, uno de los más importantes exponentes de las letras norteamericanas, soltó una bomba en medio de una entrevista a la BBC. En una de sus clásicas contradicciones, renegó de lo que dijo en 2004, cuando sostuvo que no concebía una vida sin escribir. “Estaba equivocado –dijo-. Ha llegado el final. Ya no tengo nada más de lo qué escribir. No iba a conseguir nada mejor y para qué ir a peor.”

De esa escueta manera, se despedía uno de los autores más laureados de los últimos años, ganador de importantes premios como el Pulitzer, el premio Nacional de Cuento y el Príncipe de Asturias, y un referente para las nuevas generaciones de escritores norteamericanos, que subrayan sus libros para entender su manejo del lenguaje y aprender de uno de los grandes. Pero él, a sus 81 años, sigue siendo un hombre sencillo que confiesa que la biblioteca de la casa de sus padres no tenía más de cuatro o cinco libros, y él era el único que los leía. Es claramente contradictorio que semejante escritor hubiera salido de un hogar sin libros.

Y es que la contradicción es una marca permanente en su vida y sus obras. Por ejemplo, el protagonista de su trilogía Pastoral americana es un joven apuesto a quien todos llaman el Sueco. El chico es un deportista que con sus hazañas resulta amado y admirado en el barrio porque les permite a los habitantes salirse de la realidad de la Segunda Guerra Mundial. Mientras sus hijos, hermanos o esposos salen rumbo a Europa, el Sueco los hace soñar y gozar con sus victorias. Las niñas suspiran por él y los padres le agradecen profundamente el rato de entretenimiento. Sin embargo, a pesar de ser el objeto de amor de muchos, el Sueco sigue frío como el hielo. Es como si el afecto de los otros lo privara a él de todo sentimiento.

Otra contradicción de la vida de Roth, que ni siquiera él mismo comprende, es que se le haya tachado de antisemita, a pesar de ser él mismo judío. Las críticas vinieron después de que publicó su primer artículo en la revista The New Yorker titulado Defender of the faith (Defensor de la fe). Al igual que a otros escritores, a Roth no le perdonaban que contara la realidad de su pueblo y narrara historias de proxenetas y prostitutas, aunque fueran judíos. Y con la misma ligereza con que sus críticos lo llamaban antisemita, la sociedad y los literatos lo describían como un escritor judío estadounidense. Él se limitaba a negar los odios que se le atribuían y pedía que lo identificaran como un escritor norteamericano. Su idioma materno era el inglés, no el hebreo, y el mundo en el que creció era el norteamericano.

Roth, al igual que Ernest Hemingway, James Joyce y William Faulkner, entre otros, salió de su ciudad natal en su juventud y jamás regresó. Sin embargo en sus cuentos y novelas nunca se fue. Escribía sobre lo que sabía y conocía. Sus escenarios eran los barrios de Newark donde creció y sus personajes los vecinos, compañeros, profesores y negociantes que poblaban sus calles. A través de descripciones detalla y del lenguaje típico de los barrios judíos, Roth sitúa al lector y lo hace caminar al lado de Nathan Zuckerman, protagonista de varios de sus libros y su personaje más conocido. Algunos literatos afirman que Zuckerman es el alter ego de Roth, a quien le gusta escribirse en sus novelas.

Pero sus fieles lectores tendrán que aceptar que ya no surgirán esas escenas de su pluma. Cuando afirmó en 2004 que escribiría hasta el final, emuló lo dicho por el celebérrimo pintor francés Jean-August Renoir, que ante las dificultades causadas por su artritis avanzada sentenció que cuando no pudiera pintar con las manos lo haría con el culo. El francés tenía que dibujar la vida para poder vivirla, ¿será que Roth logra vivir sin escribir?
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