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| 6/4/2011 12:00:00 AM

Plegarias atendidas

El merecidísimo Príncipe de Asturias al cantautor Leonard Cohen prueba que el mundo de la cultura ha comenzado a aceptar que la literatura no solo está en los libros.

Basta oírlo por primera vez: uno se queda mudo, se queda quieto y se pregunta: "¿Quién es el que está cantando?", porque no hay una voz en el mundo como la grave voz de Leonard Cohen. Y ha sido siempre así: Cohen hipnotizó a los auditorios de Montreal, en el Canadá de los sesenta, cada vez que leyó sus poemas como si fueran plegarias cargadas de humor; envolvió a los fanáticos de la música folk, en los Estados Unidos de los setenta, siempre que se subió a un escenario a interpretar canciones como Suzanne, Sisters of Mercy o Hallelujah; encantó a sus seguidores disco a disco, en el mundo de las décadas siguientes, con su manera de articular las peores guerras que se libran dentro y fuera de un hombre. Y siempre ha sido así: sus versos, entonados con esa voz tan honda, han partido vidas y vidas en "antes y después". Y él, un hombre verdaderamente modesto, solo atina a dar las gracias.

Porque nunca ha perseguido los reconocimientos. Su vida ha sido una serie de batallas, ganadas a pulso, para que su ego no se le atraviese en el camino: para que ser Leonard Cohen solo sea ser "un individuo en estado de alerta". Y sin embargo, tras una conmovedora carrera en las entrañas de la música pop, una carrera que cumple ya cincuenta años en las fronteras borrosas entre los géneros, ha recibido todos los premios que puedan imaginarse: del Grammy al Glenn Gould Prize. Y esta semana, como si por fin hubiera llegado la hora de decir en voz alta que la literatura no solo está en los libros, que una canción puede contener una novela, acaba de obtener el mismo Príncipe de Asturias de las Letras que alguna vez obtuvieron Juan Rulfo, Arthur Miller y Paul Auster.

Cohen nació el 21 de septiembre de 1934 en Montreal, Canadá, en una familia judía de clase media que le dio una infancia buena, lo armó de fe en sí mismo y se convirtió en su mecenas -su madre le giró 750 dólares al mes, a manera de sueldo, durante varios años- desde el día en que reconoció su talento. Muy pronto, a los 22 años, publicó un primer poemario, que lo puso en el mapa de la literatura canadiense: Comparemos mitologías. Siguieron tres más, La caja de especias de la tierra (1961), Flores para Hitler (1964) y Parásitos del paraíso (1966), que lo convirtieron en un reconocido poeta de la lengua inglesa. Y dos novelas contundentes, El juego favorito (1963) y Los hermosos vencidos (1966), narradas por esa voz irónica, bíblica, cargada de deseo, fachada de un hombre frágil.

Y entonces vino el giro: a los 33, convencido de que la poesía se había mudado allí, decidió unirse al contagioso movimiento de la canción folk que encabezaba Bob Dylan. Y muy pronto, "porque las plegarias tienden a hacerse música", se transformó a sí mismo en el autor de algunos de los álbumes de culto más importantes de las últimas décadas: Songs of Leonard Cohen (1967), Songs of Love and Hate (1971), Various Positions (1984), I'm Your Man (1988) y Ten New Songs (2001), que van de mano en mano por el mundo gracias a canciones tan brillantes, tan devastadoras -los versos de Cohen dan en el blanco palabra por palabra- como Famous Blue Raincoat, Everybody Knows o Take this Waltz.

Cohen, padre de dos hijos, amante de sus más fieles coproductoras, pasó gran parte de los años noventa en un monasterio zen cerca de Los Ángeles, no ha dejado nunca de explorar su judaísmo, y se ha valido de su obra, un autorretrato despiadado hecho de poemas, novelas y canciones, para "sobreaguar las depresiones, deshacerse de las vanidades y alcanzar algo semejante a la paz". Su obra no ha pasado de ser, según dice, "una forma de perseguir la gracia". Pero todo el reconocimiento de estos últimos diez años, las bandas sonoras que recurren a sus canciones, los mil y un premios que le llegan de repente, la exitosísima gira de conciertos que lo ha sacado de absurdos líos económicos, le han probado que su voz imborrable no solo le ha servido a él: que sus plegarias han sido de todos.
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