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| 2/5/2011 12:00:00 AM

Poesía y crimen

La última novela de Rubem Fonseca relata la vida de un sicario que intenta abandonar su oficio.

Rubem Fonseca
El seminarista
Norma 2010
172 páginas


Mi primera reseña en esta revista fue sobre un libro de Rubem Fonseca. En ese momento –¡1999!–, sus cuentos completos, que pronto dejarían de serlo: la fecundidad de este autor nacido en 1925 en Juiz de Fora, Brasil, no ha cesado a lo largo de estos años. Desde entonces, ha publicado varias obras, que oportunamente hemos reseñado aquí.
 
No lo escondo: soy devoto de Rubem Fonseca. Hace 11 años, porque era un escritor de culto relegado a la literatura B solo por el hecho de ser un autor de narraciones policiacas. Pero dicho prejuicio ya se derrumbó; ya todos saben que en la obra de Fonseca, como en la de cualquier escritor que vale la pena, hay una respuesta a la condición humana. Y hay una conquista formal. En su caso, creo que es la manera vertiginosa de narrar. Fonseca va un paso más adelante que el impaciente lector de nuestros días, moldeado por la cultura audiovisual. Nadie lo ha dicho mejor que el novelista norteamericano Thomas Pynchon: “Lo mejor de la obra de Rubem Fonseca es no saber a dónde nos va a llevar. Siempre que comienzo un libro suyo es como si sonara el teléfono a medianoche: ‘Hola, soy yo. No vas a creer lo que está sucediendo’. Su escritura hace milagros, es misteriosa. Cada libro suyo es un viaje que vale la pena: es un viaje de algún modo necesario”.

Que cada nuevo libro sea un viaje “necesario”. El gran reto de Fonseca ahora, reconocido y premiado, es mantener viva en sus lectores esa “necesidad”. En otras palabras, ser distinto sin dejar de ser él mismo. No repetirse, seguir apostando fuerte, corriendo el riesgo de perder. Confieso que con este último libro, El seminarista, tenía cierto recelo. No me precipité a leerlo, como otras veces. ¿Por qué? Porque nunca me ha decepcionado. Porque, como los fans de Glenda Jackson en el famoso cuento de Cortázar, no quisiera tener que rescatarlo de una obra que no esté a su altura. Bueno, finalmente dejé a un lado el recelo y abrí el libro: “Me llaman el Especialista, se me contrata para servicios específicos. El Despachante me dice quién es el cliente, me da las coordenadas y yo le presto el servicio”. Sí, sigue siendo esa inconfundible voz urgente que nos reclama por el teléfono a la medianoche: “No vas a creer lo que está sucediendo…”.

El Especialista es un asesino a sueldo, un sicario. Recibe órdenes del Despachante: “El cliente está vestido de Papá Noel y tiene una verruga en el rostro, al lado de la nariz”. Y las ejecuta, sin entrar en detalles, sin hacer preguntas: “¡Jo, jo, jo!, dijo él. Le pegué un tiro en la cabeza. Siempre disparo a la cabeza”. Es un horror este personaje. Pero es fascinante. Le gusta el cine y la gran poesía. También, tiene la manía de hacer citas en latín, idioma que aprendió en el seminario. De ahí el apodo: el Seminarista. Desde luego, hay algo cómico y absurdo en un frío asesino que anda citando a Séneca y a Petronio, a Camoes y William Blake, a Kurosawa y a Fellini antes y después de ejecutar sus crímenes. A pesar de todas las evidencias en contra, seguimos alimentando un falso mito: la cultura nos ennoblece, nos vuelve moralmente mejores personas. Se puede ser a la vez un refinado asesino que entiende a Platón y llora escuchando los cuartetos de Beethoven. Los nazis eran muy cultos, nos ha recordado con insistencia George Steiner. La inteligencia y la sensibilidad no nos eximen de ser unos bárbaros. Hasta ahora, esa ha sido la historia de la humanidad. Fonseca no ha sido el primero en advertirlo –¿Walter Benjamin?–, pero no conozco otro autor que explote tanto el humor negro que conlleva semejante paradoja.

El Especialista, al igual que sus otros personajes, no se justifica, no miente. No utiliza la cultura como pretexto. Así como nos cuenta en detalle de sus vilezas, es capaz de entusiasmarnos con una cita memorable. ¿Esa es la fascinación? ¿Recordarnos nuestra terrible dualidad y, entre risas, liberarnos de cualquier esperanza de cambio? No lo sé. Por fortuna, Fonseca tampoco lo sabe. Esa es la novedad, la apuesta grande de este libro. El Especialista se retira, abandona su oficio de sicario y sinceramente va a intentar una nueva vida, con amor incluido; él, que era un redomado libertino. Va a rebelarse contra su destino y contra la vieja sentencia de Petronio: uno nunca deja de ser lo que es, de los cabellos hasta las uñas, de la cabeza a los pies. A capillis usque ad ungues.
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